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La compu

Anfibios entre la realidad y la virtualidad

Tecnología

Estoy leyendo el interesantísimo libro de Roxana Morduchowicz Los adolescentes y las redes sociales , publicado por el Fondo de Cultura Económica . Sus algo más de 100 páginas están generosamente respaldadas por hipótesis propias de la autora y de otros ensayistas y, lo que me parece todavía más importante, los testimonios de adolescentes acerca de cómo viven la Red, qué lugar ocupa en sus vidas. Algunos de estos dichos son simplemente conmovedores.

Como en todo ensayo, uno puede estar de acuerdo o no con algunos de los planteos, pero en todo caso se trata de un trabajo serio, profundo y, al menos en mi experiencia, nuevo. Como para los adolescentes Internet parece ser algo integrado a sus vidas de forma natural entonces tendemos a preguntarnos poco sobre la relación que establecen con la virtualidad. No pocas veces, como se señala en el libro, criticamos a los chicos y su relación con la Red sin hacer el menor esfuerzo por comprenderlos. Bueno, un clásico sino de los adolescentes.

El que Roxana se haya formulado este interrogante es, por lo tanto, de por sí original. Fuera de alguna confusión que encontré en una de las autoras citadas (que toma el significado de software libre como algo literal, y no como lo que es, una licencia de distribución de código), creo que es un trabajo de enorme valor.

No hay cucharita

Una conclusión vengo sacando de este ensayo: la Red no está evolucionando como otros servicios de comunicación que hayan existido hasta ahora. Es más, no creo que sea ni remotamente un medio de comunicación. Es otra cosa, algo para lo que todavía no hemos inventado una palabra. Hay una primera diferencia obvia: Internet construye un espacio. Nos contentamos con añadir el adjetivo virtual y nos vamos a casa contentos. No entendemos que, como bien señala Roxana en su libro, los chicos no establecen ni quieren establecer límites claros entre ambos mundos; para ellos, son ámbitos conectados entre los que fluyen de forma suave y apacible. Son, en el sentido literal de la palabra, anfibios , viven dos vidas indistinta y en ocasiones simultáneamente: la real y la virtual.

Pero hay más, y esto es antiguo como la civilización. ¿Qué define lo real? ¿Acaso que se pueda percibir? ¿Acaso que lo sintamos como real? Sabemos que no. Un leve estímulo eléctrico en un área específica del cerebro nos hará percibir sensaciones que no existen (bueno, para nosotros y para el cerebro, sí, existen, ese es el dilema). Una sustancia psicotrópica cambiará nuestro humor alterando la captación de un neurotransmisor. Humor que, no obstante, afectará la realidad de otras personas.

Y para colmo tenemos el segundo teorema de incompletitud de Kurt Gödel y la -¿cómo decirlo?- incómoda cuestión de que no es posible demostrar que no estamos viviendo en una simulación de computadoras. Sobre esto pueden leerse las ya célebres hipótesis de simulación del filósofo sueco Nick Bostrom, director del Instituto del Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford: www.simulation-argument.com

En todo caso, el espacio virtual bien podría ser una virtualidad dentro de otra, a la que llamamos realidad .

Bueno, dejemos ese laberinto antes de que se nos termine el sábado. ¿Qué es lo real? Aunque sé que mis profesores de ontología me aplazarían redondamente, creo que lo real es lo relevante. No me cabe duda, y más después de leer el ensayo de Morduchowicz, que para los adolescentes de hoy, y por lo tanto también para las generaciones por venir, el espacio virtual, la conexión y la intangible vida online son mucho más importantes que lo que los adultos estamos dispuestos a creer. Es decir, más reales.

Lo hablé por teléfono con Roxana, que me dijo: "La vida de los adolescentes transcurre entre pantallas. Desde el celular o la computadora, por Internet piden la tarea, arreglan una salida, cuentan sobre ellos, intercambian música, charlan, comparten videos, envían fotos y construyen su identidad. Los chicos se ven en el chat, como antes nos veíamos en un café. Internet generó nuevas formas de sociabilidad juvenil. Estar conectados es sentirse parte de un grupo y no estar nunca solos. La pertenencia y la vida social son marcas de la identidad juvenil".

Los buenos, los malos y todos los demás

Uno de los principales valores de este libro es que, por fin, se aporta una mirada positiva sobre la adolescencia en general y sobre su relación con la Red en particular, en lugar de la típica afirmación, en todo prejuiciosa, de que los chicos están perdidos porque "se la pasan con la Play y en Facebook". Lo mismo se decía de mi generación hace 35 años, fuera porque oíamos rock o porque nos dejábamos -cuando nos dejaban- el pelo largo. Morduchowicz asegura que la inmensa mayoría de los adolescentes no son ni el sociópata violento que se pinta de un lado ni el indulgente y adaptado personaje de una estudiantina pasatista. Coincido.

