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Templos tangueros para porteños

En espacios del off y bares de barrio, la nueva generación crea su propia mística del género

Martes 24 de julio de 2012
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LA NACION
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Salí a la calle y te vas a dar cuenta que el tango no es un recuerdo de postal turística. Los porteños pueden tener saciada su sed tanguera con un circuito que se va transformando, se renueva y encuentra nuevos puntos de encuentro. El territorio barrial parece ganar adeptos entre los cultores de un tango que no necesita de marquesinas espectaculares ni de micros de turistas estacionados en la puerta. Boliches de antaño, templos independientes y lugares históricos donde se cultiva un tango auténtico se pueden recorrer sin necesidad de recurrir a las casas de cambio paralelo para pagar una entrada cotizada en dólares.

San Telmo podría sonar a clisé, sin embargo, ese territorio hace tiempo fue ganado por las orquestas independientes y en sus calles se puede trazar la historia de una nueva generación tanguera que escuchaba rock y que ahora participa del reverdecer de un circuito que apunta a redescubrir la auténtica bohemia barrial.

El bar Defensa, en la esquina de Defensa y Cochabamba, está ubicado en un lugar estratégico de lo que fue la movida tanguera de los ochenta y principios del noventa, cuando aparecía la primera camada joven de músicos y bailarines. Frente a lo que era la agitada escena del rock en el subsuelo de Arpegios, se levanta este bar con ambiente y sin estridencias: luces de tubos fluorescentes, molduras de madera y personajes de media tarde con su vermut, sus diarios y sus mazos de cartas. El cantor Pablo Banchero (pionero de aquella generación del tango en el Parakultural, junto con "el Indio" y Omar Viola) era un habitué del bar. Un día le cayó la ficha y se dio cuenta de que ese aire de bohemia que tanto le atraía podía ser el escenario perfecto para recuperar aquellas terturlias tangueras y psicodélicas que fundaron la nueva era del tango. "Este espacio nuevo está inspirado en un lugar que nosotros vivimos a fondo como fue el bar El Chino de Pompeya. Eso fue ya hace 20 años. Ahora con cuarenta años de edad, me siento en la posición de armar algo donde, también, vengan los pibes más jóvenes del tango y seguir pasando la posta que alguna vez a mí también me pasaron", cuenta Banchero, que recuerda esas noches de cátedra tanguera amaneciéndose en el mítico boliche de Pompeya.

Cada quince días, Banchero buscar recrear esa misma mística con encuentros espontáneos de tango. El bar presta su escenografía barrial. "La idea nació pasando un día por el boliche. Fue muy rápido. En cinco días inauguramos y se llenó. Ya pasaron muchas cosas. Lo que me gusta es que los pilares del bar son gente muy importante dentro del movimiento del tango como «el Indio» y Omar Viola, que traen la magia tanguera de todo lo vivido en estas últimas décadas, de los ochenta para acá", dice el cantor y organizador de esta movida, en la que se agrupan cantores de su camada como el Cardenal Domínguez o Hernán Lucero de Bardos Cadeneros.

Bailarín y organizador de milongas alternativas dentro del tango, "El Indio" legitimiza la aventura de su compañero generacional. "Está bueno que el tango empiece a ocupar los espacios del barrio como los bares, porque así fue al principio.

En los bares nacen las orquestas y se desarrollan los vitroleros como Félix Picherna, que hacía bailar a la gente. Había que recuperar eso, y está bueno que lo haga esta generación a la que se nos entregó la posta en los ochenta".

–¿Cómo era el panorama en los ochenta?

El Indio: –Nosotros a fines de los ochenta buscábamos un lugar de identidad y los primeros espacios que fuimos encontrando fue Cochabamba 444. Me acuerdo que cuando Omar Viola me ofreció ese espacio nosotros terminábamos en la plaza de San Telmo y nos íbamos en caravana hasta el Parakultural. Estábamos resonando socialmente con lo que pasaba y de ese lugar aparecieron personajes como Tete, Geraldine Rojas, Capussi, Chicho Frumboli, Omar Vega, Las Muñecas, El Cardenal y Banchero, con el que nos encontrábamos en los mismos lugares. Fuimos una generación de pibes que hicimos historia sin saberlo.

