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Vivir y morir en un pueblo vaciado por los bombardeos

Pese a la ofensiva del régimen, en Al-Qusayr intentan seguir con su rutina

Sábado 14 de julio de 2012
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PARA LA NACION
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AL-QUSAYR, Siria.– Sobrevivir en una guerra. Cómo seguir el día a día para poder ver un nuevo amanecer, sin saber si mañana esa bomba, esa bala, lo alcanzará a uno o a un vecino. Eso aprendieron en Al-Qusayr, donde quedan apenas 10.000 de los 40.000 habitantes que había hasta hace poco: convivir a diario con la muerte siguiendo su rutina revolucionaria y desafiando a las tropas de Bashar al-Assad, que bombardean la ciudad desde hace tres meses.

Algunas familias decidieron quedarse para seguir luchando contra el régimen, como la de Hamed, un activista de la resistencia. "Mi padre y mi madre, mis hermanos, todos están aquí. Aunque no estén en el Ejército Libre de Siria (ELS), permanecer ya es una forma de lucha, de plantar cara a Bashar [al-Assad]."

Según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos (OSDH), más de 17.000 personas murieron en el conflicto. Y a pesar de la brutalidad de las noticias que llegan a Al-Qusayr sobre la matanza de anteayer en la provincia de Hama –la peor desde que comenzó la revuelta contra el régimen de Al-Assad– aquí ya nadie se espanta como antes.

"Es una más. Esto tiene que terminar ya. Bashar debe irse", dice Trad, un camarógrafo de los rebeldes. Todos los que pueden se mantienen ociosos para no pensar en el más allá y esquivar el miedo. "Estoy en el Media Center, grabo y difundo las imágenes de lo que ocurre", explica Rifai, un reportero local. "Me acostumbré al sonido de las bombas, los tiros. ¡Ya no puedo dormir sin escucharlos!"

Otros que trabajan en el hospital clandestino como personal o voluntario se enrolaron en las filas de los rebeldes, mientras las pocas mujeres que quedan cosen banderas, insignias o uniformes para los combatientes.

La mayor parte del pueblo está destruida y el bombardeo continuo obliga a extremar las medidas de precaución. Los habitantes casi no salen de sus casas, donde rompieron los vidrios para evitar que los hieran en caso de una explosión. Además, pusieron cintas en los espejos para que no revienten e instalaron parapetos improvisados con maderas en las puertas y ventanas.

Algunos pasan la noche en los sótanos de las escuelas, mientras otros construyen un búnker a fuerza de pico y pala para poder tener dónde resguardarse. "No tenemos esperanzas de que esto termine pronto, así que tengo todo el tiempo del mundo", dice Maheed, que cava con fuerza en el suelo, frente a su casa.

La vida debe seguir, y en un mismo día conviven el drama y la alegría, con funerales y bodas a toda velocidad para evitar permanecer mucho tiempo al descubierto.

La semana pasada, una pareja se casó en el interior del sótano de la escuela en la que llevaban cuatro meses refugiados, rodeados de familiares y amigos, sin gran celebración, regalos ni comida para los invitados. Sólo unas pastas de hojaldre con miel y tazas con café árabe cuidadosamente dispuestas sobre los pupitres del colegio, ahora improvisadas mesas de fiesta.

"Como todas las tiendas están cerradas, le pedí al dueño de una de ellas que me consiguiera un traje de boda, y al final me lo regaló", contó, feliz, el exultante padre del novio.

Con gran dificultad, también consiguieron comprar los anillos en una localidad vecina. Llevaban varios días esperándolos. "Es estupendo tener un motivo de júbilo entre tanta muerte. Se conocieron hace poco. El novio desertó de ejército de Al-Assad con otro soldado que le presentó a la novia", señaló a los visitantes.

En un intervalo de tregua, los recién casados se decidieron a salir, por fin, corriendo hacia el asiento trasero de un coche blanco sin adornos. Dos soldados del Geish al-Hor, compañeros del novio, dispararon al aire.

Combates

Unas horas más tarde, el ejército de Al-Assad intentó entrar en la ciudad. Según Abu Ahmad, un comandante del ELS, 14 camiones con soldados del régimen se aproximaron procedentes de Homs y entraron en combate con los hombres que defienden la ciudad, muy cerca de la casa del nuevo matrimonio.

En las calles se escuchaban tiroteos continuos y, aunque lograron frenar la ofensiva, fue el bombardeo más intenso que recuerda la población en semanas. Inolvidables "fuegos artificiales" para los recién casados en su noche más especial.

Unas calles más allá, las mujeres apenas tuvieron tiempo de besar al muerto. Los amigos y compañeros del Geish al-Hor venían a buscarlo y se lo llevaron casi en andas. Había que enterrarlo con rapidez, antes de que las tropas de Al-Assad reanudaran el bombardeo.

La camioneta que transportaba el cadáver iba tan rápido que, desde los balcones, la mujeres lanzaban arroz –sin atinar muy bien– sobre el vehículo que llevaba al fallecido, un soldado del ELS que fue alcanzado en la cabeza por un mortero, junto a su cuartel. Los que acudían al sepelio prácticamente corrían tras la comitiva, cantando rezos musulmanes.

La tumba estaba lista en el nuevo cementerio de Shaheed (mártires), porque el antiguo ya quedó pequeño. El sepulturero, con la pala en la mano, hacía gestos a los presentes para que se apresuraran. La losa y la tierra preparadas, el cuerpo dentro, y a tapar, mientras algunos miraban desconfiados al cielo.

Los bombardeos en esta ciudad pueden producirse a cualquier hora del día o de la noche. Todos están en alerta. La familia se puso en fila y los abrazos se convirtieron en rápidos besos, acompañados de algunos llantos y varias frases de consuelo entrecortadas. Dos soldados del Geish al-Hor, compañeros del muerto, dispararon al aire.

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