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Uruguay, otra piedra en el relato

LA NACION
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Claudio Jacquelin
Domingo 29 de julio de 2012
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La gratitud no parece figurar en el manual de práctica y relaciones políticas del oficialismo. Al menos, no cuando los favores recibidos demandan pagar algún costo público.

Para verificarlo no vale (ni hace falta) preguntarle al triunvirato de viudas despechadas del primer kirchnerismo, integrado por Hugo Moyano, Alberto Fernández y Daniel Scioli. En estos días mucho más interesante podría resultar escuchar en la intimidad al presidente uruguayo, José Mujica, si se animara a sincerarse.

Con auténtica paciencia oriental y un nutrido refranero propio del Viejo Vizcacha, el mandatario vecino ha venido gambeteando y tolerando cuanto desaire y afrenta le llegó a su país desde este lado del Río de la Plata en los últimos años.

Ante cada complicación que generaba para la política o la economía uruguaya alguna decisión del gobierno argentino (en el Mercosur, en la Comisión del Río Uruguay, en el turismo, en el comercio bilateral, en las finanzas, etcétera, etcétera), él resistía los embates de opositores y frenteamplistas críticos con un argumento expuesto como verdad revelada (y resignada): "Los países no se mudan".

Para reforzar su argumento, siempre obturaba toda crítica con la justificación de que la prioridad para su gestión en la relación con la Argentina era lograr el dragado del canal Martín García para aprovechar las ventajas naturales del puerto de Montevideo, lo que le generaría a su país importantes ingresos económicos.

Los sufrimientos padecidos en los 12 años que estuvo preso, en las peores condiciones, de la dictadura militar uruguaya, parecen no haberle dejado a Mujica demasiada huella en su salud, al menos en el aparato digestivo. En los dos años que lleva como presidente, la cantidad de sapos de origen argentino que ha decidido voluntariamente ingerir tiene pocos precedentes (o tal vez ninguno) en el mundo. Y cuando parecía que ya podía estar llegando a su límite, demostró la semana pasada que está en condiciones de batir sus propios récords.

Finalmente, el gobierno argentino, al que tanto le toleró sin recibir nada a cambio, avanzó sobre el hito simbólico que él siempre puso como la razón última de su infinita tolerancia: volvió a postergar el dragado del Río de la Plata en represalia por la documentada reinstalación desde Uruguay de las sospechas de irregularidades/coimas/sobornos en la renovación del contrato a una compañía holandesa.

Y Mujica, otra vez, no se inmutó, aunque el orgullo charrúa haya vuelto a quedar magullado, con la ilusión de que una nueva gestión personal con Cristina Kirchner le permitirá lograr lo que las instituciones y las normas internacionales no consiguen.

El cristinismo debería retribuirle tanta generosidad para no hacer de la ingratitud una marca registrada de gestión. Claro que para eso tal vez deba transparentar algunas acciones poco claras. ¿Cuál será el costo que preferirá pagar la Presidenta?

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