Banchero: –Todas esas cosas pasaban por acá nomás del bar Defensa. Cochabamba 444 estaba a la vuelta. En esta geografía fue el gran quilombo de toda la cosa nueva y el lenguaje que vino después. Queremos que esta peña de tango sea también un lugar de encuentro donde caen los cantores. Ya pasaron Hernán Lucero, Cardenal Domínguez; Felipe Traine trae la viola, canta mi madre Nucha o toca Bernardo, que es un bandoneonista alemán que vive en el barrio. Es como una cacerola donde se cocinan cosas.

Espacios de culto

Las orquestas nuevas se cansaron de peregrinar por espacios de otros y crearon sus propias sedes milongueras y alternativas. La Orquesta Misteriosa Buenos Aires fue una de las jóvenes típicas que se lanzaron a la autogestión de un espacio propio. La milonga de La Misteriosa (Humberto Primo 2758) nació hace un año y viene creciendo en un público de otro palo, que buscaba nuevos códigos tangueros.

"Está buenísimo el público que viene porque fue cayendo gente muy joven, bailarines profesionales como DNI y el Esquizano que vienen con sus alumnos, y gente que viene a escuchar la orquesta o está empezando en el tango. También viene todo un palo que se fusiona con la gente del lugar, porque durante la semana dan clases de teatro y acrobacia, que se fueron sumando a esta fauna tanguera", dice Javier Arias, director de la orquesta.

La milonga de La Misteriosa, que funciona todos los miércoles, a las 22, se transformó en un espacio para los nuevos públicos. "Por acá termina pasando la gente de nuestra generación con la que tenemos cosas en común, más allá del tango. Hace poco inauguramos las noches de típica y jazz con una orquesta de swing formada por jóvenes como nosotros. Eso va generando un nuevo público, que el tango necesita a full", apunta Arias. Formada por diez integrantes –cuatro violines, tres bandoneones, contrabajo, piano y cantor–, la orquesta que surgió de la camada posterior a la Fernández Fierro está cosechando sus frutos. "Como generación de tango, siento que estamos más cerca de algo. Ya no es tanto la novedad ver a los pibes tocando tango. Tenés jóvenes como nosotros que escuchan, siguen la movida y todo es más natural. Tener a chabones súper rockeros bailando entre el público antes era visto como algo loco, raro, y ahora es más natural. Tampoco es algo freak poner una milonga joven. Es el paisaje de hoy, el tango de hoy", resume Arias.

En el centro de los íconos y símbolos porteños como el Obelisco emerge un refugio del tango de culto, cotidiano y discreto, que se transformó en una fábrica de cantores. El Bar de Julio (Av. Roque Sáenz Peña 1129) viene de una historia marcada a fuego por la mitología porteña de la noche, aunque sus imperdibles sesiones tangueras de lunes a viernes son, a las 17, en horario matiné. Sus paredes llenas de fotos, vinilos y placas originales del siglo pasado que homenajean a Gardel le dan un aire de templo tanguero. "Este era un bar medio taura. Acá se juntaban el burrero, el conde con su look extravagante, el doctor y artistas de la época como Alberto Marino y el Polaco Goyeneche. Acá pasó y va a pasar el tango", resume su dueño, Julio, o, como dice su documento norteamericano, Howard Albert Wayne.

Tras los antiguos mostradores del boliche, Howard cuenta su historia y la del bar: "Soy nacido en Tennessee, pero criado en este país. Me fui a vivir a los Estados Unidos, pero en el 96 tenía la idea de volver y poner un bar. En esa recorrida me muestran este lugar muy chiquito, que era una sanguchería de gallegos. Enseguida vinieron los viejos habitués y me contaron todo el tango que había pasado por acá. Un día arreglando el techo apareció un mural de Gardel pintado. Así recuperamos la identidad original del Bar de Julio. Solitos cayeron Rubén Juárez, Colacho Brizuela, Luis Salinas y después empezó a caer toda la camada nueva del tango y empezamos a guitarrear acá adentro. Nunca cobramos. Queríamos hacer algo de verdad para los porteños: el tango por el tango mismo".

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