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Una camisa paradisíaca

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PARA LA NACION
Viernes 20 de abril de 2012
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Se narra que en un poblado jasídico una noche, al final del Sabbat, los judíos estaban sentados en una mísera casa. Eran todos del lugar, salvo uno, a quien nadie conocía, hombre particularmente mísero, harapiento, que permanecía acuclillado en un ángulo oscuro. La conversación había tratado sobre los más diversos temas. De pronto alguien planteó la pregunta sobre cuál sería el deseo que cada uno habría formulado si hubiese podido satisfacerlo. Uno quería dinero, el otro un yerno, el tercero un nuevo banco de carpintería, y así a lo largo del círculo. Después que todos hubieron hablado, quedaba aún el mendigo en su rincón oscuro. De mala gana y vacilando respondió a la pregunta. Dijo: "Querría ser un rey poderoso y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que desde las fronteras irrumpiese el enemigo y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que no hubiera resistencia y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa, y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría". Los otros se miraron desconcertados. "¿Y qué hubieras ganado con ese deseo?", preguntó uno de ellos. "Una camisa", fue la respuesta.

¿Qué es esta camisa? Ante todo, un recuerdo del Reino. Las peripecias que el mendigo narra resultan claras. Querría haber sido rey. Fue rey, por cierto. El mendigo es el hombre: todo hombre es "ahora" mendigo. Fue Adán. Tuvo su Reino: el Paraíso. Hay que observar una contradicción curiosa en el relato: el reino es vasto, infinito y, sin embargo, partiendo de la frontera, el enemigo llega al palacio en pocas horas, como un rayo. Acontece que el tiempo no existía y aquí es creado, emerge con la pavorosa energía de la novedad. Adán vivía en el presente infinito de la contemplación de Dios, sumergido por entero en ese presente. No había para Adán pasado ni futuro, símbolos de lo que "ya" no poseemos y de lo que "aún" no nos ha sido dado. Pero Adán se durmió, dejó de vivir la maravilla que le habían concedido: desatendió (y la necesidad de plegaria es el recuerdo imperecedero de esta desatención primordial). Entonces se manifestaron en forma simultánea el enemigo, que estaba en el interior de Adán y sólo necesitaba dar un paso en el palacio, y el tiempo, que devoró la Eternidad. Adán fue expulsado del Reino: cayó en la indigencia, en la mendicidad de ser que llamamos tiempo.

Respecto de los frutos del tiempo existe una actitud vulgar que consiste en querer poseerlos sin más. Es la de los huéspedes del mendigo en el relato: quieren dinero, un yerno, un nuevo banco de carpintería, aunque sólo en cuanto dinero, un yerno, un nuevo banco de carpintería. Éstos han olvidado todo respecto del Origen. Han olvidado el origen del tiempo y de sus frutos: la Caída. Así se han vuelto triviales, indiferenciados, subhumanos. Frente a éstos se alzan aquellos en quienes el recuerdo del Paraíso es demasiado punzante. Éstos tienden a rechazar los frutos del tiempo por profanos, palabra que significa que recuerdan lo que no son, lo perdido, el Reino. Tal angelismo, como se lo podría denominar, deriva de un sentimiento religioso. Ello no implica, sin embargo, que sólo florezca en el campo de la religión: apenas encubierto, se lo observa en todas las actividades humanas, incluso en esa ciencia que se vuelve contra la naturaleza y busca destruir el mundo, con lo que revela en el fin su preciso origen, la Caída, el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, que le resulta intolerable.

La actitud del mendigo nos enseña una lección distinta. No se debe poseer sin más: toda posesión debe estar iluminada -a la vez elevada y disminuida- por el recuerdo del Reino del que procede. Pero si poseer por mera codicia es subhumano, no poseer por angelismo es el reverso soberbio de la misma medalla, la ilusión de que la Caída no aconteció, de que puede ser borrada. En el Paraíso, Adán estaba desnudo: el hombre que pretende rechazar la hoja de parra no tiene siquiera la vergüenza de aceptar la Caída. El mendigo dice otra cosa. Dice lo mismo que Krishna le dice a Arjuna en el Bhagavad Gita : el hombre no puede no obrar, pero aquel que obra sin codiciar el fruto de sus acciones, ése es justo, ése es santo. No codiciar el fruto: reconocer que es el Señor quien ha obrado a través de uno, borrar el impulso titánico que condujo a la Caída, superación de la Caída a través del reconocimiento del propio no ser en el instante de la plenitud de cumplirse el propio ser.

Así, la obra de arte. Es la camisa, nada más que la camisa, porque no es bueno "ya" tener reinos, dinero, yernos. Pero qué pasado tiene esta camisa: el Reino. Está emparentada con el Alto Personaje, es el recuerdo de un contacto fulgurante con la Trascendencia. Humilde pero invaluable. Quien la codicie no la entiende, quien la desprecie no la entiende: ella vale por otra cosa, la otra cosa que vale más que el mundo entero. Es señal de que estuvimos en el Paraíso: hay esperanza.

[Fragmento de La metáfora y lo sagrado , recién reeditado por El Cuenco de Plata]

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