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Cuando la soledad es buena consejera

Como nunca antes en la historia, hoy cada vez más personas eligen vivir solas. Fenómeno urbano por excelencia, en algunas ciudades, como Estocolmo, el número de gente que vive sola supera el 60 por ciento

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LA NACION
Domingo 06 de mayo de 2012
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"El infierno son los otros", escribió Sartre en 1944. Y aunque el existencialismo esté pasado de moda, hoy sus palabras resuenan con fuerza en una de las tendencias más marcadas del nuevo siglo: la búsqueda, o al menos la aceptación, de la vida en solitario.

Como en ninguna otra época en la historia, hoy cada vez más personas eligen vivir solas. Y si bien los más privilegiados del planeta siempre pudieron usar sus recursos para separarse de sus parejas, nunca hubo ni tantos privilegiados ni usaron sus recursos tan obsesivamente para comprar privacidad y espacio personal.

Si hasta hace algunos años la perspectiva de vivir solo disparaba estallidos de ansiedad y pánico, los últimos estudios sociológicos muestran que eso ha cambiado sustancialmente.

Foto: GENTILEZA DE LA EDITORIAL

Los números son elocuentes. En las ciudades norteamericanas más prósperas como Nueva York y Washington, casi la mitad de los hogares son de una sola persona, lo cual es sorprendentemente? poco. En París, la ciudad de los enamorados, más de la mitad de la gente vive sola, y en la Estocolmo socialista, el número supera el 60 por ciento. Los norteamericanos serán el emblema del culto al individualismo, pero en Alemania, Francia, Gran Bretaña y Japón hay una mayor proporción de hogares unipersonales que en EE.UU.

Claramente se trata de un fenómeno urbano atado a la disponibilidad de ingresos, más allá de las características tradicionales asociadas a la cultura nacional. Lo demuestran China, Brasil y la India, tres de las naciones con economías en mayor crecimiento, que son también las que tienen el aumento más marcado de proporción de gente viviendo sola. Y si algo confirma la hipótesis de que el dinero es un factor clave en este tema es el ejemplo español: durante la década del boom económico de España, la proporción de gente viviendo sola prácticamente se duplicó.

Valores modernos

"Mi propio sol, mis propias luna y estrellas, y un pequeño mundo todo para mí", escribió Henry David Thoreau, ícono del individualismo americano del siglo XIX, desde la cabaña en el bosque en donde se recluyó como parte de su experimento de soledad e introspección. En el siglo XXI, no es difícil reemplazar aquella frase por "mi propio sofá donde estar tumbado horizontal en vez de sentado con otros"; "mi propio éxito profesional, garantizado por la posibilidad de quedarme horas extras sin pedir disculpas a nadie y sin tener que compartir los ingresos"; o "mi propia libertad de ir a comer, ir al cine, viajar, tomar clases de filosofía antigua o arte de vanguardia cuando quiera y como quiera".

En efecto, vivir solo encaja en perfecta sintonía con los valores modernos. Promueve libertad, control y autorrealización, todos aspectos sumamente valorados de la vida contemporánea. Y, gracias al desarrollo tecnológico, vivir solo no implica ya una vida aislada o con menos actividad social.

Ese es el argumento de Eric Klinenberg, profesor de sociología de la Universidad de Nueva York . En los estudios para su nuevo libro, Going Solo. The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone (Vivir solo. El extraordinario auge y sorprendente atractivo de vivir solos), Klinenberg encontró que, a diferencia de lo que marcan los tradicionales estigmas sobre la soledad y el aislamiento, quienes viven solos suelen tener más actividad social y cívica que quienes comparten el techo con otros. "Y no estamos hablando nada más que de los jóvenes", alerta en diálogo con La Nacion.

Erin Cornwell, socióloga de la Universidad de Cornell, encontró que, en EE.UU., entre los solteros de más de 35 años, era más probable que pasaran una tarde con amigos y vecinos que aquellos casados o en pareja. Su marido, Benjamin Cornwell, también de Cornell, escribió en el American Sociological Review que los ancianos que vivían solos tenían el mismo número de amigos y compañeros para discutir temas que consideraban importantes que sus pares casados, y era más probable que socializaran más.

"Paradójicamente nuestra especie, definida por tanto tiempo sobre la base de grupos y la familia nuclear, pudo embarcarse en este experimento de la vida unipersonal porque las sociedades globales se han vuelto tan interdependientes. Los mercados dinámicos, las ciudades en ebullición y los sistemas de comunicación abiertos vuelven a la autonomía moderna más atractiva: nos permiten vivir solos pero entrar en contacto con los demás cuando y como queremos y en nuestros propios términos", sostiene Klinenberg.

