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De ninguneadas al primer plano

Las villas de emergencia son hoy protagonistas de dos ciclos de TV y del gran éxito del cine local: Elefante Blanco

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LA NACION
Domingo 27 de mayo de 2012
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Por muchos años fueron un tema tabú, ominoso, escondido, que generaba vergüenza, prejuicios o temor y del que no se hablaba, tal vez como inútil forma de negar su existencia. Pero ahora, las villas de emergencia se volvieron protagonistas de un inesperado y creciente fenómeno mediático.

Después de tantos informes sombríos de noticieros y programas periodísticos que sólo veían la parte áspera del hábitat de los sectores más carecientes, empezaron a aparecer espacios más comprensivos, como Esta es mi villa , el programa de Julio Bazán, por TN, que recorre las barriadas más humildes de todo el país y habla con sus habitantes; o más festivos, como Alegría y dignidad , la serie producida por Emilio Cartoy Díaz, con la dirección de Cristian Jure, por el canal Encuentro, que muestra con colorido y dinamismo las historias de acróbatas, cocineros, escritores, actores, escritores y músicos que salen de esos barrios populares porteños y del conurbano.

El boom de Elefante Blanco , la nueva película de Pablo Trapero, que este fin de semana superará holgadamente los 300.000 espectadores, y que muestra las luces y sombras de la acción solidaria desarrollada por dos sacerdotes y una asistente social en la villa 15 de Lugano, consolida esa tendencia. Además, el film fue visto por estas horas con gran interés en la sección "Una cierta mirada", del Festival de Cine de Cannes, que hoy termina.

Martina Gusmán y Ricardo Darín, protagonistas del film de Trapero, ambientado en la villa 15
Martina Gusmán y Ricardo Darín, protagonistas del film de Trapero, ambientado en la villa 15.

Trapero, que de chico supo hacer trabajo social en villas, ahonda su mirada en submundos desconocidos por el gran público, que apenas tiene noticias lejanas mediante la sangrienta (y estereotipada) crónica policial.

A diez años de El bonaerense , y con Leonera (2008) y Carancho (2010) en una dirección similar, ahora con Elefante Blanco logra una madurez visual y argumental que puede desorientar a aquellos que vayan a verla en busca de un mensaje concreto. La realización de Trapero no juzga los comportamientos de la villa y, según se vea, ofrece miradas esperanzadoras (la solidaridad entre algunos de sus miembros y los que vienen de afuera a ayudar), aunque también pesimistas (la droga, el narcotráfico y la violencia que envilecen sus entrañas y los tironeos políticos y policiales para "regularla").

No hay discurso político, al menos explícito, en Elefante Blanco y ésa es su principal virtud: el relato fluye ágil sin énfasis panfletarios innecesarios tan frecuentes e infumables en estos tiempos de agudo oportunismo político.

Vale Elefante Blanco (que debe su nombre al edificio inconcluso que iba a ser sede de un hospital; ver más información en la sección Ciudad del primer cuerpo de la presente edición) porque saca a una masiva superficie lo que hasta no hace mucho se ninguneaba. Su aporte es correr ese velo y contar una historia creíble. La aceptación por parte del público fue inmediata, a contrapelo de lo que ha pasado con tantos films que pretendían bajar línea y terminaban siendo bodrios que nadie quería ver.

* * *

Las villas surgen primero hace décadas como un fenómeno de éxodo interno, desde las provincias hacia la gran Capital en busca de un destino mejor, como precaria solución a lo que algunas zonas periféricas no podían resolverles a sus lugareños. Pero ya desde hace rato su crecimiento se ha vuelto exponencial -un 55 por ciento más de población en la última década-, más que por la catástrofe social de 2001, por la llegada imparable de miles y miles de extranjeros provenientes de los países limítrofes.

La ausencia de una consistente política de inmigración y, como consecuencia de esa falencia, el ingreso irrestricto y constante de personas al país sin ningún tipo de contención social ni, mucho menos, perspectivas laborales ciertas, más que honrar el Preámbulo de nuestra Constitución, que pretende cobijar a "todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino", lo degrada. Ya se calcula que se hacinan 150.000 habitantes en villas y asentamientos ubicados más bien en el sur de la Capital. Seguramente que la enorme mayoría de sus habitantes son esforzados trabajadores, o procuran serlo y conforman familias con chicos que buscan progresar. Pero la droga ha entrado y el narcotráfico, como así también otras expresiones del hampa, se mimetizan en medio de sus laberínticos corredores.

Hacia el final de su libro Curas villeros (Sudamericana, Buenos Aires, 2010), su autora, Silvina Premat, reúne una serie de interesantes documentos del Equipo Pastoral de Villas que llaman a reflexionar sobre la urbanización y el respeto por la cultura villera que "tiene un modo propio de concebir y utilizar el espacio público".

No convertir las villas en guetos indeseables, vincularlas más a la ciudad, transformarlas de a poco en presentables barrios obreros, que respeten sus propias idiosincrasias y sin exponerlos a crecimientos devastadores que empeoren su calidad de vida, es algo que debería interesarnos a todos porque "ellos" son "nosotros".

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