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Liderar desde la confianza

Lunes 28 de mayo de 2012
PARA LA NACION
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Para muchos argentinos, la palabra liderazgo está devaluada. Muchos la asocian a esa cualidad que los fuertes, los que saben y hasta los vivos poseen para que los demás, los ciudadanos, empleados o colaboradores, simplemente obedezcan. Además, muchos perciben al liderazgo como un trampolín del que se valen los que mandan para incrementar sus patrimonios personales. Ejemplos no faltan.

Los casos de este viejo liderazgo que vemos a diario se sustentan en la soberbia, la imposición y el miedo. El soberbio parte de la convicción de que tiene razón. Se presenta ante el mundo y, principalmente, ante sus "subalternos", como aquel que sabe lo que los demás no saben. Y si este líder tiene razón, tiene la verdad. Entonces, ¿para qué proponer, persuadir y negociar? ¿Para qué perder tiempo y recursos en convencer a los otros? Y, además, ¿no es acaso una demostración de debilidad? Finalmente, ¿cómo se sostiene el liderazgo basado en la imposición? Es obvio: generando miedo en los demás a través de amenazas explícitas o implícitas por el incumplimiento de las órdenes. Desobedecer tiene un precio alto.

La falta de algunas virtudes son perdonadas si los resultados que estos líderes alcanzan coinciden con nuestros fines, y hasta la ética podría ser un escollo por sortear si los objetivos a alcanzar son considerados importantes ("roban pero hacen"). Por eso valoramos tanto la demostración de fuerza, nos callan los argumentos del sabelotodo y admiramos la viveza del pícaro.

La visión que el líder posee sobre el ser humano tiene profundas implicancias en su manera de relacionarse con él. La generación de emociones como el miedo y la confianza en los dirigidos son el resultado directo de una manera de entender y ejercer el liderazgo.

Cuando el hombre es considerado un recurso, ¿de qué manera se relaciona con él la persona que detenta el poder? Si la relación es básicamente utilitarista, ¿existe la posibilidad de una relación madura? Si el rol del que manda quiebra el equilibrio entre personas iguales en su humanidad, ¿qué característica tendrá esta relación? Me animaría a decir que la concepción utilitaria del ser humano lleva casi necesariamente a una relación de dominio-sometimiento. La cosa, el instrumento, el recurso, no es nuestro igual, ¿cómo es posible entonces tratarlo de igual a igual? Si el otro es un recurso, es inferior a nosotros y la manera de relacionarnos con él es desde el dominio. Dominamos la naturaleza, los animales, las herramientas, los recursos. Con los inferiores -los recursos-, los que detentan el poder no se relacionan desde la autoridad, sino desde su deformación: el autoritarismo.

El autoritarismo podrá ser más o menos visible, se podrá manifestar explícitamente (el "patrón de estancia") o se encubrirá bajo una superficial capa democrática (esto es frecuente en personas que han aprendido qué es "lo correcto" en estos días -participación, delegación, comunicación-, pero que no cambian su concepción profunda del significado del otro). Cualquiera que sea su manifestación, la emoción que el autoritario provoca es el miedo. El miedo genera consecuencias concretas en la organización; afecta a las personas y sus relaciones internas y externas, la creatividad, la asunción de responsabilidades y riesgos y, finalmente, los resultados.

Para alcanzar una relación madura entre seres humanos necesitamos desarrollar una emoción distinta del miedo. El miedo es incompatible con la libertad, con dar lo mejor de nosotros mismos, con la creatividad y hasta con la lealtad. Cuando analizamos los climas en las organizaciones o de las sociedades vemos que uno de los aspectos centrales es la existencia o la falta de confianza entre sus miembros.

¿Qué es la confianza? Las distintas acepciones de la palabra confianza nos abren la puerta a su significado: esperanza, fe/ seguridad/ ánimo, aliento, vigor/ pacto, convenio/ familiaridad. Y el verbo confiar: creer, fiarse/ contar/ delegar, encomendar, entregar. La desconfianza significa desesperanza, incredulidad, y descreer.

La confianza, la antítesis del miedo, tiene un impacto "sonoro" sobre las organizaciones y las sociedades. "Sonoro" por las voces y las risas que se escuchan, por las exclamaciones que provocan el arte y la creatividad, por las disculpas en voz alta ante los errores cometidos sin consecuencias. Qué diferencia con el "silencioso" miedo que tiñe de grises los días, interminables las jornadas en las que se habla poco y en voz baja, y el humor es visto con desconfianza y como una pérdida de tiempo.

"Todas las relaciones sociales que no se basan en la fuerza requieren sustentarse en la confianza -dice el sociólogo chileno Rafael Echeverría-. Este es el elemento unificador básico, el que hace de cemento en la relación. Si no hay confianza, es difícil concebir una relación entre el padre y el hijo, entre los miembros de una pareja, entre el maestro y el alumno, entre amigos, entre el médico y el paciente, entre integrantes de un mismo equipo de trabajo, entre gobernantes y gobernados. Sin confianza, cada una de esas relaciones se ve comprometida y tenderá a disolverse."

Las condiciones que necesitamos para querer seguir juntos -si somos libres, por supuesto- son las que se derivan sólo de una relación de confianza. Sólo cabe la confianza en las relaciones humanas libres. Donde hay "recursos" hay dominio, y donde hay dominio hay fuerza y miedo. Sólo el profundo respeto por el otro puede construir la confianza necesaria para desarrollar una verdadera relación humana.

También Erich Fromm habla de este tema con la claridad que lo caracteriza: "La confianza es la emocionalidad clave del nuevo modo de hacer empresa. Con confianza, el trabajador se abre al aprendizaje, se atreve a innovar, acepta cometer errores y confrontar sus ignorancias e incompetencias. ¿Cómo desplazarse del miedo a la confianza? ¿Cómo se construye o cómo se destruye la confianza?"

Aquellos que hemos trabajado muchos años en organizaciones sabemos lo dificultoso y lento que es construir ámbitos de confianza y qué fácil se destruyen. Contestando a la primera pregunta de Fromm, creo que para llevar una situación de miedo a otra de confianza es imprescindible un buen liderazgo. Creo que sólo el líder que concibe a las personas como personas y no como recursos está en condiciones de lograrlo; el buen líder se expondrá, dará la cara, hablará abiertamente y cumplirá sus promesas; tendrá paciencia, comprensión del efecto del miedo y de la desconfianza y, poco a poco, irá convirtiéndose en alguien confiable. ¿Por qué una persona es confiable? Porque transmite honestidad y coherencia, porque es predecible, escucha interesadamente otras opiniones y cuida a su gente. Creo que el rol del líder es clave, ya que, aunque la confianza no dependa exclusivamente de él, el impacto de su conducta es determinante. Si en una organización existe miedo, miremos a sus directivos; si existe confianza, también. © La Nacion

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