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Nota de tapa / Muestras y políticas

Arte argentino contemporáneo

ADN Cultura

Últimas tendencias II es mucho más que una muestra: es una manera de poner en discusión la producción de una década y revisar las políticas de adquisiciones de museos públicos como el Mamba

Por   | Para LA NACION

 
 

Hablar es donarse al malentendido. Más que escuchar lo que el otro dice, cada oyente presta oídos a su propio delirio. Siempre fue complejo pensar un espacio en el que el compartamos el sentido: ya en el siglo V antes de nuestra era, Gorgias desconfiaba incluso de que pudiéramos comunicarnos. Pero la Modernidad aceleró el proceso hasta el infinito cuando Nietzsche demostró que no existen los hechos, sino que sólo existen las interpretaciones. Todo sentido que "compartimos" es el resultado de una lucha. Nada de lo que podemos pensar es algo dado: todo es (posible) objeto de controversia. No podemos pensar en nada si no podemos decirlo: es decir, si no podemos convertirlo en un hecho de lenguaje, en una interpretación. A comienzo del siglo XX, esta proposición llegó al extremo cuando Ludwig Wittgenstein dijo: "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Eso no quiere decir que no haya nada fuera del lenguaje. El propio Wittgenstein dice que sí existe un afuera del lenguaje: "Existe ciertamente lo inexpresable. Se muestra; es lo místico". La ética (los valores, el sentido de la vida), lo místico (lo inefable) y el arte no "dicen" nada del mundo, sino que lo muestran: le dan valor. Al mismo tiempo que Wittgenstein desarrollaba estas ideas, Marcel Duchamp con sus ready-made fundaba otra forma de hacer y pensar el arte: como un "pensamiento" más allá de la filosofía (más allá del lenguaje). Un siglo más tarde, estas consideraciones ocupan el centro de la escena artística, como bien lo demuestra Últimas tendencias II en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba). No se trata de una muestra más, sino de un acontecimiento significativo: una nueva producción estética en sí misma.

Más que una muestra, Últimas tendencias II es una forma de poner en discusión el arte contemporáneo. No es casual, por eso, que, además de las obras que incluye (unas 120, de 112 artistas), se haya convertido en el centro de un debate. Ese debate surgió al cuestionarse de qué manera se conforman los patrimonios de los museos oficiales (ver recuadro), pero ya ha derivado en algo mucho más importante: se ha convertido en una nueva obra de arte. Una obra que resignifica tanto la muestra como el catálogo que la acompaña y que, además, abre nuevos rumbos (una última tendencia) en la producción estética contemporánea. El arte no cesa.

 
Vista de la sala del primer piso del Mamba en avenida San Juan 350, un panorama multidisciplinario y multisoporte. Foto: DIEGO SPIVACOW / AFV
 

Últimas tendencias II (como su nombre lo indica) es "la segunda parte" de una muestra acaecida hace una década: Últimas tendencias 2002 (que pasaría a ser la versión "I"). La similitud del título surge de un mismo propósito por parte de la dirección del museo: la de poner a consideración del público un recorrido importante, exhaustivo, aunque obviamente sea un recorte parcial de las principales corrientes del arte actual. Y ponerlo a consideración en dos momentos muy diferentes: el primero, en pleno estallido de la crisis de 2001 (como una forma de resumir el arte de los años 90, que tuvo su epicentro en la Galería del Rojas, pero que se expresó también en otros ámbitos, como el CAyC, el ICI, la beca Kuitca y la galería Ruth Benzacar) y, el segundo, en la actualidad, resumiendo los primeros años del siglo XXI. Es una pena que no se hayan aprovechado las otras dos salas del museo para montar ambas muestras juntas, lo que hubiera permitido ver las diferencias, pero también las insistencias, y, además, hubiera acercado al nuevo público de arte contemporáneo (hoy mucho más masivo que hace apenas diez años) un recorrido por mucho de lo mejor de los años 90.

