Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Los problemas del poder carismático

Natalio Botana

SEGUIR
LA NACION
Jueves 21 de junio de 2012
0

Como en las grandes revoluciones de los siglos XVIII, XIX y XX, las crisis globales contienen en su seno varias crisis simultáneas. La crisis que conmovió a la Argentina hace una década abarcó, al modo de un tridente que nos dañó con saña (en especial a los más débiles), una crisis fiscal, una crisis monetaria y una crisis de la representación política. Un Estado asténico, endeudado y sin recursos suficientes, un rechazo a la moneda cuando cayó la convertibilidad y, por fin, un cuestionamiento no menos intenso al sistema de partidos que por entonces nos gobernaba: con esos ingredientes la Argentina estalló por todos lados.

Si nos atenemos a los signos de recuperación que precisamente despuntaron hace diez años, la velocidad del crecimiento posterior coincidió con el proyecto, impulsado por el matrimonio Kirchner, de montar un régimen hegemónico organizado en torno a la figura dominante de la presidencia. Se ponía así en marcha una ambiciosa intención enmarcada, se creía, por el círculo virtuoso del superávit fiscal y comercial, un moderado aumento de los precios internos que no tardaría en desbarrancar, y por políticas de contención de los efectos de la crisis en los sectores más desfavorecidos y de aliento al consumo (excluido el acceso a la propiedad mediante el crédito) de los sectores medios.

En el curso de dos períodos presidenciales, nuestro país reflejó en parte los criterios de legitimación del poder en la escena contemporánea. El éxito político es, en efecto, tributario del crecimiento económico y, para que esto ocurra, es preciso fomentar la inversión y la distribución del ingreso sin que sufran mella los cimientos básicos de la estabilidad monetaria.

Contra lo que comúnmente se dice, el sujeto de las democracias contemporáneas no es un mero consumidor. Es, más bien, un ciudadano que percibe en la democracia una forma de gobierno capaz de producir resultados benéficos en los campos de la seguridad, la economía, el trabajo, la educación y la salud (por citar algunos capítulos del repertorio de exigencias emanadas de los derechos civiles, políticos y sociales). La complejidad de este tipo de democracia demandante deriva de este conjunto de factores difíciles de compatibilizar. Véase si no el dramático trance en que hoy está inmerso el proyecto de la integración europea.

Con estos datos a la vista, habría que preguntarse si nuestra sociedad tomó conciencia de que por fin habíamos dado vuelta la página de aquella traumática sucesión de crisis (la de comienzos de este siglo no fue, obviamente, la única). A vuelo de pájaro, los datos electorales en los comicios de 2007 y 2011 podrían respaldar esta hipótesis. Dos contundentes porcentajes de votos ratificaron una voluntad hegemónica en el Poder Ejecutivo, que no tardó en avanzar sobre aquellos actores identificados como enemigos. Bajo el ropaje de la lucha contra "las corporaciones del poder concentrado" cayeron, tras el rigor de este propósito, los medios independientes de comunicación y, en general, la actividad económica que soporta una intervención acentuada del poder decisionista del Estado con dosis crecientes de arbitrariedad.

Con sus más y sus menos, éste es el cuadro en que se destaca la construcción del carisma presidencial. Los discursos frecuentes (casi diarios) transmitidos por cadenas oficiales, la propaganda que brilla en Fútbol para Todos y la creciente conjunción de medios adictos apuntalan esa estrategia. Todo parece concentrarse en palacio y en una personalidad dominante, con lo cual el análisis de lo que acontece se reduce por momentos a inquirir acerca de los rasgos psicológicos (cuando no psicoanalíticos, por algo vivimos en la Argentina) de la Presidenta.

Estos comentarios podrían explicarse porque ese papel protagónico se imposta sobre la tradición reeleccionista del peronismo y su tenaz adhesión a una política centrada en la personalización del poder. En este sentido, el peronismo representa entre nosotros una aventura, siempre inconclusa, en pos de una autoridad carismática, divisoria de la sociedad y a la vez protectora de aquellos que han receptado su mensaje.

Por cierto, el carisma, hijo de la crisis, no surge en consecuencia de la nada sino que requiere, para conservar vivo su carácter excepcional, una base material que le ofrezca la oportunidad de perpetuarse. ¿Podríamos acaso argumentar en estos días que esta base está sufriendo el impacto, de manera análoga a los años 2008 y 2009, de las dificultades propias de una economía en retroceso? Los indicadores hablan por sí mismos: el freno es visible en todos los flancos, tan visible como la ilusión que anida en el oficialismo de recobrar, a partir del año próximo, la ostensible holgura en el gasto y en el consumo del bienio 2010-2011.

Queda en manos de los pronósticos detectar cuál camino habrá de trazarse. Pero lo que importa subrayar, desde el punto de vista político, es que si tambalea esa base material sustentable por medio del crecimiento, el trabajo y el consumo el carisma se debilita, y con ello, una legitimidad basada exclusivamente en resultados. En esas encrucijadas, cuando se va apagando la fortuna de las políticas en curso, la opinión pública mediada por las encuestas se agita e, insatisfecha, sustrae apoyo al gobierno. ¿Y qué pasa si la palabra gobierno es sinónimo del poder que emana de una persona?

La pregunta pone de manifiesto los problemas inherentes a regímenes democráticos cuya legitimidad depende exclusivamente de los resultados de la gestión gubernamental. Afectado el circuito de confianza fiscal y monetaria que un gobierno mantiene con la ciudadanía, el régimen institucional también se interna en el terreno de la incertidumbre.

Estas legitimidades a medio hacer contrastan con otras circunstancias en las cuales la legitimidad de resultados, siempre movible, se acopla con una legitimidad de principios más sólida. Legitimidad de principios significa que, ante el pobre rendimiento de las políticas económico-sociales, el régimen político dispone de la reserva de un sistema competitivo de partidos apto para asumir la responsabilidad del gobierno y dejar atrás las promesas incumplidas del poder carismático.

En suma, la legitimidad de principios se resume en tres palabras: partidos, alternativa y alternancia. En ausencia de esta infraestructura de la legitimidad, la política oscila al ritmo de los avatares del príncipe y sus cambiantes séquitos (ahora estamos asistiendo a uno de esos recambios generacionales), o bien de las incógnitas sucesorias -si la reelección no es factible- que se van tramando dentro del oficialismo. Por eso, casi sin darnos cuenta, solemos reflexionar como si estuviésemos al borde de un vacío, encerrados dentro de los límites laxos de un partido hegemónico dependiente del carisma presidencial que, paradójicamente, no ha resuelto los dilemas de la sucesión política.

Semejante vacío debería colmarse mediante la reestructuración de nuestro sistema de partidos, el gran tema en suspenso luego de la crisis de hace diez años y tan trascendente como las luces de peligro que se prenden en los frentes monetario y fiscal. Seguimos pues a la espera mientras esos dos frentes (la fuga hacia el dólar como moneda de ahorro y el financiamiento del Estado por el medio espurio de las cajas de jubilaciones) crujen y se desgastan.

© La Nacion

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas