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El fantasma de los jázaros

Opinión

Por Alicia Dujovne Ortiz
Para La Nación

Cuenta la leyenda que el rey Bulán -soberano de un pueblo turcomongol de las estepas llamado jázaro o cuzarí, establecido alrededor del siglo VII a orillas del mar Caspio y del Volga, en una populosa capital llamada Itil-, que el rey Bulán, pues, deseoso de abandonar su paganismo para convertirse a una religión monoteísta, convocó a su presencia a un obispo, un imán y un rabino. "¿Cuál de vuestras tres religiones, la cristiana, la musulmana o la judía, está en el origen de las otras dos?", les preguntó. Al oír las respuestas, el rey Bulán se convenció de que el cristianismo y el islam provenían del judaísmo y decidió volverse judío.

Ésta es la explicación que Hasdai Bar Shaprut, ministro judío del califa de Córdoba, recibió a mediados del siglo X de un descendiente de Bulán, el rey José. Al enterarse de la existencia de un reino judío en el Cáucaso, Bar Shaprut había enviado al kahan de los jázaros una carta en la que le decía: "Si ese reino existiera, yo dejaría honores y fortuna para ir a inclinarme ante el único rey judío de este mundo".

La respuesta del rey José, redactada en forma legendaria, no resulta menos útil para entender los motivos políticos de la elección de Bulán. ¿Por qué razón esas tribus que acababan de hacerse sedentarias se convirtieron al judaísmo? Es que el territorio jázaro estaba entre dos fuegos: por el norte, los rus, vikingos rusificados que comenzaban a cristianizarse; por el sur, los musulmanes y Bizancio. El rey Bulán debe de haber pensado que para ascender socialmente necesitaba abrazar una religión prestigiosa, "civilizada", no los dioses de a caballo de su pueblo guerrero. Pero, a la vez, al elegir el judaísmo se aseguraba cierta independencia: una especie de "tercera posición".

Festín salvaje

Cálculo tan astuto como riesgoso, que aislaba a los jázaros en medio de dos mundos, cristianismo e islamismo. Cálculo que dio sus frutos, al menos por un tiempo. El imperio jázaro llegó a ser poderoso. Itil era un mercado abigarrado por el que transitaban comerciantes de Europa y de Asia. La hija de un kahan llegó a casarse con el emperador de Bizancio, Constantino V. Convertidos a un judaísmo extraño, con Biblia pero sin Talmud, los jázaros sirvieron de tapón entre el norte y el sur. Hasta que la condición de intermediarios, que era su fuerza, provocó su pérdida.

En 965, el príncipe ruso Sviátoslav -un gigantón de pelo rojo, con su aro de perlas y rubíes en una oreja, alimentado con carne cruda y hongos alucinógenos, que recorría la estepa seguido por su horda salvaje- destruyó la ciudad de casas redondas que imitaban las tiendas del tiempo en que los jázaros todavía eran nómades. Su acción no quedó sin castigo: cuando volvía de incendiar la hermosa Itil, jamás reconstruida, otra horda salvaje, la de los pechenegos, lo mató y festejó la victoria bebiendo en su cráneo.

Aunque esta historia haya sido estudiada en los años 30 por un historiador francés de origen ruso, Alexandre Baschmakoff, y en los años 50 por Abraham Poliak, de la Universidad de Tel Aviv, entre otros, en el fondo ni los israelíes ni los soviéticos demostraron mayor interés por sacarla a la luz. Los segundos hasta se permitieron hundir bajo las aguas de una represa la fortaleza jázara de Sarkel. Y en los años 60, Mikhail Artomonov, de la entonces Universidad de Leningrado, sostenía la tesis, hoy abandonada por los especialistas, de que sólo la elite jázara se había convertido al judaísmo. El "buen pueblo", no. La irritación ante el tema provenía de dos causas: por un lado, el antisemitismo soviético y, por otro, el deseo de ocultar la presencia de un imperio importante anterior al poderío ruso de Kiev.

