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Sinfónica Nacional

Entrega y lucimiento pianístico de Bruno Gelber como solista

Domingo 17 de junio de 2012
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LA NACION
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Orquesta Sinfónica Nacional / Dirección: Pedro Ignacio Calderón / Solista: Bruno Leonardo Gelber / Programa: Obertura de la Opera La Zapatera Prodigiosa, de Juan Jose Castro; Rapsodia Rumana N° 1, de George Enescu; Concierto para piano y orquesta N° 1, De Piotr Illich Tchaikovky / Sala: Auditorio de Belgrano / Entrada libre y gratuita Nuestra opinión: muy bueno

Como si hubiera transcurrido en dos escenarios diferentes, así de opuestas resultaron las dos realidades por considerar en el comentario del último concierto de la Sinfónica Nacional en el Auditorio de Belgrano con Bruno Gelber como solista en el concierto de Tchaikovsky. La primera de esas realidades corresponde a la actuación de la orquesta que dejó mucho que desear en su actitud y rendimiento, comenzando desde la breve obertura de la ópera La zapatera prodigiosa de Juan José Castro que abrió el concierto con una monótona indiferencia.

La segunda obra del programa –la Rapsodia N° 1 de Enescu– puso en evidencia un trabajo pobre en el desarrollo de matices y sonoridades, una dinámica que no se movió más allá de los fuertes y los fortísimos, y escasos contrastes, cuando la obra –una composición ligera y brillante– exige algo de sorpresa (por ejemplo: marcar amplios reguladores cubriendo un mayor espectro de intensidades), exige nuances en las entradas de los diferentes motivos y secciones pero, sobre todo, requiere de charme, espontaneidad y fantasía (como lo indica la forma rapsódica) y un swing bohemio "à la Celibidache". Nada de eso tuvo la interpretación de la Sinfónica. Por el contrario, sin esa gracia fundamental y con una lectura excesivamente plana, la versión resultó ordinaria y estridente. En el caso de Tchaikovsky, los vientos en general mostraron serias deficiencias –ya desde el famoso motivo de las cuatro notas de los cornos en la apertura del concierto– marcando su performance con imprecisiones y falta de temple. Destacados el concertino Roberto Rutkauskas y los músicos de las primeras filas, resultó mejor el desempeño de las cuerdas que en su conjunto sonaron más seguras, tratando de sostener (merced al empeño de los mencionados), una intensidad más cercana al romanticismo de la obra.

En suma, una orquesta de sonido anodino que no está a la altura de lo que debería representar una sinfónica nacional y que transmite, ya desde la propia organización con que recibe a su público en el ingreso a la sala, la misma desidia que luego se ve materializada en el escenario.

Por otra parte, y en las antípodas de esa actitud, hubo una segunda realidad: Bruno Leonardo Gelber, un artista de primer rango internacional cuya entrega en el escenario hubiera merecido el acompañamiento de otra orquesta y otro instrumento. Aún lidiando con un piano con los paños gastados, Gelber se impuso sobre la adversidad con sobrado profesionalismo y, sobre todo, con la inspiración y calidad musical que confirma en cada una de sus presentaciones. En este grandioso concierto de Tchaikovsky –una de las obras más exigentes del gran repertorio para piano con orquesta, un verdadero tour de force que pone a prueba los recursos técnicos y la musicalidad de los más grandes pianistas–, Gelber encuentra brillantes oportunidades de lucimiento, desplegando su elegante virtuosismo, sin alardes ni falsas poses, siempre sustancial e intenso en la expresión, con ese cantabile que, por su riqueza y densidad, bien le ha valido el aplauso constante y la fama construida durante décadas de trayectoria en todo el mundo.

Sólo Gelber –desde esa abismal diferencia– justifica la calificación de este concierto en el que, además de todo lo dicho, el pianista puso de manifiesto su generosidad y el incondicional cariño con que le retribuye a su público el reconocimiento y el afecto que lo reafirma como el músico clásico más popular y querido de la Argentina.

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