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Río+20: ¿es posible un balance optimista?

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7 de julio de 2012  

Fueron tan grandes las expectativas puestas en Río+20 que hasta resulta lógico que muchos se hayan sentido muy frustrados porque no se alcanzaron ni los grandes acuerdos ni hubo una presencia importante de los jefes de Estado de los países desarrollados. Sin embargo, esto no debe ocultarnos la otra realidad, la que siempre está por debajo, la de los pequeños gestos, la de todos los días.

En ese sentido, la segunda Cumbre de la Tierra ha avanzado notablemente. Porque los procesos necesitan su tiempo de maduración es que el hecho de haber instalado con fuerza el tema del futuro, el que queremos y el que no queremos, en la agenda internacional -en todas las agendas, por cierto, también las regionales, las provinciales y las municipales- implica haber dado un gran paso adelante.

Por esa razón, ha sido fundamental que, durante esta cumbre, las organizaciones de la sociedad civil del mundo tuvieran su lugar y sus momentos de encuentro. Las numerosas oportunidades paralelas, ofrecidas justamente por las Naciones Unidas mismas, permitieron intercambiar casos de soluciones exitosas a problemas comunes de la gente, que lograron devolver a muchas comunidades su calidad de vida y su dignidad humana. Aquí residió el verdadero triunfo de Río+20; en estos encuentros se cumplió con los deseos expresados y refrendados en la histórica reunión de 1992, veinte años atrás: somos pasajeros fugaces de este planeta y de cómo nosotros lo tratemos y cuidemos dependerá el futuro de nuestros hijos, nietos y de todas las futuras generaciones.

Otra alegría: las redes sociales demostraron esta vez su fuerza de comunicación de todo lo bueno que se está haciendo por cumplir con los añorados Objetivos del Milenio y con lo que vendrá después. Los periodistas especializados y aun los periodistas ciudadanos estuvieron siempre presentes, tanto para alertar de aquello que no se estaba haciendo como, por el contrario, de lo que sí se estaba resolviendo sobre la polución de los océanos, la tala indiscriminada de selvas y bosques, la falta de agua o los grandes problemas de la urbanización constante del planeta.

En este sentido, una vez más la educación es y será fundamental. En esa dirección fue el trabajo que mostraron las varias ONG argentinas presentes en la cumbre y la mayoría de las asociaciones de la sociedad civil del resto del mundo. El cambio -lo sabemos, pero vale la pena repetirlo siempre- empieza en nosotros, y en el deseo de estar bien y de hacer bien, y a través de la educación cambiaremos los conceptos equivocados. Cuidar del planeta es mucho más que separar residuos, no tirar papeles a la calle o ahorrar energía y agua, pero es también todo eso. Si los 7000 millones de habitantes de la Tierra empezáramos por estas pequeñas acciones, muy pronto podríamos estar hablando de la recuperación plena de nuestra gran casa-madre.

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