La disidencia que manifestaron los artistas ante la insistencia por parte de la dirección del museo en que se donasen las obras exhibidas ya estaba inscripta en esas mismas obras. La puesta en discusión de las donaciones no hizo más que volverla visible. El movimiento Artistas Organizados (AO) -que surgió a partir de esta puesta en cuestión- y las acciones que se vienen realizando (desde performance s que acompañaron la inauguración hasta el sellado de las paredes de la muestra y de los catálogos, obra que se denomina Última tendencia: donaciones en suspenso ) son la puesta en escena de una obra colectiva que transforma la muestra dedicada al arte producido en esta última década (del que las obras y los artistas seleccionados conforman un recorte plausible) en un intervención site-specific cuestionadora de las políticas culturales. Podríamos decir que el grupo Artistas Organizados ha producido una instalación mental que permite leer todo lo producido en está década desde otro lugar.

La curadora general de Últimas tendencias II es Laura Buccellato (también curadora de la primera Últimas tendencias y directora del museo en el que la muestra está montada). A Buccellato la asistió un comité de selección del que formaron parte Valeria Balut, Julia Converti y Marcelo Grosman. La selección ha sido exhaustiva y rigurosa: no están todos los artistas cuya obra haya dejado una marca en esta primera década del siglo XXI (lo que sería imposible), pero todos los que están son incuestionables. Hay algún artista fuera de registro (como Sergio Avello), pero eso se debe a que se ha querido subsanar un hueco muy notorio en la colección del museo, ya que estuvo ausente en la anterior exposición. El criterio de selección, además, ha sido amplio en cuanto a soportes, estéticas, estilos, puntos de vista y trayectorias, ya que incluso (hecho que es auspicioso) ha convocado a artistas muy jóvenes, como Santiago Villanueva (Azul, 1990), que están creando una obra muy personal, en este caso, centrada en una relectura cimarrona de la historia del arte argentino.

 
Obra sin título de Diego Bianchi, 2011. Foto: ANDREA KNIGHT
 

La muestra se despliega en varias salas, desde la planta baja hasta el segundo subsuelo del museo. Para no dispersarnos en la multiplicidad de líneas que propone la selección que realizó la curadora y su equipo y poder concentrar la intensidad de la mirada en algunos momentos que nos parecen especialmente valiosos, vamos a acotar el recorrido a algunas decenas de propuestas en vez de referirnos a las más de cien obras que componen el recorrido completo. Pablo Accinelli presenta una serie abstracta que insiste en lo mínimo; de Manuel Ameztoy se exhiben textiles no tejidos; un puré de papas sobre un colchón y una rosa seca que se degrada se conjugan en la obra de Nicanor Aráoz para generar uno de esos delirios oníricos que caracterizan sus apuestas; de Ernesto Arellano se seleccionó una de sus cerámicas vinculadas al imaginario del manga; una obra minimalista, matérica y lúdica de Nicolás Bacal (un carrete de VHS flotando en el espacio, titulado Las líneas paralelas se cruzan en el infinito ). De Gabriel Baggio están los injertos cerámicos que mostró en Fundación Klemm. Javier Barilaro aporta su poesía latina y Leo Battistelli, uno de sus talismanes aéreos, que petrifica en cerámica el soplo mágico del candomblé .

Un monstruo informe, de amenazante vidrio (trozos de botellas rotas), es el aporte de Diego Bianchi; un gran tapiz, bordado a mano, es el marco en el que Chiachio&Giannone se autorretratan como samuráis en un paraíso de mariposas multicolores; Ariel Cusnir (con una acuarela que congela instante en la vida de un personaje imaginado), Mariano Dal Verme (con una hoja A4 sostenida por una estructura de minas de grafito: un dibujo tridimensional que dibuja en tres dimensiones el acto de dibujar), Alfio Demestre (que presenta un mundo a medio construir, como si intentara recuperar un sueño), Tomás Espina (con Fragmentos del triunfo de la muerte ), Mariano Ferrante (con sus coloridos círculos paralelos y fluctuantes) y Adrián Villar Rojas (con un poema de pequeñas dimensiones y un gran poder evocativo) destacan la potencia expresiva que aún late en una de las prácticas más clásicas: el dibujo.

