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La Presidenta, bajo el imperio de las emociones

Opinión

El martes pasado, el foco de la política se posó sobre un factor que gravita cada vez más en la escena oficial: la emotividad de la Presidenta. En el discurso de ese mediodía apareció una Cristina Kirchner salida de su eje. Con argumentos incorrectos, desbordada, comunicó decisiones gravísimas mientras intentaba reprimir el llanto y disimular la ira. Si en Angola fue llamativa por lo eufórica, esta vez sorprendió por lo ansiosa y depresiva.

La subjetividad del que manda se ha vuelto más decisiva que nunca desde que en la vida pública impera un unicato. Una sola fuerza política domina casi todo. Esa hegemonía revierte, además, hacia dentro del Gobierno. Desde que falleció Néstor Kirchner , las decisiones están sujetas a un micromanagement unipersonal.

En ese contexto, a la señora de Kirchner se le ha vuelto borroso el límite en el que termina su yo y comienza el Estado. El último domingo explicó al primer ministro chino que el vínculo entre su país y la Argentina estaba fortalecido porque las relaciones bilaterales se oficializaron el día en que ella cumple años y porque el telegrama de esa oficialización se cursó en la fecha en que tuvo a su primer hijo.

Hay otra razón, más poderosa, para que la psicología comience a desplazar a la ciencia política en la explicación de los asuntos colectivos. Desde hace dos años la señora de Kirchner está expuesta a una serie de traumas ante los que cualquier ser humano resultaría vulnerable. Su esposo enfermó y fue operado en dos ocasiones; después falleció y la dejó al frente del Gobierno, con el desafío de ganar las elecciones; cuando lo consiguió, le diagnosticaron un cáncer; ya extirpada la tiroides, le informaron que el diagnóstico había sido equivocado. ¿Cómo viene procesando su psiquismo esta secuencia? ¿Qué impacto tiene la distancia de los hijos, la enfermedad de Máximo, la radicación de Florencia en España? ¿Qué secuelas ha dejado el déficit hormonal? Esas incógnitas tienen un significado político cambiante: las lágrimas que antes provocaban empatía, hoy a muchos les causan intranquilidad. Sobre todo desde que el ajuste económico somete a quien lo conduce a más y más presiones. Aquella advertencia de Kirchner a los ministros, "no hay que llevarle problemas a Cristina", tiene otra resonancia.

El martes pasado estos enigmas pasaron a primer plano. Cristina Kirchner confundió un lamentable accidente de tránsito, en el que perdieron la vida nueve gendarmes , con un martirio político. Responsabilizó por el hecho a un sujeto colectivo y anónimo: "Si están buscando un muerto, ahí lo tienen". Como corolario, comunicó que retirará las fuerzas federales de las provincias. Y que desobedecerá a los jueces que las requieran. Como advirtió que estaba incurriendo en un delito, desafío: "Que me procesen".

El giro se justificó en que "he quedado muy conmovida por la muerte de estos gendarmes". Por obra de un arrebato, entonces, el espacio público queda desprovisto de seguridad cuando se prevén actos de violencia. Esta lógica defectuosa ya se cobró, en 2010, la vida del joven Mariano Ferreyra.

Hubo otros pasajes que mostraron que los pesares del corazón guían la acción oficial. Al quejarse por la protesta de Moyano , la Presidenta dijo que lo hacía "con todo el dolor que una lleva encima, porque es mucho el dolor de las pérdidas irreparables que te afectan la salud, no solamente, incluso, de uno mismo, sino hasta de la propia familia, que sufre la tensión y el estrés.". Terminó enfadada y sollozando: "Por esa Argentina él se murió. Y parece ser que sólo somos merecedores de agravios, descalificaciones e insultos". Fue imposible saber qué era más revelador, si la gestualidad de la oradora o la cara de estupor de los ministros que la rodeaban.

