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Golpe a golpe, verso a verso

LA NACION
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Pablo Sirvén
Domingo 15 de julio de 2012
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Aunque haya pájaros de mal agüero que se empeñen en pronunciar obsesivamente la palabra "golpe" una y otra vez, la Argentina celebrará el año próximo tres décadas continuadas de democracia, contra viento y marea.

La muy desprolija salida del poder del presidente paraguayo Fernando Lugo, dispuesta por el Poder Legislativo de ese país, y convalidada por su Corte Suprema de Justicia, activó viejos traumas no superados de la infancia justicialista.

Aunque resulte antipático hay que recordar que el "útero" político donde se gestó el peronismo fue precisamente fecundado en el seno de un golpe de Estado. En la "revolución" del 43 –eufemismo más romántico con que se sublimaba entonces lo que era pura y gravemente un "cuartelazo"– pronto se destacaría el coronel Juan Domingo Perón, con una acumulación irrepetible de cargos en la historia argentina: vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión (punta de lanza de su colosal carrera política).

Si ese gobierno de facto tenía un sesgo nacionalista, no se puede decir lo mismo del conservador golpe de Estado de 1930, que inauguró la oprobiosa serie de derrocamientos, en ese caso de don Hipólito Yrigoyen, y en el que también un joven capitán Perón participó activamente.

La Presidenta calificó lo que sucedió en Paraguay como un "golpe suave" (verdadero dislate lingüístico que procura juntar a casi dos antónimos); el canciller Héctor Timerman agitó de manera poco caballeresca, teniendo en cuenta que se refería a una dama, que "quieren voltear a Cristina". Los repetidos topetazos públicos de Hugo Moyano en los últimos tiempos, con su saga de paros, actos multitudinarios, declaraciones furibundas y autoproclamación como jefe cegetista por un nuevo mandato, han multiplicado la frecuencia en el uso de esa palabra y sus parientas cercanas ("golpista" y "destituyente") hasta volverla rancia y de significado menguante.

Como un luchador de catch (y con sus mismas discutibles reglas), el peronismo recibe y da golpes por debajo de la cintura. Lo acaba de recordar el ex presidente Fernando de la Rúa ("Lo de Lugo es comparable con lo que me pasó a mí").

¿Y qué decir de los no tan asordinados "golpes internos" propinados por un sector del peronismo a otro en distintas épocas? ¿No fueron víctimas de ellos, acaso, el ahora reverenciado Héctor J. Cámpora y el más fugaz aún Adolfo Rodríguez Saá? ¿Eduardo Duhalde se dio un "autogolpe" al decidir acortar su presidencia provisional por la muerte de dos activistas sociales?

Pero también hay que reconocer que cuando los carapintadas pusieron en riesgo la continuidad democrática, en la Semana Santa de 1987, el peronismo tuvo una conducta ejemplar. Antonio Cafiero, entonces titular del PJ, no se movió de al lado del presidente Raúl Alfonsín en el balcón de la Casa Rosada cuando el mandatario anunció a la muchedumbre reunida que iba a Campo de Mayo para parlamentar con los rebeldes. Sin embargo, dos años más tarde, las aguas volvieron a encresparse y en el "golpe de mercado", denunciado por Alfonsín, hubo claros "aceleradores" justicialistas que precipitaron su fin para que asumiera prematuramente Carlos Menem.

El mismísimo Juan Domingo Perón sufrió en carne propia cuatro tipos de "golpes" bien distintos: 1) uno de palacio, asestado por sus propios camaradas más conservadores, que en octubre de 1945 lo despojaron de todos sus cargos y lo mandaron a la cárcel de la isla Martín García, de la cual emergió como inesperado líder absoluto cuando los obreros se lanzaron a la calle a reclamar su liberación el 17 de octubre; 2) el abortado levantamiento de Benjamín Menéndez, en 1951, y que ni el entonces Presidente tomó muy en serio al calificarlo de "chirinada"; 3) el golpe de Estado que en 1955 lo mandó al exilio por 18 años y 4) el frustrado "golpe" político que en 1965 quiso darle en su ausencia el poderoso líder metalúrgico Augusto Timoteo Vandor (que propiciaba un "peronismo sin Perón") y que el viejo caudillo desactivó sin moverse de su casa de Puerta de Hierro, enviando al país como emisaria política a su tercera esposa, María Estela Martínez. Isabel, como también se la conocía, no tuvo tanta suerte y fue víctima de otros tres "golpes": uno supuestamente de palacio, que no era tal ya que cuando la reemplazó el presidente del Senado, Italo Luder, por una licencia médica, la viuda de Perón volvió al poder 35 días después; en diciembre de 1975 la Aeronáutica encabezó una sublevación abortada y en marzo de 1976 finalmente fue desalojada por la última dictadura castrense.

Más verso a verso, que golpe a golpe, parafraseando al gran poeta sevillano Antonio Machado, afortunadamente todos los dirigentes elegidos en las urnas siguen en sus cargos. Y ojalá que lo hagan hasta el fin de sus mandatos, sin que les pase lo mismo que a Blas Altieri, el intendente de Pinamar destituido el martes por el Concejo Deliberante de esa ciudad por 31 irregularidades.

Lo que en algún momento podría haber sonado tremebundo, la mera y frívola repetición del fantasma del golpe, ya no asusta a nadie y tiende a convertirse en un recurso discursivo cada vez menos eficaz que desacredita a quienes lo utilizan.

Al mismo tiempo que las usinas oficialistas agitan ese parche sin el menor empacho, torpedean la institucionalidad del gobernador Daniel Scioli con fuego cruzado. Está en el ADN peronista.

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