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El conflicto en Siria es el nuevo Irak

El Mundo

Por   | The New York Times

NUEVA YORK.- Dios sabe hasta qué punto quiero que la oposición siria se imponga rápidamente sin ayuda de nadie y resulte tener las aspiraciones democráticas que todos esperamos. Pero las chances de que éste, que sería el mejor de los mundos posibles, se cumpla, son pocas. Y eso se debe a que Siria se parece mucho a Irak.

De hecho, Siria es melliza de Irak: una dictadura multisectaria, gobernada por una de sus sectas minoritarias, que sólo se mantuvo unida por el puño de acero de la ideología del partido Baath. Y para mí la lección de Irak es muy sencilla: nadie pasa de Saddam a Suiza sin tropezarse con Hobbes -una guerra de todos contra todos-, a menos que una partera extranjera armada hasta los dientes, que inspira temor en todos los implicados, se haga cargo del manejo de la transición.

En Irak, esa partera fue Estados Unidos. Y es muy poco probable que en Siria se produzca otro parto de bajo costo y por control remoto como el que oficiaron Estados Unidos y la OTAN en Libia para deshacerse de Muammar Khadafy y dar a luz a un nuevo país. Siria es más difícil. Siria es Irak.

Irak fue una experiencia tan amarga para los norteamericanos que preferiríamos no tener que volver a mencionar el tema. Pero Irak es relevante en este caso. Si Irak tiene alguna oportunidad de vivir un futuro decente es gracias a que Estados Unidos estuvo en el lugar con decenas de miles de efectivos, para actuar como esa partera bien armada que contaba con el temor y la confianza necesarios de parte de todos los bandos como para conducir la transición de Irak hacia un escenario político de mayor consenso.

Se supone que los columnistas debemos pegar golpes en la mesa y decir lo que hace falta hacer. Pero cuando uno cree que lo que hace falta en Siria -una partera extranjera- es algo imposible, también hay que decirlo. Creo que quienes bregaron por una intervención más decidida de Estados Unidos en Siria -y con críticas al presidente Barack Obama por no liderarla- no están siendo realistas acerca de todo lo que habría que hacer para llegar a un resultado digno.

¿Por qué? En Medio Oriente, la alternativa a lo malo no siempre es mejor. Puede ser peor. Me deja boquiabierto el heroísmo de esos rebeldes sirios que empezaron la insurgencia, pacíficamente, sin armas, contra un régimen que juega según lo que yo llamo las Reglas de Hamas, o sea, sin reglas.

El régimen de Bashar al-Assad asesinó deliberadamente a manifestantes para intentar convertir el conflicto en una lucha entre la minoría alauita gobernante, al mando del clan Al-Assad, y la mayoría sunnita del país.

Por eso es que la contracara a la dictadura de Al-Assad sería el desmembramiento de Siria -con el retiro de los alauitas hacia sus bastiones costeros- y un estado de guerra civil permanente.

Hay dos cosas que podrían desviarnos de ese desenlace. Una alternativa es hacer como en Irak, donde Estados Unidos entró, decapitó al régimen de Saddam Hussein, ocupó el país y forzó el cambio de una dictadura gobernada por la minoría sunnita hacia una democracia liderada por la mayoría chiita.

Debido tanto a la incompetencia de Estados Unidos como a la naturaleza de Irak, esa intervención norteamericana desató una guerra civil en la que todos los bandos iraquíes -sunnitas, chiitas y kurdos- probaron fuerzas, con cuantiosas bajas de uno y otro lado, lo que condujo, trágicamente, a una limpieza étnica que reordenó el país en bloques más homogéneos de sunnitas, chiitas y kurdos.

Pero la presencia de Estados Unidos en Irak impidió que esa guerra civil y esa limpieza étnica se propagaran a los Estados vecinos. Y cuando la guerra civil finalmente se extinguió por sí sola -y todos los bandos estaban agotados y más distanciados que nunca-, Estados Unidos logró la redacción de una nueva Constitución y un acuerdo de reparto del poder en Irak, con los chiitas como mayoría gobernante; los sunnitas fuera del poder, pero no impotentes, y los kurdos con una semiautonomía garantizada.

El costo de esa transición en vidas y en dinero fue enorme, y aún hoy Irak no tiene una democracia sólida o saludable. Pero tiene una oportunidad, y ahora depende de los iraquíes.

Como es altamente improbable que una partera armada, temida y confiable se anime a meterse en la refriega siria, los rebeldes que están allí deberán hacer el trabajo ellos mismos. Y como la sociedad siria está fracturada, no será tarea fácil, a menos que ocurra una sorpresa.

La sorpresa sería que los dispares grupos de la oposición siria se amalgamaran en un frente político unificado -tal vez con ayuda de las fuerzas de seguridad de Estados Unidos, Turquía y Arabia Saudita que están presentes en el lugar- y que ese nuevo frente se abra a los cristianos y alauitas moderados que apoyaron a Al-Assad por miedo, y acuerden con ellos la construcción de un nuevo orden conjunto que proteja los derechos de mayorías y minorías.

Sería maravilloso ver que el tiránico eje Al-Assad-Rusia-Irán-Hezbollah es reemplazado por una Siria democratizada, en vez de caótica.

Pero tengo mis serias dudas. Ese 20 por ciento de cristianos y alauitas que apoyan a Al-Assad sentirían pavor de una nueva mayoría sunnita, con los Hermanos Musulmanes incluidos, y la mayoría sunnita sufrió tantas atrocidades de parte del régimen que la reconciliación sería muy difícil, más aún si los días de sangre se prolongan.

Sin una partera extranjera o un Nelson Mandela sirio, la hoguera del conflicto arderá durante mucho tiempo. Ojalá que me sorprendan.

Traducción de Jaime Arrambide .

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