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La peor de las herencias (II y final)

La siembra del odio es siempre inmoral, en especial cuando proviene de quienes tienen el deber de asegurar la paz interior

Domingo 05 de agosto de 2012
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A los graves retrocesos en materia de calidad institucional y a las innecesarias complicaciones económicas que están creando el asfixiante intervencionismo estatal y los abusos y desvíos de poder, hay que sumar la peor parte de herencia que nos está dejando el actual gobierno: la corrosión de una sociedad por los odios, las divisiones y los enfrentamientos artificiales generados por quienes, paradójicamente, deberían, por el propio mandato constitucional, procurar la consolidación de la unión nacional y la paz interior.

Ninguna sociedad enfrentada por divisiones, odios y antinomias podrá marchar pacíficamente por la senda del progreso. La historia argentina ha estado en distintos momentos signada por conflictos de ese tipo que provocaron un enorme daño a la Nación. Cuando todo parecía estar dado para superar esa clase de disputas, los últimos años depararon inesperados intentos de división: campo contra ciudad, ricos contra pobres o "progresismo" contra "la derecha" fueron algunas de las nuevas y absurdas antinomias acuñadas y alimentadas desde sectores políticos oficiales.

Viejísimas apelaciones contra supuestas oligarquías e imperialismos y acusaciones de "destituyentes" o "golpistas" contra quienes disintieran de las políticas del Gobierno han estado a la orden del día en los últimos tiempos, junto con peligrosas referencias a una presunta lucha de clases que dista largamente de estar en el sentimiento de la inmensa mayoría de los argentinos.

Se fue perdiendo así la oportunidad de avanzar hacia un escenario político y social en el que prevaleciera la voluntad de construir acuerdos sólidos y estables, a partir de consensos que se tradujeran en políticas de Estado para resolver los problemas más acuciantes del país.

La revisión del pasado trágico de la Argentina sin tener presente que nuestra sociedad sufrió embates de violencia de diferente signo fue un primer paso para sembrar la semilla de la división. Cuando se cree que el ideal de justicia debe estar al servicio de una concepción política o ideológica unilateral, se pierde el sentido de la justicia.

Perseguir a quienes fueron responsables del terrorismo de Estado sin siquiera admitir que también existió la violencia terrorista de organizaciones guerrilleras, que no estuvieron exentas de cometer delitos de lesa humanidad, no parece moralmente lícito. Su resultado no fue otro que la expansión de los odios y los resentimientos, a partir de una suerte de búsqueda de venganza ideológica.

El ascenso a los primeros planos en su relación con el Gobierno de figuras como Hebe de Bonafini, que extendieron su mensaje de odio tras aplaudir actos terroristas como el que provocó la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York y alrededor de 3000 muertos, distó de ayudar al afianzamiento de la concordia nacional. Tampoco la utilización por parte del Gobierno de fuerzas de choque dirigidas a "ganar la calle", entre las que se destacaron dirigentes como Hugo Moyano –ahora enfrentado con las propias autoridades nacionales– o Luis D’Elía, quien hizo famoso su "odio" por "los blancos del Barrio Norte".

El estilo de crispación y agresividad, como la estrategia de construir poder por medio del conflicto y la permantente creación de enemigos, que caracterizó al gobierno de Néstor Kirchner alentó las persecuciones y cimentó un clima de miedo y de más resentimiento. Su sucesora, en lugar de bregar por una apertura, no hizo más que profundizar ese estilo de gestión y alentó ataques contra periodistas y directivos de medios que se resistieron a silenciar sus disidencias o a dejar de mostrar hechos que pudieran empañar la imagen de su Gobierno.

Hubo, con todo, un importante margen de maniobra como para que quienes tienen el deber de conducir el destino político de la Nación rectificaran sus errores. La hora de la celebración del Bicentenario hubiera sido el momento más propicio para facilitar el reencuentro y la reconciliación de los argentinos. Sin embargo, no hubo voluntad oficial por avanzar en esa dirección.

En más de una oportunidad, la jefa del Estado realizó llamamientos a la unidad nacional. "Quiero superar esa Argentina enfrascada en discusiones que nos dividieron y enfrentaron. Tenemos que superar esa manía nuestra de dividir", afirmó en marzo de 2011. Tanto este como otros llamados semejantes invariablemente terminaron en más ataques de la propia Presidenta a quienes disienten de su proyecto o simplemente opinan distinto.

Lamentablemente, parece prevalecer hoy en quienes nos gobiernan una mirada extraviada, que concibe que el éxito de sus medidas o, más aun, de su particular proyecto de poder, requiere necesariamente de la provocación a ciertos sectores sociales o económicos y del crecimiento de la conflictividad. Se trata de una lógica perversa que, lejos de procurar consensos, sólo avanza hacia la profundización de las divisiones y que hasta amenaza con recrear procesos de violencia, basados en sentimientos revanchistas amparados en disputas ideológicas.

La siembra del odio es siempre inmoral y, por tanto, condenable. Mucho más cuando proviene de quienes, desde lo más alto de las responsabilidades públicas, deben servir de modelo para el afianzamiento de la unión nacional y de una democracia verdadera, sustentada en el diálogo, el respeto, la tolerancia y el pluralismo de ideas.

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