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Víctor Hugo contra todos

Opinión

Jorge Lanata aseguró que Víctor Hugo Morales, durante la dictadura, jugaba al fútbol en un centro clandestino de detención parecido a la ESMA, pero en Montevideo, Uruguay. Lo hizo al citar información que aparece en el libro Relato Oculto, Las desmemorias de Víctor Hugo Morales, escrito por Leonardo Haberkorn y Luciano Alvarez (Editorial Planeta).

Parte del contenido del texto había aparecido días antes en la revista Noticias, con la firma de Edi Zunino. Pero el lunes pasado, en vez de desmentir la información con otros datos, Morales atacó de forma personal y aviesa a Lanata, y hasta pareció desearle la muerte. "Lanata, estás dando la vida por [Héctor] Magnetto. No te es fácil físicamente. Parece que te arrastraras un poco. Que no respirás bien. Dicen que tenés que andar con aparatos a veces".

Lanata no lo injurió, ni lo maltrató, ni destacó para peor ninguno de sus rasgos físicos. Tampoco se metió con su familia o con sus amigos. Sólo reprodujo una información que ahora es pública e incontrastable: Morales pasaba sus horas libres con amigos militares en la época en la que torturaban, asesinaban y desaparecían personas en Uruguay. Para decirlo sin vueltas: el comunicador no tuvo un pasado heroico, como él mismo lo sugirió más de una vez. Los datos, como siempre sucede, sirvieron para poner las cosas en su lugar. ¿Era necesario que Morales colocara el debate en un nivel personal para intentar ganar una supuesta discusión sobre su pasado secreto?

Para decirlo sin vueltas: el comunicador no tuvo un pasado heroico, como él mismo lo sugirió más de una vez

En su momento, el periodista de La Nación Pablo Sirvén calificó al relator de converso. Como es habitual en Sirvén, no sólo argumentó con lujo de detalles su hipótesis, sino que también explicó el significado de la palabra, para que los lectores no tuvieran dudas de por qué lo catalogaba de esa manera. Es decir: utilizó el procedimiento básico de cualquier periodista que hace una afirmación contundente. Según el diccionario de la Real Academia Española, converso es un musulmán o un judío que cambia su religión por la del cristianismo. Alguien que modifica las ideas que defiende de una manera abrupta e inmediata. ¿Cómo respondió Víctor Hugo Molares a la acción de Sirvén? Con descalificaciones personales varias. Hay una que recuerdo, en especial, porque me pareció baja, chabacana y propia de un matón de barrio. De esos que hablan mucho y hacen poco. Morales relató a sus oyentes que sentía que Sirvén lo estaba acosando "sesualmente" (con ese). Enseguida el locutor aclaró que no había utilizando la equis sino la letra ese para que nadie se confundiera con otra cosa. Más allá del chiste de pésimo gusto, lo hizo para sugerir que Pablo lo estaba persiguiendo de una manera íntima y poco profesional, insinuación que no sólo es una mentira, sino que habla a las claras de qué clase de persona es quien la desliza.

Tres meses después, el desaparecido diario Libre, de Editorial Perfil, publicó, en su tapa, sin la autorización de la editorial y sin consultarme: "Majul investiga a Víctor Hugo". Y esa misma mañana, Morales, desde su programa, en vez de desmentir o aclarar la información que todavía no había leído, empezó a insultar a Jorge Fontevecchia. Se metió con su vida personal de una manera tan artera que ni siquiera vale la pena recordar.

¿Era necesario que Morales colocara el debate en un nivel personal para intentar ganar una supuesta discusión sobre su pasado secreto?

En junio de 2011 publiqué El y Ella (Historia secreta de la muerte de Néstor Kirchner, la resurrección de Cristina Fernández, los nuevos negocios y el plan oculto para perpetuarse en el poder). Uno de los quince capítulos se lo dediqué al relator de partidos de fútbol. Se llama La doble moral de Víctor Hugo. Lo escribí para demostrar de qué manera un profesional reconocido puede empezar a funcionar como un vocero del poder de turno, casi de un día para el otro. En el texto probé cómo Morales suele decir una cosa y hacer otra. Expliqué, por ejemplo, de qué manera presentaba sus viajes a localidades de la provincia de Buenos Aires como una decisión altruista, de "un hombre de pago chico", cuando en realidad se trataba de contrataciones pagas por las que no presentaba las facturas correspondientes. Precisé que casi todas las visitas rentadas correspondían a distritos de intendentes identificados con el Frente para la Victoria.

Publiqué lo que decía sobre el gobierno nacional y los medios antes de recibir la llamada telefónica en la que Kirchner le juró que había comprado dos millones de dólares sin haber contado con información privilegiada. Y también reproduje lo que decía después, para dejar bien en claro que no se trataba sólo de matices ni de las contradicciones que podemos tener todos, sino de una conversión absoluta y sin escalas.

Se trata de un hombre que, muchas veces, usa el micrófono para insultar, en vez de discutir ideas

Me cuidé mucho de no ser ni parecer insultante. Sólo me centré en su vida pública y profesional, y escribí todos los datos que probaban su extraño y curioso comportamiento. La respuesta de Morales contra esa investigación no fue negarla, aclararla o corregirla. Lo que hizo fue calificarme de "babosa" y "de rata, con perdón del animal", entre otros adjetivos parecidos o peores. Lo repitió una y otra vez durante semanas enteras. Llegó a dedicarle mucho más tiempo a insultar y agraviar que a tratar los urgentes temas de actualidad que merecían, aunque más no fuera, una mínima cobertura.

De cualquier manera, jamás se me ocurrió iniciar ninguna demanda por sus insultos, descalificaciones y agresiones. Es porque no me parece adecuado hacerle perder tiempo y dinero a ningún organismo público con asuntos que tienen más que ver con el ego o la tendencia narcisista de las personas. A propósito de eso, Morales ya amenazó con llevar a los tribunales a muchos periodistas que se atrevieron a publicar datos que ponen en duda lo que él entiende como una intachable carrera profesional. Los textos de las demandas tienen el mismo estilo pomposo y exagerado de su manera de hablar. Cualquier lector desprevenido podría llegar a pensar que el presunto ofendido es un miembro de la más antigua monarquía europea. Alguien que goza de fueros especiales, como un presidente o un legislador. Pero no. Se trata de un profesional de los medios. De un hombre que, muchas veces, usa el micrófono para insultar, en vez de discutir ideas..

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