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Lúcido recato

ADN Cultura

No es la ausencia de Héctor Tizón lo que se hará evidente con el paso de los días. Es su presencia. La presencia de su obra ganará con su partida esa extraña proyección que cobra entre los vivos la palabra de los muertos.

Dos escritores, me aseguraba hace un tiempo Santiago Sylvester, merecen entre los nuestros el Premio Nobel de Literatura. Uno es Juan Gelman; el otro, Héctor Tizón. Uno mejor conocido que el otro internacionalmente, pero ambos indispensables en la geografía literaria de hoy.

Tizón supo contarnos los secretos más entrañables de su Jujuy natal. A la vez y más allá de todo localismo, retrató lo que somos, lo que siempre fuimos, lo que seguramente nunca dejaremos de ser los hombres, expuestos como estamos a los dilemas de la identidad, la intensidad del amor y el distanciamiento y la certeza de la muerte.

Tizón fue un hombre sencillo. Invulnerable a la desmesura y la jactancia, el suyo era el recato de los seres lúcidos. En el trato, prefería mostrarse como un oyente. Nada más lejos de él que la locuacidad. Amigo fiel de sus amigos, sabía brindarse mediante la sobriedad de intervenciones siempre breves y precisas. La calidez le brotaba de los ojos y de esa sonrisa suya que era toda hospitalidad. Lo conocí en Londres cuando allí se desempeñaba como funcionario de la embajada argentina, en tiempos de Raúl Alfonsín. Fue durante una recepción. El asombroso recato de sus gestos hacía pensar más bien en un tímido invitado antes que en un anfitrión.

Del juez que era decía que le daba de comer al escritor. Del escritor, que había aprendido a callar con los indios. Los indios, decía, mezquinaban las palabras para que cada una fuese oída como es debido.

Yo solía visitarlo en Yala donde Flora, su mujer, siempre resplandecía. Con ella, era imposible sentirse un intruso. Tendía sin cesar puentes y más puentes de cercanía. La primera vez que fui, me costó ubicar la casa. Pregunté por ella a una pareja de jóvenes que se cruzó en mi camino. Sonrieron como si mi desorientación fuera inexplicable. "Ahí", me dijo la muchacha extendiendo un brazo. Más tarde me enteré de lo mucho que Tizón era querido también por sus vecinos. Sabían que ese hombre había infundido a la tierra de todos una voz que los nombraba. Una voz en la que se reconocían y se desconocían simultáneamente. Como cabe cuando escribe un gran poeta..

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