Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

"Si YPF no impulsa tecnología local, no vamos a estar mejor"

Ingeniero doctorado en el célebre MIT, desde hace décadas viene nadando en contra de la corriente que considera a la ciencia aplicada como la parienta pobre de la investigación básica. Convencido de quees el Estado el que debe generar demanda para estimular el desarrollo tecnológico, hoy busca llevar conocimientos científicos a la producción de tecnología

Domingo 06 de mayo de 2012
SEGUIR
LA NACION
0

A mediados del siglo XX, cuando se creó el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, hacer ciencia era considerado algo así como... un lujo. Investigadores que se lanzaban a aquella aventura recuerdan que Houssay, su primer presidente, solía disuadir a los potenciales ingresantes diciéndoles que si no tenían un sueldo extra no podían dedicarse a la investigación, "porque de eso no se podía vivir". Para Don Bernardo, como se lo llamaba reverencialmente, la institución que se convertiría en la columna vertebral de la ciencia local debía dedicarse exclusivamente a la investigación básica; es decir, a la búsqueda de conocimiento sin otra finalidad que la de dilucidar la intrincada maquinaria de la realidad.

Esa visión dejaría una impronta indeleble en la cultura de los científicos argentinos. No constaba en ningún documento escrito, pero se respiraba en los laboratorios, se advertía en esos gestos mínimos de las figuras de peso cuando trazaban la diferencia entre la gloria y la banalidad.

En ese sentido, la historia de Eduardo Dvorkin, nieto de judíos ucranianos que llegaron en el Centenario, hijo de un ingeniero civil y hoy docente de la Facultad de Ingeniería de la UBA (Fiuba), no sería muy diferente de la de otros miles de investigadores del sistema científico local, si no fuera por un detalle: desde hace décadas, viene nadando en contra de la corriente que considera a la ciencia aplicada como la parienta pobre de la investigación básica.

Desde que se graduó de ingeniero, la brújula profesional de Dvorkin tuvo el Norte en el otro polo, el del desarrollo tecnológico. Un sesgo que hoy lo lleva a advertir que "si YPF no desarrolla tecnología local, si se limita a importar equipo o a contratar a compañías de servicios de explotación petrolera, no vamos a estar mucho mejor". O, más aún: "Tenemos que hacer un Invap petrolero".

Después de doctorarse en el MIT en épocas en que era difícil viajar a estudiar al exterior, protagonizó una experiencia pionera en el país. Creó en la siderúrgica Siderca, empresa del grupo Techint, un laboratorio que llegó a emplear a más de un centenar de físicos y matemáticos (el Centro de Investigaciones Industriales, CINI), ayudó a la compañía a multiplicar varias veces su producción y a convertirse en una multinacional con filiales en Brasil, Venezuela, Canadá, Italia y Japón, entre otros países.

Desde allí, desarrolló uniones para tubos petroleros que se venden en todo el mundo, criterios para aumentar su resistencia a la presión externa y nuevos tipos de acero resistentes a la corrosión sulfídrica, entre muchas otras aplicaciones.

Hace cuatro años, se retiró para fundar con dos socias (ingenieras que se habían doctorado bajo su dirección) y un grupo de ex alumnos "muy entusiastas" de la Fiuba una consultora, Sim & Tec, con la que pretenden llevar conocimientos científicos a la producción de tecnología. Trabajan para una amplia gama de empresas y organismos públicos que incluye a Invap (la empresa rionegrina de alta tecnología que cuenta con participación del Estado), Veng (que desarrolla lanzadores espaciales), Tenaris, el INTI e YPF.

Desde hace algún tiempo, además, está colaborando con el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva para desarrollar el Centro de Modelado para Aplicaciones Tecnológicas que propuso bautizar "Manuel Sadosky".

Para Dvorkin, es imperioso ver a la tecnología como un tema valioso en sí mismo y garantizar su desarrollo del mismo modo en que se garantiza la calidad de la ciencia argentina.

"La tecnología -dice- es la asignatura pendiente del Conicet. En definitiva, es lo que nos va a cambiar la calidad de vida."

-¿Qué le sugiere la nacionalización de YPF?