La abstracción hipercolorida de Verónica Di Toro; una mínima escultura abstracta (esas líneas que al escapar del plano se convierten en efectos 3D del dibujo) de Marcolina Dipierro; un lobo mítico dibujado por Matías Duville, con que con un trazo inconfundible va cimentando un imaginario tan personal como universal; la performance de Leopoldo Estol, que hace de jefe de gobierno y conecta lo actual con lo importante: la vida en la villa de Retiro con el viaje en el transporte público; Max Gómez Canle homenajeando (a través de imágenes del Renacimiento flamenco) la estética constructiva del marco recortado; una serie de esos objetos fallidos y fallados de Carlos Herrera, que mezclan lo icónico con lo lúdico; una acción para la ciudad (registrada) de Juliana Iriart; uno de los textos-objeto autobiográfico de Iuso; una de las piezas volumétricas de Silvana Lacarra y dos obras pictóricas de Fernanda Laguna: la razón, la expresión y la pasión unidas a la pulsión.

 
Carne, de la serie Despierta desvelo, de Viviana Blanco. 
 

Una instalación, guerrilla de pared y resignificación de los objetos, de Luciana Lamothe; una serie de mesas de Mariana López (la pintura transformada en objeto); los libros recortados de Julia Masvernat; el registro de la performance de Diego Melero como caudillo del conurbano norte en campaña por el barrio de San Telmo; un diorama del grupo Mondongo, que genera la sensación de penetrar la pared del museo hacia lo desconocido; una serie de fotos de Miguel Mitlag, que sabe rimar formas y colores como los poetas las sílabas; una escultura sonora del colectivo Oligatega Numeric; Gastón Pérsico, generando un lugar con tan sólo un picaporte, así como Karina Peisajovich recorta el mundo con un trozo de marco y una luz. La muñeca acéfala que tiene a sus pies muchas cabezas cortadas, obra de Florencia Rodríguez Giles. El esmalte sobre chapa de Hernán Salamanco; los globos de vidrio (el diálogo ausente) de Alejandra Seeber; la mesa incompleta en el mundo (que la mente termina de completar en la imaginación) de Marcela Sinclair: formas de sugerir más allá de lo dicho.

La escultura colgante (neumáticos de bicicleta) de Luis Terán: un juguete para niños monstruosos, un anillo para un dedo infinito. Ese homenaje a la historia de la pintura en un solo cuadro que pintó Juan Tessi: borrando todo con óleo blanco; así construye el fantasma de lo que alguna vez fue el arte. Las cabeza decapitadas ( Orpheos de Michoacán ) retratadas por Nahuel Vecino. Las martas de bocas sangrantes comiendo de un enamorado (Me has robado el corazón) en la pintura de Diego Vergara. Los paisajes maravillosamente anacrónicos que recrea Mariano Vilela: la posibilidad de poder volver a pintar luego de que la pintura ha muerto.

Últimas tendencias II muestra -aun con más insistencia de la que había en Últimas tendencias 2002 - que el actual arte contemporáneo es múltiple y diverso. No sólo no tolera ningún dogma, sino que no puede ser limitado por criterios e ideas que todavía funcionaban en los comienzos de la era contemporánea (digamos, de los años 60 a los 80). Hoy no tiene sentido hablar de la adscripción de un artista a un movimiento o estilo. En los años 60 se podía ser pop o minimalista. En los 70, hiperrealista. En los 80, neoexpresionista. Desde los 90 no hay etiqueta (no hay definición) que sea válida para describir la producción de un artista.

Una obra contemporánea puede dialogar (proponer un intertexto) con una obra de otra época y por lo tanto "parecer" abstracta o pop o expresionista o conceptual; pero ya no puede adscribir a ninguno de esos idearios. Porque el pop o el neoexpresionismo eran visiones globales del mundo. Aún insistían en una idea de arte que apostaba a que un discurso externo hablara de él: un discurso que lo describiera, que lo definiera. Hoy, por definición, el arte no puede contenerse en un discurso externo: es puro fluir hacia la dispersión.

