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La ambición que denota el "vamos por todo"

Un insulto a la democracia

Opinión

El huracán de acontecimientos que socava nuestro "país de novela" no permite prestar suficiente atención a hechos de enorme trascendencia. Ya se ha instalado la resignación a que cada nueva semana estalle con sorpresas y, de día en día, aumente la incertidumbre sobre diversos asuntos. Casi nada es previsible. Incluso se inventan chistes para calmar la angustia, como, por ejemplo, decir que habrá muchas cosas malas, pero en la Argentina nadie se aburre. O que sólo nos falta que el servicio meteorológico sea incorporado a las equilibradas mediciones del Indec.

Somos un laboratorio que confirma algo que parecía ajeno a la racionalidad: aceptar las mentiras y los atropellos con creciente indiferencia. Por ejemplo, mantener nuestra sordera ante un insulto a la democracia que fue gritado y reiterado. Me refiero a la expresión "¡Vamos por todo!". ¿Qué significa? En alguna de las incesantes conferencias de prensa (o sermones en cadena) la Presidenta podría desasnarnos sobre tan enigmática afirmación. Confieso no entenderla, porque dentro de mis límites mentales sólo logro percibir algo que da frío: "¡Vamos por todo!" significa terminar con la democracia que tanto nos costó reconstruir.

Resultaría grato que su objetivo no fuera tan espantoso, sino: "¡Vamos a terminar con la decadencia educativa! ¡Vamos a terminar con los barrios miseria y el aumento de la pobreza! ¡Vamos a darle un estímulo coherente a la inversión productiva! ¡Vamos a poner en marcha estrategias inteligentes para bajar la inflación! ¡Vamos a influir para que se obedezca a una Justicia igual para todos! ¡Vamos a ir con nuestras diversas fuerzas para luchar contra la inseguridad, y que deje de ser una septicemia que asesina al conjunto de la población presente y futura!

Nos parece que estas medidas debieran ser voceadas por la cadena nacional y puestas en marcha inmediatamente con gente experta (sobra en nuestro país) y no sólo con improvisados asalariados de La Cámpora.

Sin embargo, ni esas medidas ni otras del mismo cariz (calidad institucional, separación republicana de los poderes, respeto al federalismo, etcétera) justifican la expresión "¡Vamos por todo!". Si se pudiese poner en práctica tamaña ambición, en el "todo" se incluiría todo. Tal cual: todo. Es decir, dominar los tres poderes de la república, impedir cualquier soplo de disidencia, apropiarse del movimiento sindical, meterse y dominar las empresas grandes y pequeñas, invadir las ONG, ser árbitro en materia educativa y cultural, determinar qué es bueno y qué es malo.

¿Qué significaría, entonces? Significaría algo que hace temblar los dedos sobre el teclado de la computadora. Significaría caer en el agujero negro del totalitarismo. No menos que eso. En otras palabras, abandonar la democracia, porque en ésta nadie puede aspirar a tener y controlar "todo". Semejante aspiración ha sido puesta en práctica por numerosos regímenes de extrema derecha y extrema izquierda, con indecibles catástrofes. En cambio es desconocida en las democracias que son y han sido en el mundo.

"¡Vamos por todo!" equivale a manifestar que nada quedará fuera de las riendas oficiales. Mientras no se lo desmienta, es una confesión terrible. Espantosa. Si quienes inventaron semejante expresión han querido decir algo diferente, urge aclararlo.

Hace tres décadas se extinguió una dictadura militar que "iba por todo". Usaba los Falcon verdes, los servicios de inteligencia, los delatores y el miedo para mantenerse en el poder. Muchos se resignaban. Las víctimas eran consideradas culpables con la frase "por algo será". Denunciar que hay un parate inmobiliario, en aquellos años, hubiera implicado la desaparición y la tortura. Por suerte no se llega a eso, pero lo que se ha hecho hace pocos días es desacreditar el mensajero de una forma grosera, y no refutar lo que el mensajero voceaba. No olvidemos que la borrachera del poder absoluto (o las ansias por acrecentarlo) llevaron al disparate de la guerra de las Malvinas. Enseguida el oficialismo consiguió su propósito demagógico, porque llenó la Plaza de Mayo, y los infames, que saludaban desde el célebre balcón fueron aplaudidos. Tuvimos que perder la guerra, ser humillados y soportar decenas de muertes para que esa maniobra irresponsable se volviese en contra de quienes la concibieron.

Poco después recuperamos la democracia. ¿Corre peligro de nuevo? Ni queremos pensarlo. Aún funciona, aunque muy debilitada. Sin embargo, ya se habla de algunos procedimientos tipo Gestapo mediante la AFIP, o técnicas goebbelianas en materia de opiniones disidentes. Es muy feo. Una defraudación. ¿En eso consiste "el modelo"? ¿Ir por todo, levantarse con todo, quedarse con todo? Por favor, que se expliquen con franqueza y claridad. Es una respetuosa imploración.

Los autoritarismos suelen iniciarse de diferentes modos. Pero sus resultados por lo general terminan mal. El tsunami autoritario desenfrena pasiones y escenas dignas del Infierno que pintó Dante.

Deseamos estar equivocados. Deseamos que se demuestre el craso error que nos agobia. Para ello es necesario que no se limiten a proferir insultos y calumnias, porque de ese modo demuestran su imposibilidad de refutar.

Deseamos que sean claros al decir que, en materia de poder, no se limitan a concentrarlo en la familia presidencial y otro par de nombres, ya que el resto de sus apóstoles sólo funcionan como piezas cambiables o eliminables. Ni siquiera los leales a Néstor ya se sienten tranquilos. Por eso los enmudece el terror. La guillotina no sólo cae sobre la nuca de adversarios o "enemigos", sino sobre quienes hoy son amigos y mañana pueden transfigurarse en lo opuesto. De ahí que haya más miedo en la tropa leal que en la disidente.

¡Cómo nos gustaría que la Presidenta fuera más rica! Es decir, rica como se autodescribe el presidente de Uruguay. José Mujica confesó sentirse muy rico porque puede caminar sin custodia por las calles y recibir el afecto de su pueblo; no necesita siquiera usar su modesto auto porque la gente se ofrece a llevarlo; sube a cualquier medio público de locomoción. Tal vez no sea imposible la realización de este sueño, porque la presidenta argentina -siempre por cadena nacional- le ofreció a Salustriana, una pobre mujer del extremo norte argentino, acompañarla en un viaje por uno de los subterráneos porteños. La haría traer con el avión presidencial. Pero esa mujer replicó que tenía otros problemas y carencias, que no le interesaba viajar en subterráneo, ni siquiera con tan ilustre compañía. No obstante, esa generosa oferta podría ser extendida por la Presidenta a otras mujeres de alguna de nuestras villas miseria. Sería una brillante imitación de Eva Perón, que besaba a los infectados y se metía en los hospitales públicos sin custodia. Más elocuente, de verdad, que su imagen gigantesca instalada en la avenida 9 de Julio y que sirve de telón de fondo para los sermones amurallados que jamás reconocen la inflación o la inseguridad.

Ojalá el "¡Vamos por todo!" incluya animarse a dialogar con los ciudadanos de cualquier opinión, caminar por las calles, conversar con la gente del común, visitar barrios pobres, mezclarse de veras con el pueblo. Y no tenerles un miedo cerril a las preguntas, como sucede con los mandatarios que no sólo fueron elegidos democráticamente, sino que se comportan con la humildad y el respeto que una democracia exige.

© La Nacion .

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