Lo aclaro antes de que todos -o algunos- se me vengan encima: Mendoza me parece una ciudad preciosa.
Pero cuando, hace unas semanas y de paso por allí, se me acercó una promotora invitándome a votar por esa ciudad como nueva maravilla mundial, me quedé un tanto descolocada.
Al parecer, Mendoza se encuentra entre las 300 urbes nominadas para la etapa clasificatoria del concurso Las siete ciudades más maravillosas del mundo , organizado por el mismo sitio que hace poco consagró las cataratas del Iguazú como una de las Nuevas siete maravillas naturales .
Me cuesta creer que Mendoza haya sido la ciudad más votada de América del Sur, por delante incluso de una joya precolombina como Cuzco.
Aunque lo de la votación es relativo. No es que se elige la ciudad cuyo valor sea excepcional desde el punto de vista histórico, artístico o científico, sino a aquella que, a través de una intensa campaña en redes sociales, logra movilizar la mayor cantidad de fans. Es decir, no hablamos de una elección guiada por parámetros mensurables como la que pueden hacer los expertos de la Unesco, sino de un sufragio sin ningún tipo de rigor científico, del que participan millones de personas a través de Internet, SMS o teléfono. Organizado, además, por una empresa privada a la que claramente le ha ido muy bien con esto de las maravillas: primero fueron las Siete Maravillas del Mundo Moderno, después las Siete Maravillas Naturales y ahora esto (¿qué vendrá después? ¿Las Siete Maravillas del Futuro?).
En este punto más vale que haga otra aclaración: por más lucrativa o marketinera que sea la campaña, lo cierto es que ha logrado poner en el mapa más de un lugar, y que el tirón mediático ha impulsado el turismo en muchos otros. Todos nos pusimos contentos con la elección de Cataratas, no se puede negar, y el galardón llenó tapas de diarios y segmentos enteros de noticieros.
Pero no sé, tal vez las cataratas de Victoria (Africa) sean igualmente impactantes que las de Iguazú. O las Galápagos estén a la par del parque indonesio de Komodo (otro de los ganadores), cuyos dragones son tan singulares como las iguanas marinas o las aves piqueras de patas azules de las islas ecuatorianas. Tampoco sé por qué la Table Mountain (montaña de la Mesa) de Sudáfrica es más maravillosa que el monte Kilimanjaro, por nombrar a un finalista, o que el impresionante cráter de Ngorongoro, que ni siquiera compitió.
Y el Cristo Redentor de Río de Janeiro de Brasil..., ¿es realmente una maravilla? Porque hay que recordar que eliminó a otros competidores de la talla de Angkor Wat, para dar un ejemplo. Tuve la suerte de estar en esta especie de ciudad-templo camboyana y, sinceramente, me parece que el Cristo (que también visité) no le llega ni a los talones. Ni tampoco se lo propusieron el brasileño Heitor da Silva Costa ni el francés Paul Landowski cuando lo diseñaron, simplemente porque son dos monumentos completamente distintos y anacrónicos, por lo que las comparaciones suenan absurdas. Igual, si me preguntan, espero que Mendoza sea una de las ganadoras de este concurso. Total, si vamos a ser arbitrarios, subjetivos y cero autocríticos en la elección, mejor favorecer a un rincón de la Argentina.
Publicado por Teresa Bausili
22 de abril de 2012 | 2.31 A.M..

