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Perspectivas

La moda de las guerras a distancia

Enfoques

Las distancias entre las potencias mundiales y algunos países emergentes, como nuestra Argentina, no son tantas como muchos pesimistas apátridas creen y dicen.

La guerra y las armas que los gobernantes utilizan en estos tiempos contra sus enemigos resultan, aunque parezca increíble, un buen terreno para establecer y comprobar esas cercanías.

A los lectores suspicaces o incrédulos cabe hacerles una advertencia: pueden existir dificultades para constatar semejanzas si el observador padece de exceso de literalidad, falta de imaginación, ausencia de metáfora o incapacidad de representación simbólica.

En estos días, los drones se han convertido en el símbolo de la guerra de los nuevos tiempos. Esos aviones no tripulados, capaces de matar con precisión quirúrgica a un enemigo ubicado a miles de kilómetros, son el arma preferida de las grandes potencias. Operaciones eficientes, limpias, sin sangre que salpique al victimario, sin necesidad de ver los ojos, de escuchar el último gemido ni oler el miedo de la víctima.

En estas tierras menos desarrolladas tecnológicamente, pero no menos imaginativas, las guerras que les tocan librar a los gobernantes son otras, sus enemigos no son los terroristas internacionales y no se refugian tan lejos. Pero el concepto estratégico y logístico es el mismo. Nada de cuerpo a cuerpo. Ninguna cercanía que pueda inspirar piedad o compasión, que abra el peligroso espacio de la duda, que altere el objetivo final del triunfo absoluto, de la rendición incondicional del otro o, mejor, de la aniquilación del adversario.

Nada de exponerse a peligrosas réplicas, como la metralla de preguntas envenenadas o la presentación de argumentos y datos irrefutables. En la guerra (que, ya se sabe, para muchos no es la negación de la política, sino su continuación por otros medios) hay que evitar hasta los rasguños. Y ahora es posible. Es el camino a seguir.

En el territorio cultural, la teoría de la no mediación entre gobernantes y ciudadanía (también conocida como "plan de exterminio de periodistas profesionales") lleva ganadas varias batallas. Ya no basta, se admite, con medios y comunicadores afines que difundan el mensaje, que construyan un pasado, que dibujen un presente, que descalifiquen a adversarios, que tergiversen sus dichos, que les inventen expresiones nunca dichas o les adjudiquen intenciones jamás imaginadas.

La Presidenta se ocupa personalmente, pero a distancia. Ya no sólo no da conferencias de prensa. Ahora, tampoco recibe a gobernadores que le traigan problemas y, menos aún, a políticos que tengan la absurda aspiración de ocupar algún día su lugar.

Para ellos no tiene drones, pero cuenta con la televisión o, mejor aún, con los certeros micrófonos de la cadena nacional, capaces de llegar hasta los más lejanos confines. Esa arma no tripulada por ningún profesional mediático, sólo en manos de quien tiene todo el poder, se ha vuelto imprescindible. Casi una adicción..

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