Para la Presidenta, Kirchner entregó su vida por el bienestar general. Esa tesis se está transformando en un recurso retórico puesto al servicio de una operación crucial: la tercerización del ajuste. Con la evocación de la muerte del esposo, Cristina Kirchner aduce que ya dio todo lo que tenía para dar. Ahora toca a los demás aceptar limitaciones. Los demás pueden ser los consumidores de energía de los barrios donde no la votan, los trabajadores de altos ingresos, los gobernadores o quienes la desafían en la arena electoral. La pérdida de Kirchner es el módulo con el que se medirá, en adelante, toda abnegación.

El martes, la Presidenta confesó no comprender la falta de altruismo. Salvo, dijo, "que haya más que cuestiones gremiales o políticas, en el marco de lo que sucede en la región, es decir, del desplazamiento de Fernando Lugo en Paraguay". El remate, de manual: "No creo en las brujas, pero que las hay, las hay".

Quedó al desnudo otra proyección de la intimidad sobre el ágora: cuanto más numerosas son las dificultades, más intensas se vuelven las fantasías persecutorias.

Cristina Kirchner organiza su política alrededor de un supuesto principal: hay un enemigo. Ese enemigo está oculto y, en su racionalidad ilimitada, es capaz de orquestar operaciones en los más diversos planos. La candidatura de Scioli, el paro de Moyano, la toma de Cerro Dragón, la presión sobre el dólar y la caída de Lugo, por ejemplo, pueden ser parte de una misma trama.

La creencia en ese complot incesante no sólo condiciona la interpretación de los fenómenos. También impone un método. La información debe estar rodeada de secreto por temor a que una filtración dé ventaja al adversario. Las novedades siempre corroboran las hipótesis preexistentes, sobre todo porque los informantes adecuan sus explicaciones a los presentimientos de su jefa. De los colaboradores se aprecia casi sólo la lealtad, que es puesta a prueba con pequeñas humillaciones. Por las dudas, cada actor tiene un segundo que lo vigila: Lorenzino a Kicillof; De Vido a Moreno; Garré a Berni; Alak a Julián Alvarez; Puricelli a Forti, y, por supuesto, Scioli a Mariotto. El poder siempre está en guerra y quien propone un acuerdo es el traidor (Cfr. El padrino I).

A partir de esta visión la señora de Kirchner aborda sus dos desafíos más complejos: el ajuste económico y la sucesión presidencial.

Convencida de que no hay dinámica que consiga sustraerse a la voluntad de la política, donde otros ven desequilibrios que son el resultado de procesos impersonales, Cristina Kirchner ve conspiraciones. Detrás de la fuga hacia el dólar primero estuvo Jorge Brito, y después se sumaron los medios; la insuficiencia energética no se debe a que los precios son insostenibles, sino a la perversidad de los accionistas de YPF; la inflación es culpa de empresarios insaciables, no de una macroeconomía cortoplacista; y la Argentina es sancionada en su comercio por las maquinaciones de los fondos buitre. Si hay algo que es imposible de comprender con la lupa de este reduccionismo político es el funcionamiento de los mercados.

"Vamos por todo" es, para esta mentalidad, la estrategia defensiva frente a los poderes corporativos que "vienen por nosotros". A la luz de esta contradicción de vida o muerte, Cristina Kirchner lee el duelo sucesorio. Scioli no es un candidato que aspira a heredarla. Es el mascarón de los que pretenden derribarla.

Esta concepción, siempre inquietante, comienza a generar cierto alarmismo porque han aparecido circunstancias que vuelven a los fantasmas más creíbles. El límite de la expansión económica ha desencadenado una disputa distributiva. Y, como la Presidenta no puede volver a postularse, se ha activado la competencia por su reemplazo. Tal vez la señora de Kirchner radicalice su encierro, ya que las brujas a las que teme se volverán más verosímiles. Porque, como dijo Henry Kissinger, "también los paranoicos tienen enemigos"..

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