Tampoco les resta responsabilidad a los adultos, quienes -habiendo sido alguna vez adolescentes- aportan un marco de referencia, de prácticas validadas, de norte o de falta de norte. Bien dicho.

La adolescencia parece ser un misterio para el adulto. Por algún motivo casi todos nos vemos obligados a darle la espalda a un hecho evidente. Es terriblemente doloroso pasar de la niñez a la adultez. El derrotero está empedrado de incertidumbres y el viaje se ve sacudido por cambios orgánicos, hormonales y corporales. Más aún, la eclosión de una personalidad autónoma, signo de salud, exige diferenciarse de la familia de origen, lo que da lugar a la pregunta más extraordinaria y punzante de esa etapa de la vida: ¿cuál es mi futuro?

Separarse de la familia y formar su propio grupo, una suerte de ensayo de la adultez autárquica por venir, le da a los amigos, señala con precisión Roxana, un valor fundamental. La Red ha creado nuevos ámbitos de encuentro, intercambio, para compartir y proyectar. Como no lo entendemos, como en nuestra época íbamos a charlar a un bar, entonces lo descalificamos. No puede haber mayor miopía.

Pero además hay algo inédito ahora: Internet les ha dado a los adolescentes un poder del que antes carecían. Ya se sabe: todos se sienten con derecho a hablar en nombre de los adolescentes. Pues bien, Internet les ha brindado la posibilidad de hablar por sí mismos, sin intermediarios ni hermeneutas. ¿Le suena? Lo mismo nos está pasando a los adultos. En nuestro nombre también muchos hablan sin consultarnos, sin oírnos. También a nosotros la Red nos ha otorgado el poder de la voz propia.

No debería ser tan difícil entender lo que le pasa a los adolescentes, entonces.

El derecho a la vida (online)

Viene a cuento aquí un debate que se produjo hace unos días en Twitter. Lo originó el abogado Andrés Piazza y nos enganchamos el periodista Mariano Blejman, que acuñó el hashtag #InternetDDHH ; Sebastián Bellagamba, de la Internet Society, y quien suscribe; luego se armó tal revuelo que el asunto se convirtió en trending topic . ¿De qué se trataba? De si el acceso a Internet debe ser o no un derecho humano. En realidad, y como señalaron quienes juzgan que no, Internet es una tecnología, por lo que hay cierta turbulencia semántica al hablar de Internet como derecho humano .

Pero lo que queríamos decir es que el acceso a la Red, cualquiera que sea su tecnología, debe estar garantizado, de forma semejante a como la ONU estableció que el acceso al agua potable es un derecho humano. Claro que eso fue en 2010. Veinticinco siglos después de los primeros acueductos griegos en la isla de Samos.

Entiendo que el acceso a la virtualidad como derecho humano suena exagerado. Pero muchos derechos se consideraron exagerados en su momento. Y hoy nos parecería criminal abolirlos. Pienso, por ejemplo, en que las mujeres no pudieron votar en Francia, cuna de la democracia moderna, hasta 1944; en Suiza no pudieron hacerlo hasta 1971. Demencial. Pero en su momento parecía exagerado otorgarles el voto a las mujeres. No sé en qué cabeza cabe semejante disparate, pero en su momento debió parecer de lo más razonable .

Creo (y Roxana es de la misma opinión) que el acceso al espacio virtual debe ser un derecho humano. El relator especial de la ONU sobre promoción y protección del derecho de libertad de opinión y expresión, Frank La Rue, rubricó un informe en junio de 2011 donde equipara el acceso a Internet con la libertad de expresión. Un derecho humano.

Le pregunté a Morduchowicz su opinión. Me dijo: "Un sólido capital cultural ayuda a las personas a entender mejor la sociedad en la que viven. Les enseña a posicionarse mejor frente al mundo. Los orienta a mirar de otra manera la realidad y a pensar en su propio lugar en ella. El capital cultural permite a las personas encontrar significaciones plurales en los discursos y dar sentido a lo que ven, leen y escuchan. Estar excluido de Internet debilita el capital cultural y refuerza la exclusión social. Limita las oportunidades educativas y la inserción laboral de las personas. Por eso, Internet debería ser un derecho humano. Facilitar su acceso es contribuir a una mejor inserción social de los ciudadanos".

Algo me dice que dentro de 50 años nos parecerá descabellado que el acceso al espacio virtual no haya sido siempre un derecho humano.

Y si no, pregúntenle a los adolescentes..

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