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La peor de las herencias (I)

En lugar de consolidar la democracia, se imponen el pensamiento único y la negación de derechos y libertades

Sábado 04 de agosto de 2012
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La democracia es mucho más que un simple procedimiento formal para la elección de los gobernantes mediante el voto popular. Es un sistema que aspira a construir una identidad común que supone, esencialmente, el respeto por los derechos de todos los ciudadanos y la consiguiente realización efectiva del pluralismo político.

Exige también la observancia irrestricta del Estado de Derecho, que se basa en la limitación y división del poder entre los órganos del Estado mediante un sistema de frenos y contrapesos tendiente a lograr un equilibrio que impida el abuso de las potestades que ejercen los gobernantes sobre los individuos y las distintas organizaciones sociales y económicas.

La pieza central que permite el funcionamiento armónico de cualquier democracia, sobre todo cuando el partido gobernante cuenta con mayoría parlamentaria, es la independencia del Poder Judicial, establecida para asegurar los derechos y garantías constitucionales y el principio de legalidad, tanto respecto de los conflictos entre privados como los que suele generar la acción del Estado.

Lamentablemente, desde los sucesivos gobiernos kirchneristas se ha convertido en culto la práctica de imponer, en detrimento del pluralismo democrático, un pensamiento único cuyo ciego acatamiento es condición necesaria para la ayuda del Estado, la sobrevivencia política de los dirigentes y gobernantes, el éxito de los empresarios y sindicalistas, la subsistencia económica de una provincia, la designación de jueces, la distribución de la publicidad oficial y los precios de la economía, entre otras muchas cuestiones relevantes.

La personificación del poder es parte del proceso de identificación del Estado con el partido gobernante, constituyendo una de las formas típicas del Estado totalitario, ahora teñido de una suerte de religión populista, cuya jefa espiritual, a tenor de los dichos del propio vicepresidente, Amado Boudou, es la primera mandataria de la Nación. Mientras tanto, aunque con algunas libertades y derechos inexistentes, el país entra en muchos terrenos que nos están conduciendo a graves problemas sin que la Presidenta parezca darse cuenta de lo que está ocurriendo.

La inflación incontenible, provocada por el desmadre del gasto público y la política monetaria expansiva, nos sitúa junto a Venezuela en una de las escalas más altas de América latina, cuando el mundo se encuentra en recesión. Unida a la situación de inseguridad provocada por el auge de una delincuencia altamente organizada que cuenta a su favor con leyes benignas y jueces dispuestos a dejar rápidamente en libertad a asesinos, ladrones y violadores, está provocando un cóctel explosivo.

Vamos, además, hacia una economía cerrada con cada vez mayores controles de precios, prohibiciones de comprar divisas y restricciones al comercio exterior que exceden cualquier test de razonabilidad y proporción y que provocará, sin duda, el ya conocido efecto sobre el empleo, aumentando la pobreza y la marginación social.

Vivimos en medio de una corrupción cuyo rasgo saliente es la impunidad de la que gozan distintos funcionarios investigados por jueces, en operaciones en las que estarían comprometidos desde Boudou hasta ministros y secretarios de Estado, que en cualquier país republicano y democrático hubieran provocado su renuncia o destitución.

El gobierno del pensamiento único ha realizado en estos últimos años un ataque frontal a la libertad de expresión mediante la adjudicación arbitraria de la publicidad oficial y la persecución a empresarios y periodistas. Hizo sancionar, además, una ley de medios que le permitirá ejercer el control político del sector mediante medidas arbitrarias y restricciones indirectas a las libertades de prensa y de expresión, como lo ha puesto en evidencia al promover el dictado de otra ley que hará posible controlar la producción, importación y venta de papel para diarios.

En lo institucional, ya no se trata de bregar por la mejora de la calidad, sino de salvarnos de la destrucción del Estado de Derecho. A las continuas violaciones de la seguridad jurídica o de las libertades económicas y sociales, se añade la presión que ejerce el Gobierno sobre el Poder Judicial y el Consejo de la Magistratura, aunque es cierto que hay jueces que resisten con dignidad el embate del poder político sobre sus decisiones.

Se trata de la repetición de una historia conocida, aunque rectificada por el propio general Perón en su tercera presidencia, cuando procuró desmontar la ideología del pensamiento único al expresar que para un argentino no había "nada mejor que otro argentino", y que no era conveniente realizar reforma constitucional alguna, sino mantener la Constitución histórica de los argentinos, que no fue hecha a medida de un solo partido. Así, al volver al país, el líder del justicialismo bregó por la unión nacional sin rencores y combatió las organizaciones terroristas en las que entonces militaban algunos de los que ahora rodean y asesoran a la Presidenta.

Esos objetivos no parecen ser los que animan la acción de un supuesto modelo donde no hay otras ideas e instrucciones que las que emanan de la persona que encabeza el partido gobernante y donde no se ve rastro alguno de independencia, sino de absoluta sumisión de parte de los funcionarios públicos.

La paradoja es que el actual gobierno, bajo la carátula justicialista, pretenda volver con renovada virulencia a un pasado que heredó del fundador de su partido, ignorando que éste, hacia el fin de su vida, tuvo la virtud de rectificarlo. Esa es parte de la herencia que nos dejará a todos los argentinos: un país con una democracia sólo electoral, con la economía destruida y con una corrupción creciente donde el Estado de Derecho, en lugar de cumplir la función de garantizar las libertades ciudadanas, se ha convertido en un principio formal concebido al servicio del pensamiento único.

Hay otra parte de la herencia, claramente peor, que está dada por una sociedad cada vez más corroída por las divisiones, los odios y los resentimientos. Pero a esa cuestión nos referiremos mañana desde estas columnas.

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