-Si YPF se va a limitar a importar equipo o a dar concesiones a compañías de servicios extranjeras, no vamos a estar mucho mejor. La gran apuesta es convertirla en un vector de la investigación para la industria y el desarrollo demandando tecnología "Made in Argentina", en una mezcla equilibrada entre las urgencias, que seguramente las tiene, y la necesidad de dotar de competitividad al país. Personalmente, quisiera que se convirtiera en una Petrobras argentina. Es notable ver cómo la compañía brasileña tracciona la investigación en la Universidad Federal de Río de Janeiro, la Coppe, que recibe de ella más de cien millones de dólares anuales, y produce no sólo tesis doctorales y papers del mejor nivel internacional, sino también una cantidad de avances tecnológicos impresionante. Tenemos que hacer un Invap petrolero.

-¿A qué atribuye que, habiendo tenido un pionero del pensamiento sobre ciencia, tecnología y sociedad como Jorge Sábato en la Argentina no se haya podido instalar ese modelo?

-Siempre se habla de la dicotomía entre push y pull : si para que el conocimiento se transforme en tecnología es la ciencia la que tiene que empujar o la industria la que tiene que demandar. Nuestra experiencia demuestra claramente que empujando desde el lado de la ciencia no se puede. Hay que tirar del lado de la industria. Ahora, ¿por qué la industria local no demandó? Probablemente porque tuvo oportunidades de ganancia que no dependían de su competitividad o su grado de innovación...

-Usted dice que el desarrollo de tecnología es una deuda pendiente del Conicet. ¿Cómo se salda?

-Lo digo con todo respeto, porque en épocas complejas el Conicet resguardó a la ciencia local. Pero hoy tenemos que usar esa ciencia (no toda, porque hay investigación que no necesariamente tiene que desembocar en tecnología) para que produzca riqueza, puestos de trabajo... Claro que desarrollar un sistema que lo haga posible no es fácil, porque para que se desarrolle tecnología alguien tiene que pedirla.

-¿Es decir que no basta con cultivar buenas ideas en el laboratorio?

-El sistema argentino siempre se basó en el concepto de "nosotros mejoramos la oferta y alguien se va a interesar". En realidad, es al revés: alguien tiene que demandar y traccionar. ¿Pero quién? La inversión en desarrollo de tecnología es riesgosa. El primer director del CINI repetía una frase que yo adopté: "Un centro de investigación que no puede ofrecer un número importante de fracasos no está haciendo bien su trabajo". No se puede pretender que todas las pelotas que uno tira entren en el arco. Hay que estar dispuesto a afrontar fracasos y a que los resultados de la investigación, que uno está pagando hoy, se vean dentro de cinco, siete o diez años.

-¿Quién debería asumir esos riesgos?

-Para mí, el Estado. Como ejecutor (un ejemplo de esto es el caso de Invap), pero también a través de su poder de compra. Apoyar el desarrollo tecnológico no implica necesariamente dar créditos a las industrias, sino convertirse en cliente. El quid de la cuestión es que haya alguien dispuesto a adoptar y a pagar por el desarrollo tecnológico, y a mí me parece que en un país como la Argentina, que no tiene una cultura de asumir riesgos, el papel del Estado es fundamental.

-¿El ciclo de cuatro años, al cabo del cual cambian las administraciones, no representa una espada de Damocles para las empresas?

-Si ciertos rumbos de ciencia y tecnología no se toman como políticas de Estado, no vamos a cambiar nunca. Es importantísimo poder sostenerlas durante lapsos largos.

Estamos en un momento del país en que los dos grandes temas que tenemos que atender son cómo concatenamos el desarrollo científico con el tecnológico y cómo entusiasmamos a los científicos para que hagan tecnología.

-¿Por qué falla el diálogo entre las universidades y el mundo de la producción?

-En esto, hay que tomar acciones deliberadas para que ocurra. Pasteur desarrolló sus contribuciones científicas a pedido de la industria vitivinícola de Francia. En todo el mundo, la industria tracciona a la investigación científica. En los Estados Unidos, el pasaje de la universidad a la aplicación industrial es rapidísimo. Hay temas en los que ya es difícil decir dónde empieza la ciencia y dónde termina la tecnología, es un proceso continuo. En la Argentina, donde hay pocas empresas decididas a asumir esas apuestas a largo plazo, no hay forma de hacerlo sin el Estado como comprador y como ejecutor.

-¿Qué tiene que cambiar en el Conicet para que esto ocurra?

-Estos problemas no son nuestros solamente, se dan en todo el mundo. El primer paso que deberíamos dar es revisar cómo calificamos a los científicos. Veo bien que alguien que trabaja en relatividad generalizada sea calificado por la cantidad de papers que produce, pero tenemos que encontrar otros parámetros para juzgar a un ingeniero.

-¿Cambiar los criterios de evaluación ofrecería más oportunidades a los doctores recién formados?