La utopía más radical de las primeras vanguardias fue transformar la vida en una obra de arte. Para las vanguardias de los años 10 y 20, se trataba de desenmascarar las formas alienadas de la vida burguesa. Para las vanguardias de los años 60, menos ingenuas a fuerza de haber conocido la violencia de las dos guerras mundiales y el horror del exterminio de masas, el nuevo arte debía intervenir en cada aspecto de lo cotidiano, transmutando la experiencia diaria en una fuente de sentido.

 
Mattaclark de mesa, de Marcela Sinclair, 2010. Foto: ANDREA KNIGHT
 

Ahora no se trata ni de la militancia resistente ni de la reivindicación de lo existente. Tal como se puede ver en Últimas tendencias II (aunque ya estaba claro en la muestra de 2002), el arte contemporáneo parte de asumir la multiplicidad irreductible de la experiencia humana y de fugarse inventando nuevos mundos. Somos diversos: multipliquémonos. A los mil senderos que hoy recorren los artistas se los podría resumir (¡qué contrasentido!, pero vale la pena intentarlo) con una frase de Oscar Wilde: "No ames a tu prójimo como te gustaría que te amen a ti; él puede tener otros gustos".

Ficha. Últimas tendencias II, muestra colectiva en el Mamba, avenida San Juan 350, hasta septiembre. Entrada general: $ 1. Martes gratis

La misma idea, otro escenario

La muestra Últimas tendencias II comenzó a gestarse hace un par de años. Al igual que su predecesora ( Últimas tendencias 2002 ) se pensó como una muestra patrimonial: a partir de la muestra el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires ampliaría su colección con obras de la primera década de este siglo. La forma de incorporar esas obras era a través de la donación: el grueso debía ser aportado por los artistas "invitados a donar", a lo que se sumarían algunas obras donadas por galeristas y coleccionistas.

Así había sido ya en 2002 y se creyó que en 2012 sucedería lo mismo, sin conflicto. Pero entre ambos momentos no sólo pasaron diez años sino que además cambió radicalmente la situación económica y social (el contexto político) y la situación del mundo del arte (el contexto cultural). La Argentina ahora no se encuentra en una crisis histórica y el mundo del arte contemporáneo argentino se ha incorporado (con timidez aún, pero ya claramente) al mercado de arte.

Unos pocos artistas se negaron explícitamente a donar sus obras y, según dicen en la página web de Artistas Organizados http:/artistasorganizados.wordpress.com/, se vieron marginados por ese motivo de participar en la muestra. Laura Buccellato, directora del museo, declaró hace unos días que a los artistas no se los marginó por no donar, sino que, al tratarse de una muestra del patrimonio, las obras que no pertenecían al museo no formaron parte de la muestra.

Lo que surgió como un gesto individual (aunque fueran varios casos) se tornó rápidamente masivo, y a la fecha ya son unas 700 las personas del mundo del arte que adhieren a la propuesta de Artistas Organizados: discutir las formas en las que los museos estatales argentinos adquieren sus patrimonios. Incluso se está debatiendo que los artistas que participan en esta muestra y que se habían comprometido a donar sus obras dejen sus donaciones en suspenso hasta que se acuerde algo en común entre todos.

Del debate ya han surgido algunos acuerdos: el consenso es unánime en que no pueden ser los artistas los que sostengan los patrimonios museísticos. Más allá de lo que suceda en esta ocasión, lo cierto es que ya no está legitimado que los museos soliciten obras a los artistas. A partir de ahora, las colecciones coherentes deberían conformarse con obras adquiridas con fondos propios de los museos, donaciones de auspiciantes y de coleccionistas. El tema no es meramente económico (aunque el aspecto económico no es menor porque que la obra es el capital del artista): se trata, sobre todo, de discutir si a la sociedad (a través de sus instituciones) le interesa invertir en la conformación de un patrimonio artístico. Si le interesa, tiene que generar los fondos como para que eso sea posible..

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