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La nueva historia oficial

Para sustentar su propio relato y defender el "modelo", el Gobierno amaña los hechos del pasado sometiéndolos a su voluntad

Sábado 14 de julio de 2012
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Con la voluntad de amañarlo todo a su entera voluntad, el discurso oficial no sólo busca esculpir una visión favorable al "modelo" y sus presuntos beneficiarios políticos, económicos y sociales para esta turbulenta etapa nacional bajo el signo del matrimonio Kirchner. También incursiona con frecuencia en el pasado a fin de confeccionar un relato a medida de sus propósitos.

Por encima de esos afanes se prolonga la verdadera historia, la que fue forjada a lo largo de doscientos años por las ilusiones, esfuerzos y hazañas de muchas generaciones de argentinos. Desde que a mediados del siglo XIX se emprendió la tarea de interpretar los hechos del pretérito sobre preceptos científicos, surgieron, como era natural, controversias saludables acerca de determinados momentos y actores de la vida argentina. Polemizaron Mitre, Vicente López y Planes, Paul Groussac, Adolfo Saldías, David Peña, Estanislao Zeballos, por citar sino unos pocos, como más tarde lo hicieron notables voceros de las que dieron en llamarse la corriente liberal y la corriente revisionista del pasado argentino.

Salvo excepciones patológicas que nunca faltan, el debate historiográfico prescindió de la descomedida descalificación personal de quienes sustentaban posiciones antagónicas. Hoy, un grupo de publicistas, que se arroga la condición de jueces y censores del pretérito y lanza fulminaciones o halagos a personajes del ayer, pretende alborotar la seriedad de los estudios históricos con instrumentos de inocultable servicio a la política oficial de estos días. Ese grupo anuncia el propósito de demoler la antigua historia oficial que hoy ningún investigador se atrevería a adoptar como dogma de fe, pero oculta que en su agitada movilización ellos mismos encarnan una "historia" oficial acorde con las notorias peculiaridades del gobierno de turno.

Se pone énfasis en descalificar los esfuerzos de quienes trabajaron, en primera o segundas líneas, por configurar un país caracterizado por el respeto a las instituciones y el fomento de la educación popular en todos los planos y ámbitos. Se desconoce que esa fue la manera de alcanzar un desarrollo general y sostenido de la sociedad argentina, no con el fomento de un desorden permanente que lleva, a veces hasta con buenas intenciones, a calificar de "militancia" el delirio de adolescentes que abandonan clases, pierden horas irrecuperables de estudio y ocupan colegios con cualquier excusa y desaprensión de muchos padres.

Se menoscabó al gran estadista y educador Domingo Faustino Sarmiento cuando se cumplió hace un año el bicentenario de su muerte. Se solventan campañas para borrar el recuerdo del general Julio Argentino Roca de la memoria de sus compatriotas y hasta se procura excluir de los billetes de cien pesos tanto su retrato como la célebre réplica del cuadro de Blanes que representa la campaña al desierto de 1879, que logró nuestra integridad territorial con la ocupación de la Patagonia. O se cae en el absurdo de apelar de un día para otro sólo a la condición de abogado del general Manuel Belgrano, que prestó por igual extraordinarios servicios al país como civil egregio y como comandante de ejércitos que batallaron nada menos que por la independencia nacional. ¿A tanto llega el desprecio por la historia militar argentina?

Una desmesurada y cada vez más creciente concentración de medios de información oficialista potencia todos aquellos despropósitos, sin perder, incluso, la oportunidad de achacar a Roca y sus tropas un genocidio inexistente. Deberían, en cambio, poner más atención a los reclamos de la comunidad internacional que, a través de las Naciones Unidas, ha urgido al Gobierno a que adopte "las medidas legislativas y administrativas" que corresponden en favor de comunidades indígenas altamente desprotegidas en el territorio argentino. En términos relativos con las posibilidades de bienestar general de la contemporaneidad, podría decirse que la situación actual de los indios argentinos es más grave que en los tiempos en que la Argentina hacía esfuerzos por ponerse enteramente de pie.

Quienes hacen un modo de vida de la actividad de repartir mandobles para subir y bajar estatuas deberían tener en cuenta el sabio consejo de Tácito: "No decir nada falso ni omitir nada verdadero" Con un poco más de esfuerzo, podrían dedicarse también a catequizar a los gobernantes en la comprensión de que la historia enseña que la cortesía es antesala de la moral. Así los habrían salvado de la vergüenza de haber pretendido humillar a un ministro del gobierno español en razón de su calva y encontrarse con que la osadía fuera devuelta como un bumerán en la respuesta unísona de colegas y adversarios políticos de ese mismo ministro.

Además, si las buenas maneras y el sentido común se recuperan en las conductas que deberían reproducirse en el ejemplo, tal vez cunda con más facilidad el rigor profesional y la buena fe perdidas en la interpretación de los hechos del pasado.

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