-Me preocupa mucho que haya chicos que, habiendo hecho sus doctorados con becas del Conicet, no encontraran un puesto de trabajo. ¿No nos estamos perdiendo una gran oportunidad? ¿Cuántos doctores tenemos en los organismos del Estado con misión tecnológica: la Conea, el Invap, la Conae... ? Sería un pecado que esos chicos se decepcionen o se vayan al exterior. Una cosa es irse a hacer un posdoctorado teniendo un trabajo a la vuelta y otra muy diferente es tomarse el avión en Ezeiza porque acá no se encuentra trabajo. Irse al exterior enriquece; huir al exterior es un desastre.

-¿Cómo puede evitarse?

-Hay dos fenómenos que tienen que entrar "en fase" porque tienen tiempos característicos. Uno es la producción de doctores, que es de unos cinco años, y otro, el de maduración de la industria, que evidentemente es más largo. Entonces, esos dos procesos, que no tengo duda de que si hacemos las cosas bien, van a converger, los tiene que cubrir el Estado.

Esos chicos tienen que tener posibilidades de trabajar en el país, aunque la industria todavía no los requiera. Por un lado, tendrían que aceptar hacer investigación aplicada, y por otro habría que crear un medio ambiente diferente.

-¿Hay presupuestos e infraestructura para incorporarlos?

-Incorporar a uno de estos chicos significa tener un lugar, una computadora, un laboratorio, una persona que va a dirigir su trabajo. Hay que armar un sistema y es un problema que tarde o temprano vamos a tener que enfrentar.

Podrían definirse áreas temáticas. Hay una que a mí me apasiona particularmente, que es la de los ferrocarriles. Sabemos que el ferrocarril argentino fue llevado a sus peores condiciones y que hay que recrearlo. Pero esto no quiere decir juntar una cantidad de dinero e ir a comprar vagones a España, sino recrear la industria ferroviaria. Ser capaces de desarrollar nuestros propios ferrocarriles, adaptados a lo que el país necesita. Que puedan ser exportados, no a los Estados Unidos, a Francia o a Alemania, pero sí a nuestros socios sudamericanos.

-¿Tenemos el know how para hacer todo eso?

-Tenemos gente que es capaz de desarrollar el know how. .. Tenemos el know why, que nos sirve para adaptar la tecnología, mejorarla, incrementar la producción... y para no ser usuarios "bobos" de la máquina. Contamos con los recursos humanos como para plantearnos un gran salto en la producción tecnológica.

-¿Qué impacto tiene la promoción de producción tecnológica en Tierra del Fuego?

-Veo bien proteger a la industria local, pero hay que convencer a los empresarios de que no es una autorización para salir a cazar en el zoológico. Esas medidas tienen que ir de la mano con la obligación de ir incrementando los niveles de participación nacional, la complejidad... Si lo que vamos a hacer es importar partes y ensamblarlas, estamos en el horno. Tendríamos que poder ver una curva de desarrollo creciente. Si no, no sirve.

-En esta era de globalización, ¿podemos competir con países como China o la India?

-Sí. Tenemos que hacer lo mismo que el resto del mundo. No ser ingenuos.

MANO A MANO

En estos días de enconos desbordados, Eduardo Dvorkin cultiva un estilo infrecuente. Persuadido de sus ideas –incluso cuando no estaban "de moda", lo que lo convierte en un genuino pionero–, es capaz de desarrollar los argumentos que las sostienen con una tranquilidad budista, sin exaltarse ni molestarse por preguntas incómodas. Además, se preocupa por ser preciso en sus respuestas y, como todo buen científico, no tiene problemas en permitirse la duda.

Sin embargo, bajo ese barniz de terciopelo, se esconde una convicción de acero. Por eso no duda en insistir en que la fórmula que debería aplicarse para el desarrollo no es misteriosa. En lo tecnológico, sugiere que en varios sentidos es la que Brasil viene aplicando desde los años sesenta. "Ahora nos sorprendemos de que hayan encontrado depósitos importantísimos de petróleo en el fondo del Atlántico, pero ya en esa época estaban desarrollando la tecnología de la exploración offshore –subrayó durante la entrevista–. Una visita a la Coppe (la Universidad Federal de Río de Janeiro) debería ser obligatoria para nuestros funcionarios." Y le basta con presentar un ejemplo convincente: de las dos piletas que existen en el mundo para testear plataformas offshore para exploración petrolífera, una está en Holanda y la otra, en Brasil. La más grande.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas