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TV / Serie

La dueña

Espectáculos

Una propuesta con aspiraciones de excelencia que se opaca por ciertos baches en distintos rubros que la vuelven irregular

Por   | LA NACION

La dueña / Idea original: Martín Kweller y Nacho Viale / Autor: Marcelo Camaño / Producción ejecutiva: Vanessa Tevez / Dirección: Diego Palacio, Mariano Ardanaz y Jesús Braceras / Elenco: Mirtha Legrand, Florencia Bertotti, Benjamin Vicuña, Fabian Vena, Raul Taibo, Federico D'Elía, Andrea Frigerio, Peter Lanzani / Canal: Telefe / Horario: miércoles, a las 22.15
Nuestra opinión: buena

El regreso de Mirtha Legrand a la ficción televisiva (prácticamente un debut dados los años que pasaron desde la última vez que lo hizo) tiene un peso propio como para convertirse en el atractivo por excelencia de La dueña . Sin embargo, el programa no está pensado para descansar en ese único elemento. La trama que plantea el guión, el elenco que rodea a la protagonista, los decorados, el vestuario, las locaciones utilizadas, el trabajo de dirección de cámaras y la edición tienden a presentar un producto con aspiraciones de excelencia. Y lo consiguen en gran parte, aunque el balance total del resultado muestra ciertos baches que opacan el brillo que se pretende tenga la joya.

En primer lugar, los guiones que prometen su mayor fortaleza, en una historia que consigue despertar la intriga desde el primer momento, distribuyen muy bien los ganchos para mantener atrapado al televidente y sorprenden en varias oportunidades con giros inesperados, decaen por momentos al utilizar recursos antiguos o abusan de proponer situaciones fuera del registro del género. En el primero de estos desaciertos se encuentran los largos pasajes con los que Sofía Ponte va introduciendo, en una suerte de deslucido monólogo interior, los preliminares de la historia y va presentado las características principales de los personajes que la rodean. El recurso vuelve a ser utilizado con Félix Fernández, que de esta manera se presenta a sí mismo y explica los acontecimientos de su pasado que lo traen a esta historia. En cuanto al abuso de situaciones fuera del género figuran algunos toques de comedia que se le imponen al personaje de Diego Lacroix, que sumados a los muy acertados que tiene el personaje de Elena, la mucama, más las licencias que se toma Mirtha y las referencias que tienen los libros basados en su persona real, terminan saturando.

Otros aspectos de la producción, como la elección de las locaciones, la estética de los decorados de interiores, el trabajo de puesta de cámaras y la posterior edición de las escenas -que le dan ritmo y aportan a contar la historia a través de detalles más allá de las palabras o los gestos faciales de los actores-, realzan el producto que ofrece la serie.

Sin embargo, acá también aparecen baches, como la resolución de la vuelta de la nieta de Sofía Ponce, Amparo, mostrando su cara a través de la ventanilla de avión, con unas nubecitas de humo de hielo seco junto a ella que remite a recursos propios de una película de cine bizarro, como las de Ed Wood, de los que creíamos habernos liberado en la producción local televisiva.

Finalmente, el trabajo actoral de la protagonista tampoco se aparta de esta tendencia a la irregularidad. Si bien en la representación de su personaje muestra en varios pasajes su fibra de actriz experimentada consiguiendo transmitir con ciertos gestos o la entonación de la voz el sentimiento del personaje; en otros, el juego de mimetizarse por momentos con la conductora de televisión de la vida real le saca emoción y profundidad a su representación. Detalles que no alcanzan para eclipsar el atractivo de la propuesta..

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