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Responsables sin excepción

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Sergio Sinay
Domingo 27 de mayo de 2012
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Señor Sinay: ¿Qué se puede hacer con el individuo que decide ser delincuente; qué se puede hacer por él y por la sociedad? Isaac Plotkin

RE:

Emmanuel Lévinas (1906-1995), filósofo lituano luego nacionalizado francés, pasó toda la Segunda Guerra Mundial en el campo de concentración alemán de Hannover, mientras su familia era aniquilada por los nazis. De esa horrenda experiencia, Lévinas sacó una conclusión. No basta con existir con las características que nos son propias para ser humanos. La condición de humanidad se plasma y la misma existencia de la especie se hace posible cuando se respeta al otro, a ese que no somos, a la diferencia, a la alteridad. Uno de sus títulos es claro al respecto: Humanismo del otro hombre. La delincuencia visible y emergente (el robo, el asesinato) es una forma evidente de la ausencia de ese respeto. Pero hay otras: la corrupción, el autoritarismo, la indiferencia ante el hambre y la miseria, el incumplimiento de la ley y la transgresión a las normas de convivencia.

Si ampliamos la lógica y legítima inquietud de nuestro amigo Isaac, podríamos preguntar: ¿qué hacemos ante las formas más brutales y evidentes de la delincuencia y también ante las más sutiles y maquilladas de la inmoralidad? Son todas ellas, manifestándose de manera distinta, las que ensombrecen y denigran nuestra condición y la posibilidad de convivir a partir de ésta. La responsabilidad por las propias acciones, y sus consecuencias, es siempre individual, indelegable y sin excepciones. No depende de niveles económicos, culturales y de conocimiento, puesto que las consecuencias no se detienen ante esos factores. ¿Qué hacemos, entonces? Quizá se trate de construir un entramado social de respeto por el otro (que es el respeto por la humanidad y su existencia), que se exprese en la firme y no negociable imposición de las consecuencias. Cuando una sociedad empieza a justificar a los victimarios, abandona a las víctimas, abandona al otro por segunda vez y acaso para siempre. La ética, decía Lévinas, empieza en lo más pequeño, en un pase usted ante una puerta o al sentarnos a la mesa. La respuesta a la inquietud de Isaac no es complicada, pero requiere voluntad moral.

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