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Poe escribe cada vez mejor

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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13 de junio de 2012  

Otra vez los cuentos de Edgar Allan Poe vuelven con su maldito frescor. Se leen como pan caliente, sobre todo en la traducción de Julio Cortázar, tan exquisita y llevadera, ahora reeditada por Edhasa con el título Cuentos completos . Son increíbles el poder de su prosa y la indagación que llevó adelante con la palabra para desbrozar la condición humana en un amplísimo espectro. El amor, la codicia, la angustia; el desenfreno, la pasión por el saber, la humildad, el engaño. Los mitos, las supercherías; la cábala, la frenología, las ciencias naturales, la filosofía, etc.

Cabe de todo en sus relatos, o más bien sus relatos abarcan pequeñas partes de un todo: los declives de la existencia. Poe dio vuelta una página de la literatura, así como luego lo hizo Joyce, o antes, Shakespeare. Es la escritura del enigma, en la que luego tantos autores abrevaron. Borges, a la cabeza. ¿Acaso no parece del autor argentino esta frase del cuento "Berenice"?: "Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante". O la insistencia del recuerdo, tantas veces enunciado por el Funes de Borges, repetición que aparece como ingrediente del delirio en varios cuentos de Poe, o la apelación a la creencia -trampa para adentrarnos en el género fantástico-, como en el comienzo de "El gato negro": "No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir".

Poe combinaba la inteligencia con las pasiones. "En lo más hondo y secreto de mi inteligencia se iluminaba algo así como una luciérnaga mental, una noción de verdad", dice el protagonista de "El escarabajo de oro". Pero como la revelación se asemeja a la locura, Legrand, el iluminado de este cuento, percibe ciertas sospechas del narrador acerca de su salud mental. Por eso no le brinda su descubrimiento así nomás y decide castigarlo por su falta de credibilidad, "con un poquitín de mistificación en frío". ¿No es maravilloso? ¿Y qué hace entonces? Le cuenta su hallazgo al tiempo que lo asusta.

Sí, el abanico de estas ficciones es inmenso. Hay cuentos que sorprenden incluso por la originalidad de sus títulos, como "El ángel de lo singular". O por la trama amorosa, tan intensa e inesperada; en "Los anteojos", juega con un clisé: "Hace años estaba de moda ridiculizar la noción de amor a primera vista? los descubrimientos modernos en el campo que cabe llamar magnetismo ético o estética magnética permiten suponer que los grilletes psíquicos más brillantes y duraderos son aquellos que quedan remachados por una mirada". O por sofisticadas intervenciones del narrador, como en "Berenice" (uno de mis favoritos, se habrá notado): "Las agonías que son surgieron de los éxtasis que pudieron haber sido". O por diálogos como el que entablan Oinos y Agathos en "El poder de las palabras", que consideran a las palabras "impulsos en el aire" capaces de crear nuevas constelaciones de estrellas. Sin duda, estos Cuentos completos crean una de esas constelaciones.

© La Nacion

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