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Que nadie se atreva a tocar a mi Borges: María Kodama y la industria del juicio

Maximiliano Tomas

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PARA LA NACION
Lunes 16 de abril de 2012 • 10:20

Concedamos que no debe ser fácil casarse con un genio, enviudar, sobrevivirlo. Le pasó a Yoko Ono con John Lennon, y algo similar le debe haber sucedido a María Kodama con Jorge Luis Borges. Para más contrariedades, Kodama era casi cuarenta años menor que Borges cuando se casaron, en 1986, meses antes de que el escritor muriera. Su figura quedó así atada de manera indisoluble a la del mayor prosista en lengua castellana del siglo XX: si el peso de sus libros es capaz de ensombrecer cualquier biografía, a Kodama le quedó al menos la tarea de administrar las ediciones y los derechos de su obra, y de dirigir los destinos de la fundación que lleva el nombre del autor de Ficciones. Ejerciendo esos deberes es que ha logrado no pasar inadvertida, ganando (muy pocas) simpatías y (muchos) enemigos en todo el mundo.

"Si no fuera porque existe al día de hoy, en pleno siglo XXI, la posibilidad de que un escritor argentino sea llevado a juicio oral por utilizar ciertos procedimientos narrativos que tienen, como mínimo, unas cuantas décadas de existencia, toda esta historia sería algo como para reírse bien fuerte"

Hace años decidió, por ejemplo, en un movimiento que despertó varias polémicas, reeditar el libro El tamaño de mi esperanza, del que Borges abjuró en vida y jamás quiso volver a imprimir. En 2010 y después de designar a Andrew "El Chacal" Wylie como su representante, Kodama mudó todos los libros de Borges desde la editorial Planeta a su archirrival, Random House Mondadori, por unos dos millones de euros. Poco antes, había denunciado (y ganado el pleito) en la justicia francesa al crítico literario Pierre Assoulin por difamación, a causa de una nota publicada en Le Nouvel Observateur donde el periodista atacaba las decisiones editoriales de la viuda de Borges. Un tiempo después entabló otra demanda (y nuevamente venció), esta vez contra la editorial Alfaguara, que se vio obligada a sacar del mercado todos los ejemplares del libro El Hacedor (de Borges). Remake, del escritor español Agustín Fernández Mallo. Y a fines del 2011, Kodama decidió transitar también los pasillos de los tribunales argentinos: en el Juzgado en lo Criminal de Instrucción N° 3 existe una querella contra el escritor Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977), autor de varios libros experimentales editados por sellos independientes (¿Qué hacer?, El Martín Fierro ordenado alfabéticamente), por la publicación de un libro finito y divertidísimo que lleva por título El Aleph engordado. Esta vez, casi todos creen que Kodama fue demasiado lejos.

"Es probable que Kodama no haya tenido en sus manos una copia de El Aleph engordado, o sus abogados no hayan investigado debidamente sobre la producción del delgado tomo de tapas celestes"

La demanda presentada por los abogados de Kodama contra Katchadjian (un escritor respetado en el ambiente intelectual y a quien el novelista César Aira, que no se caracteriza precisamente por prodigar elogios, le dedicó un ensayo en el número 19 de la revista Otra Parte) es por defraudación de los derechos de propiedad intelectual, delito que contempla penas de un mes a seis años de prisión. En una entrevista reciente le preguntaron a Kodama por todo este asunto: "Es un delirio. Parece que ese señor copia una oración de El Aleph donde Borges dice que conoció a Fulano, y a continuación agrega que sí, que él era amigo de Fulano y sigue con una historia relacionada con ello, para volver a citar a Borges y agregar otra historia más. Yo siento una infinita compasión por esta gente. Porque son personas que resultan impotentes respecto de la creación. Fernández Mallo se comportó de manera discreta, seguramente consciente de su error, pero no pasó lo mismo con la gente que lo lee y lo justifica diciendo que eso es intertextualidad. Eso no lo es, la intertextualidad la aplicó Joyce y él no copió La Ilíada. La utilizó Borges con Pierre Menard y no copió El Quijote. Intertextualidad es tomar la lectura de un texto, escribir una nueva historia evocando el recuerdo de la original, que no será ésa de la que se partió".

Es probable que Kodama no haya tenido en sus manos una copia de El Aleph engordado, o sus abogados no hayan investigado debidamente sobre la producción del delgado tomo de tapas celestes. De haberlo hecho, tal vez sospecharían que la demanda suena, al menos, algo exagerada: medio centenar de páginas impresas con el arte y la estética tradicional de las plaquetas de poesía, un libro del que se tiraron y distribuyeron apenas 200 ejemplares, muchos de ellos obsequiados por su autor a los amigos. ¿Perseguía Katchadjian, con su intervención del texto de Borges, un rédito económico? Parece extraño pensarlo. ¿Buscaba extraer algún prestigio asociando su apellido al del autor de Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius? Más extraño aún. Para empezar, el lector desprevenido podrá encontrar, en la última página, un Posfacio donde Katchadjian aclara en qué consistió su "trabajo de engordamiento": atravesar El Aleph, relato original, con sus propias palabras, sin modificar una línea ni una coma, deformarlo en la mejor tradición de las vanguardias, llevar el texto de 4000 a más de 9500 palabras generando así una nueva forma de leer a Borges. El lector un poco más avezado prescindirá de estas justificaciones: comparará uno y otro, juzgará los injertos de Katchadjian, se sorprenderá (o no) con su sentido del humor, entenderá lo lúdico de la propuesta: construir un artefacto por momentos delirante, dejando intactas las palabras de Borges mientras se les invierte su sentido.

El Aleph engordado fue publicado en marzo de 2009. Kodama presentó su denuncia en junio de 2011. Y el descargo de Katchadjian y su abogado, Ricardo Straface (escritor también, biógrafo de Osvaldo Lamborghini y representante legal de Fogwill, otro autor que homenajeara el mismo texto de Borges en un cuento propio, Help a él, aunque nunca fuera denunciado por ello), fue entregado en diciembre de 2011. Desde entonces no hay novedades de la causa. ¿Qué puede pasar de ahora en más? Hay al menos tres alternativas. Que la querella sea desestimada por falta de dolo, si es que el juez considera, como todo parece indicar, que no hubo voluntad de engañar a los lectores ni de obtener una ganancia económica con la venta del libro. Que el magistrado decida citar a los testigos de autoridad propuestos por la defensa (los críticos literarios Jorge Panesi y Beatriz Sarlo, el escritor César Aira), para que ellos pongan al libro en contexto y expliquen qué es eso del ready made, el collage, la intertextualidad, el pastiche y las vanguardias literarias. O que el juez, por alguna razón, crea que hubo delito y decida citar a declaración indagatoria a Katchadjian y avanzar con el proceso penal. Si no fuera porque existe al día de hoy, en pleno siglo XXI, la posibilidad de que un escritor argentino sea llevado a juicio oral por utilizar ciertos procedimientos narrativos que tienen, como mínimo, unas cuantas décadas de existencia, toda esta historia sería algo como para reírse bien fuerte.

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