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Traducir y corregir, oficios terrestres

LA NACION
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Graciela Melgarejo
Lunes 13 de agosto de 2012
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No es raro que sean los propios interesados, los traductores y los correctores, los que salgan a explicar por qué es tan importante lo que hacen. Aunque su tarea es fundamental y hasta imprescindible, poco se conoce de ella.

En el caso de los traductores, la norteamericana Edith Grossman pone un poco las cosas en su lugar en su libro Por qué la traducción importa (Katz Editores, 2011, traducción de Elvio E. Gandolfo), texto recomendado semanas atrás por adncultura, una recomendación que mucho se agradece. Grossman, que entre muchas otras obras tradujo al inglés el Quijote y la poesía del Siglo de Oro español –y a quien el crítico literario Harold Bloom llamó la "Glenn Gould" de la traducción–, dice que su intención es "estimular una consideración nueva de un área de la literatura que demasiado a menudo es ignorada, incomprendida o tergiversada", porque "la traducción siempre nos ayuda a saber, a ver desde un ángulo distinto, a atribuir un nuevo valor a lo que alguna vez puede haber sido desconocido". Se queja, y con bastante razón, de "la tendencia lamentable de demasiados editores a tratar a los traductores con displicencia o a desestimarlos como irrelevantes" y de que parezcan, los traductores, "ser una parte familiar del paisaje natural: tan comunes y habituales que corremos el riesgo de volvernos invisibles".

Si esto pasa con los "mediadores" en lenguas desconocidas para los lectores, qué ocurrirá con los correctores, que llegan siempre, como los bomberos, para apagar los fuegos de las erratas y los errores en los textos. Por eso fue tan oportuno el correo electrónico del lector Guillermo Bellotti, del 6/8, titulado "Sobre los correctores, su Congreso y Gabo". Escribió Bellotti: "Es interesante el dato sobre la realización del Congreso de Correctores de Textos en Español en Guadalajara. Me recuerda otro que da el propio Gabriel García Márquez, como testimonio de sus errores, no de sintaxis sino de ortografía. Él mismo se encarga de aclararlo en su libro Vivir para contarla (Debolsillo, 2005, pagina 174) al hablar de su paso por el bachillerato: «Hoy me doy cuenta de que (el Hermano Reyes) tenía razón. Sobre todo por la ortografía, que fue mi calvario a lo largo de mis estudios y que sigue asustando a los correctores de mis originales. Los más benévolos se consuelan con creer que son torpezas de mecanógrafo».

"La secreta y ardua tarea de estos trabajadores, que jamás son citados en los títulos de los libros, debe de estar llena de anécdotas y confidencias, que rara vez llegan a nuestros oídos, y mucho menos de puño y letra de un Nobel de Literatura. Sería interesante saber algo de ellos a través de un colega que reúna en un libro algunas de sus experiencias. La lección del maestro, del crítico y traductor norteamericano Norman Thomas di Giovanni, libro en el que cuenta sobre los años transcurridos al lado de Borges como traductor de su obra al inglés –y que le valieron tanto elogios como críticas– es una parte de la tarea previa a la edición, cercana al corrector pero no exactamente igual."

En Lecturalia (www.lecturalia.com), la red social de literatura, comunidad de lectores y comentarios de libros que también recomendamos hoy en esta columna, en una entrevista hecha al corrector español Juan Manuel Santiago, se le pregunta sobre los errores "más comunes" en textos literarios. Contesta Santiago: "Soy admirador incondicional de los textos escritos en español pero [están] repletos de falsos amigos, pasivas y mayúsculas provenientes del inglés. ¡Es como si el autor quisiera demostrar que solo lee en versión original!"

Imposible no relacionar esta respuesta con una reciente experiencia personal en un avión. Ya listos para partir, la voz electrónica de una azafata invisible describe los pasos por seguir en una emergencia, mientras en una pantallita de TV un muñequito los ejecuta. Cuando la voz indica que, si la cabina se despresuriza, "Máscaras caerán", uno se acuerda de "Traducir esta página" en Google, y se encomienda al dios de los idiomas.

© La Nacion

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