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Empresarios &Cia.

Un humor de perros entre gente poco habituada al ajuste

Economía

Por   | LA NACION

Guillermo Moreno, hombre clásico si los hay, estaba prácticamente de jogging: buzo marrón, remera, pantalón. Por poco en andrajos, para los cánones de funcionarios de la Cancillería también invitados a esa comida. Era la noche del martes pasado en Bakú, capital de Azerbaiján, el destino asiático elegido por el secretario de Comercio Interior para esta segunda gira, que había imaginado semejante o mejor a la de Angola y que incluyó a más de 200 hombres de negocios. Pero qué hacen de traje, sáquense esa corbata , aconsejó a algunos comensales. El y su núcleo llevaban casi la misma ropa del vuelo. Lo contrario de lo indicado en la tarjeta de invitación de la propia secretaría: "Formal".

¿Rockerismo repentino? No. Moreno estaba en realidad muy disgustado. La primera jornada en Azerbaiján no había sido el desparramo de negocios que esperaba. La delegación fue recibida apenas por un cuarto de las empresas locales inicialmente previstas. El desajuste se corrigió al día siguiente, pero alcanzó para exhibir un arrebato de la desaprobación que, en el transcurso de toda la visita, el secretario tuvo hacia el canciller Héctor Timerman.

No fue difícil advertirlo. Si algo caracteriza a Moreno es la extroversión. Estuvo, desde el mismo momento en que subió a la clase turista para acompañar a la delegación de empresarios -los otros funcionarios iban en business-, infinitamente más serio que otras veces. No era, ni de lejos, aquel entusiasta que logró en Angola envalentonar a la Presidenta o, más difícil, al grupo de hombres de negocios. Esos que celebraron en Africa sus ocurrencias con un memorable "¡Se siente, se siente, Moreno presidente!"

Una mala noticia, desde la óptica de los viajeros. Para algunos de ellos, las dificultades que supone este tipo de aventuras turísticas -compartir los cuartos del hotel, volar durante 20 horas para una estada de apenas 36, sonrojarse ante las extravagancias de una barra militoemprendedora poco habituada a los aeropuertos- quedan ampliamente eclipsadas por un objetivo que, en la lógica corporativa nacional, lo supera todo: hablar mano a mano y de manera desacartonada con quien toma las decisiones en la economía. Ya el comisionista de hacienda Ider Peretti, algo así como el manager de la gira junto con Carlos Spadone, había derribado algunos estados de ánimo cuando, en el avión, y previendo que llegarían a las 5.30 AM al hotel, propuso tomar directamente el desayuno y encarar la ronda de negocios. "¡Eeeeeeeh..., noooooo!", lo reprobaron. Inútil: ya a las 7, los empresarios remolones estaban recibiendo llamadas de conserjes que les advertían que, frente al lobby, un ómnibus los estaba esperando.

Tal vez fue sólo un mal día. Pero el mal humor asiático de Moreno podría también interpretarse como tropo de sinsabores que, en realidad, el secretario de Comercio viene enfrentando en la Argentina. Ya no es sólo el reproche de pares de la administración, ministros o funcionarios del Banco Central que le atribuyen responsabilidad en el enfriamiento de la economía. La propia Cristina Kirchner refunfuñaba en estos días por lo que juzga una promesa incumplida: YPF no es la caja que Moreno y Axel Kicillof proyectaban.

En otro contexto, estas intrigas palaciegas les serían indiferentes a los hombres de negocios. Pero aquí la historia inmediata indica que, cada vez que se vio acorralado, el Gobierno ideó alguna solución con costos para las empresas. ¿Cómo entender, de otro modo, la reciente decisión de obligar a los bancos a prestarle al sector productivo en plazos de no menos de tres años y a tasas fijas? El miércoles, horas antes de que lo anunciara Cristina Kirchner, cuando la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, adelantaba la medida, un grupo de banqueros contestó al principio con un silencio elocuente.

Fue un lapso breve, sólo interrumpido por Enrique Cristofani, líder del Banco Santander Río, que hizo en seguida una cuenta en un papel. Me tocan 1500 palos , razonó en voz alta, e inició con palabras elegantes la explicación de que no estaba convencido. Ricardo Moreno, presidente del Francés, agregó que con la iniciativa, la tasa Badlar se iría "hasta quién sabe cuánto". Y ahí se largaron todos a pedir flexibilizaciones. Cristofani, el más locuaz y quien pareció asumir la negociación, propuso que el porcentaje de depósitos que el Gobierno exigía prestar -es decir, el 5%- fuera "neto de encajes". Marcó del Pont lo consideró imposible y eso multiplicó los reclamos. Nadie, de todos modos, describió más gráficamente el sentimiento general como Jorge Brito. Sería bueno flexibilizar , resumió el del Macro, porque les va a dar a los bancos más tiempo para calcular y se van a sentir menos violados .

El pataleo fue inútil. Una sensación que, en tiempos de ajuste y de lo que el kirchnerismo llama "ir por todo", incluye a los propios peronistas. Habría que preguntárselo a los intendentes del conurbano bonaerense. ¿Le sirvió a Carlos Selva, líder de Mercedes y ex candidato testimonial en 2009, ser el primer barón en llevar a Néstor Kirchner al propio distrito? Selva, hoy cercano a Daniel Scioli, es ya políticamente una réplica en escala del gobernador bonaerense. Sus penurias empezaron en rigor un poco antes, en octubre, cuando desde la Casa Rosada se enviaba a ministros y a Gabriel Mariotto a los actos de su contrincante electoral en la comuna, Juan Uztarroz, medio hermano del militante Eduardo de Pedro (La Cámpora). Ese fue el único municipio en que la agrupación que responde a Máximo Kirchner albergó posibilidades reales de asumir un cargo por los votos. Pero Selva, que ganó aquella vez por muy poco, sufre ahora mayor asfixia económica que sus pares.

Sólo el pavor que ha provocado históricamente en el peronismo la escasez de fondos explica el episodio revelado el viernes por el periodista Leonardo Míndez en Clarín: ¿quién grabó a Darío Díaz Pérez, intendente de Lanús, cuando decía ante sus pares que la Presidenta quería que Scioli dejara el cargo? ¿Quién decidió difundirlo?

Dos semanas antes, Scioli y sus funcionarios habían discutido en una reunión reservada una posibilidad que por ahora descartan: emitir cuasimonedas. Un ministro ofreció incluso hablar con las cadenas de supermercados para sondear la aceptación. El ex motonauta ya lo había conversado en Córdoba con José Manuel de la Sota, que tiene problemas similares. Ambos prefieren evitar esa salida. "Nadie quiere ser el nuevo Ruckauf", explicaron en una gobernación.

De la Sota apostará entonces a presentaciones en la Corte Suprema y a los resultados de la moratoria provincial. Scioli, a la recaudación del revalúo inmobiliario, que se conocerá el mes próximo, y a ablandar por fin su relación con Cristina Kirchner. Metas arduas para un modelo que, hasta hace seis meses, sólo desencadenaba sonrisas y hermandades espontáneas..

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