Tampoco los israelíes han demostrado apuro por desenterrar a un ancestro tan problemático. La razón está muy clara: si, como lo ha sostenido Arthur Koestler en La tribu número trece , ensayo de divulgación publicado en 1976 y basado en los descubrimientos de Abraham Poliak, todos los judíos ashkenazim son de origen jázaro (por consiguiente, no semitas), entonces la guerrilla palestina tuvo razón al declararlos ajenos a la tierra bíblica. Sólo los sefarditas resultarían semitas originarios del Levante. El sionismo no perdía su razón de ser cultural ni religiosa, pero sí racial.

Es obvio que esta última palabra sigue provocando inquietud. Sin embargo, la curiosidad científica ha logrado superar las barreras nacionales y, también, cierta molestia perfectamente comprensible frente al rastreo de la "raza". El Museo del Ermitage de San Petersburgo acaba de reconstruir fragmentos de utensilios hallados en sitios jázaros, donde se menciona varias veces la palabra Israel en caracteres hebreos. Más aún, se ha resuelto someter los huesos encontrados en esos sitios a pruebas genéticas. Estudios de ADN que evocan demasiado las prácticas de la preguerra alemana como para resultar simpáticos, pero que, pese a todo, revelarán el misterio del antepasado fantasma.

Aparte de Koestler, tan apasionado por su hallazgo que encontraba jázaros hasta en la sopa, otro novelista que se ha hecho famoso con el tema es Milorad Pavic, autor del Diccionario jázaro y, detalle curioso, gran partidario de Slobodan Milosevic. Koestler sostenía que, tras la derrota de su imperio, los jázaros se habían refugiado en Crimea. Esto es fácil de comprobar: en el siglo XIV, la República de Génova poseía un establecimiento comercial en Crimea, que llamaban Gazzaria o Jazaria . Un siglo después, frente al avance del Imperio Otomano, los descendientes de esos turcomongoles convertidos al judaísmo huyeron hacia Ucrania, Polonia y Lituania, donde, siempre según Koestler, se convirtieron en la masa de judíos askenazíes de lengua y cultura idisch : los pintados por Chagall, los asesinados por Hitler.

Fin del tabú

Por fin, la Universidad Hebrea de Jerusalén acaba de romper la maldición de los jázaros. Entre el 24 y el 28 de mayo, tuvo lugar en el Instituto Ben Zvi un coloquio internacional que reunió a especialistas como Peter Golden, de la universidad norteamericana de Rutgers, para el cual la conversión de los jázaros se produjo de manera gradual; Norman Golb, de la Universidad de Chicago, que ha revelado la realidad de un proselitismo judío en la EdadMedia, más tarde completamente abandonado, o Constantin Zuckerman, del Collége de France, para el cual esa conversión no tuvo lugar alrededor de 740, como siempre se pensó, sino en 861, es decir, un siglo antes de la destrucción del imperio por el alucinado Sviátoslav.

En 1923, mi padre, que nació en las colonias judías del barón Hirsch, visitó el pueblito de Kurilovich, cerca de Kishinev, entre Moldavia y Besarabia, de donde habían venido a la Argentina sus padres. Viejos parientes del pueblo le aseguraron que la familia vivía allí desde hacía quinientos años, y agregaron esta frase que alimentó mis fantasías durante largo tiempo: "Somos judíos tártaros". Los cinco siglos corresponderían exactamente a la época en que los descendientes de los jázaros se dispersaron a partir de Crimea. ¿Y lo de tártaros en vez de jázaros? Quizás a un deslizamiento de la lengua y la memoria, que los historiadores no tardarán en corregir. Hoy el velo se ha levantado. Los jázaros han dejado se ser tabú. La imaginación de las familias y de los novelistas habrá servido, como siempre, para guardar el fuego. .

El último libro de Alicia Dujovne Ortiz es la novela Mireya (Editorial Alfaguara).
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