"La soledad se vuelve una situacion crónica -confiesa un ejecutivo agentino de 40 años que trabaja en una de las ONG norteamericanas más importantes-. Es tan fácil hoy construir un andamiaje de apoyo en personas, lugares y actividades, que el cambio a un esquema en que entra el otro, con sus propios hábitos y poniendo fin a esa libertad de acción, representa una irrupción que cada vez menos parece valer la pena."

Una abogada argentina, que regresó a Buenos Aires después de varios años en la Gran Manzana, lo pone en otros términos: "La gente a cierta edad, tradicionalmente, pasaba a vivir con alguien. Para ese modelo está armada la sociedad. Por eso la gente que vive sola, aun en esta época en que está de moda, necesariamente tiene que desarrollar nuevas herramientas que permitan sobrevivir en una sociedad que cree que la felicidad es privilegio de quienes viven de a dos o más. En ese desarrollar herramientas hay enormes riquezas que uno no encontraría si su vida anduviera sobre los carriles tradicionales. Y eso es lo bueno", subraya.

Amigos de Facebook

Esas herramientas muchas veces son apoyos online . Y, justamente, en ese andamiaje tecnológico y su oferta de redes sociales descansa el optimismo de Klinenberg respecto de la vida en solitario de hoy. Sin embargo, ese argumento no convence a todos. Entre los especialistas catalogados de tecnoescépticos se encuentra Sherry Turkle, aunque ella se apresura a matizar el tema.

"Creo que es maravilloso que la tecnología haga que sea más fácil para la gente el vivir sola -dice a La Nacion-. El peligro está, sin embargo, cuando ésta comienza a sustituir el placer de conversar cara a cara o aunque sea por teléfono, de estar con seres de carne y hueso, o aunque sea sentir sus voces. Podemos escondernos de los otros aún si estamos permanentemente ciberconectados."

Turkle, profesora del MIT y autora del libro Alone Together. Why We Expect More from Technology and Less from Each Other "(Solos juntos. ¿Por qué esperamos más de la tecnología y menos del otro?)cuenta que todo el tiempo escucha gente que le dice "Prefiero textear que hablar" o "Estoy demasiado cansado para salir; voy a visitar a mis amigos pero en Facebook". Turkle indaga por qué y le dicen que, en una conversación cara a cara en tiempo real, uno no puede controlar lo que va a decir. "La gente quiere algún tipo de control, de posibilidad de esconderse, de mantener distancia", dice.

Pero si sirve para que quienes están solos estén más felices, ¿por qué sería tan grave? "Aprendemos a tener conversaciones con nosotros mismos a través de las conversaciones que tenemos con los demás -contesta-. Por eso, el escaparse de la conversación con otros puede comprometer nuestra capacidad de de autorreflexión. Así que insisto en que que hace falta un poco de vigilancia ante los excesos."

Durante siglos se propusieron alternativas a la vida familiar tradicional -falansterios, comunidades hippies, kibutz, comunas de ecohousing- pero ninguna parece haber logrado convertirse en un fenómeno estadístico como el del crecimiento de la vivienda unipersonal urbana, aunque muchos lamenten algunos de sus efectos.

Charles Murray, por ejemplo, en su último libro, "Coming Apart: The State of White America" (Divididos: el estado de la América blanca) sostiene que el matrimonio (y la vida familiar que de él deriva) sigue a la cabeza en los indicadores de mejora económica y social para los integrantes. Y una vez más abrió la polémica que suele acompañar sus obras al sostener que se está quedando como un lujo exclusivo para sectores altos de la sociedad, y que así se refuerza la desigualdad.

Pero Klinenberg no cree que el hecho de que hoy sea más fácil vivir sólo necesariamente vaya en contra del matrimonio o de la vida de pareja. "En EE.UU. al menos, la gente que vive sola en su juventud y se casa más tarde tiene mayores posibilidades de tener un matrimonio exitoso que aquellos que se apuran a dar el 'sí, quiero' apenas cruzados los 20 años. La gente que se divorcia encuentra a menudo que vivir solo es una buena manera de rehacer sus vidas, al ganar control de su tiempo y espacio. Paradójicamente, esto puede ayudarlos a crear nuevas y más profundas conexiones con nuevos amigos y portenciales compañeros románticos. El vivir solos puede ayudarnos a reconectar", concluye.

Después de todo, es bien sabido que Thoreau dejaba la montaña y se iba, cada tanto a la casa de su madre en Massachusetts para disfrutar de la buena cocina y de la charla con vecinos en los bares. Y Sartre tenía a Simone de Beauvoir...

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