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Peleados con el mundo

Viernes 20 de abril de 2012

Hasta hace pocos días, la Argentina estaba aislada del mundo. Ahora, no sólo está aislada, sino que ofrece la imagen de un país peleado con el mundo.

Desde el conflicto bélico por las islas Malvinas, en 1982, es difícil encontrar situaciones en las cuales la Argentina haya estado expuesta a tantas presiones internacionales como en las últimas horas, como consecuencia de la anunciada expropiación del 51 por ciento de las acciones de YPF, hoy en manos de Repsol.

Las comparaciones suelen ser odiosas. Pero vale recordar que, durante los aprestos para la Guerra de las Malvinas, muchos militares imaginaban que sólo estarían enfrentados con Gran Bretaña. Pronto se descubrió que detrás de los británicos estaban los Estados Unidos y la OTAN.

Es probable que al tomar la decisión de expropiar la empresa petrolera y de intervenirla, echando a sus directores de una manera casi propia de pistoleros del Lejano Oeste, el gobierno argentino no haya medido adecuadamente que a las quejas de España se sumarían la solidaridad de toda la Unión Europea, la inquietud del gobierno de Barack Obama y las reservas de algunos presidentes latinoamericanos.

En 1982, el gobierno de Leopoldo Fortunato Galtieri vio en la recuperación de las islas australes la solución para detener la caída libre de un régimen que evidenciaba su agotamiento y comenzaba a sufrir fuertes presiones sociales.

Salvando las distancias, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner ha recurrido a la retórica nacionalista para repuntar en la consideración popular, tras la fuerte disminución de su imagen positiva por la tragedia de Once y el escándalo que rodea al caso Ciccone y al vicepresidente Amado Boudou. Primero, sin mayor éxito, reinstaló la cuestión Malvinas; poco después, la apropiación de YPF.

En el tema Malvinas, la Presidenta sufrió una gran desilusión durante la reciente Cumbre de las Américas de Cartagena. Comprobó la escasa predisposición de algunos gobiernos latinoamericanos para acompañar el reclamo de soberanía de un país que, al mismo tiempo, prohíbe o restringe sus importaciones.

La Argentina ya estaba aislada del concierto internacional. No por nada, en un hecho inédito, 40 países denunciaron conjuntamente ante la Organización Mundial de Comercio restricciones arbitrarias de importaciones por parte del gobierno kirchnerista. Y no por nada el gobierno norteamericano excluyó a la Argentina del sistema general de preferencias, tras esgrimir mala fe en el incumplimiento de fallos arbitrales del Ciadi.

Tras el desaire a los españoles, la situación es peor. Los cuestionamientos llegaron no sólo desde la Península Ibérica. También provinieron de Francia, de Italia, de los Estados Unidos, del presidente del Banco Mundial y hasta del propio primer mandatario colombiano, Juan Manuel Santos, que públicamente le dijo a su par español, Mariano Rajoy: "Aquí no expropiamos, señor presidente".

Las críticas a la Argentina podrían multiplicarse desde hoy. El tema YPF sería tratado tanto en una reunión de ministros de Comercio del G-20 en México como, quizá más tangencialmente, entre los asistentes a la asamblea del FMI en Washington.

¿Puede haber graves represalias comerciales para el país? Expertos en comercio internacional creen que vincular problemas derivados de inversiones, como en el caso Repsol YPF, con sanciones comerciales es complicado. Recuerdan, a su vez, que en 2007, cuando el gobierno boliviano expropió con su ejército una refinería de la brasileña Petrobras, muchos pensaron que se estaba al borde de una guerra; sin embargo, la "paciencia estratégica" de Lula permitió un entendimiento pacífico, con expropiación incluida.

Lo más probable a corto plazo es que disminuyan las compras de España a nuestro país. Para otras sanciones habrá que esperar algún tiempo. Las presiones por ahora apuntan a que la Argentina le pague a Repsol una indemnización justa. Pero hay algo claro: costará mucho recuperar la imagen argentina en el exterior y seducir a inversores extranjeros si este conflicto se prolonga.

Entretanto, los funcionarios argentinos exhibieron una llamativa indiferencia ante las críticas desde afuera, no exenta de alguna declaración desafiante. Como si el mensaje fuera "si quieren venir, que vengan y les presentaremos batalla", al igual que en el lejano abril de 1982.

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