Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
 
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

Nunca es triste la verdad

Mirar a través de los ojos de Cristina

Opinión
 
 

La otra noche, con mucho atraso y por recomendación pública de Cristina Kirchner, vi por fin la película Juan y Eva. La filmó Paula de Luque, una promisoria cineasta que ahora trabaja con dirigentes del Movimiento Evita para filmar la vida de Néstor. De Luque es una directora sutil y talentosa, aunque su film sobre el '45 esté destinado a los que se hicieron peronistas hace diez minutos. Mientras contemplaba desde el living de mi casa esa prehistoria, no podía dejar de imaginar qué pasaba por la cabeza de Cristina mientras veía esas mismas imágenes y escuchaba esos parlamentos legendarios. Supongo que la empatía le resultaba directa. Aquello que ocurrió está sucediendo de nuevo: el gorilismo, el establishment, la oposición, los norteamericanos, y por otra parte, la patria, los obreros y el amor del General y la morocha teñida de rubio y de gloria. Es curioso, porque muchos oficialistas y opositores de hoy piensan realmente que se sigue librando aquella misma batalla. Hay algunos críticos que además caracterizan al kirchnerismo como un viaje al pasado sin boleto de vuelta.

Tratar de mirar con ojos de Cristina me hizo por un momento imaginar su soledad. Que sus colaboradores describen en voz baja y con creciente preocupación. Es que ese ensimismamiento suele producir paranoia en los estadistas. Para los ensimismados, toda crítica proviene de un interés o de una jugada secreta, que el estadista intenta descifrar antes que admitir y metabolizar, con el objeto último de castigar al emisor y calmar la conciencia propia. Esa monomanía, vale aclararlo, no suele detenerse en opositores: cae también sobre aliados y leales. Se suma a esto que nuestra Presidenta es hipersensible a las letras de molde. Imaginen la magnitud de las laceraciones que debe producir en cualquier estadista una sucesión ininterrumpida de malas noticias y artículos adversos. Quienes han trabajado codo a codo durante años con Cristina destacan una insólita inseguridad de fondo. Confieso que siempre admiro ese rasgo humano, tan cerca de la duda cartesiana. El problema se complica cuando algunos inseguros crean dogmas de donde sujetarse. Quizá a esa inseguridad se deban siempre las políticas tajantes, los soldados irreductibles, los discursos blindados.

Dos días después de ver aquella película me encontré en televisión con un momento inquietante. Fue cuando Cristina improvisó un monólogo frente a los movileros y dijo: "La historia, más allá de lo que digan ahora, te va a recordar de otra manera. Como pasó con él (Néstor). En realidad, lo que quiero es estar en la historia para volver a encontrarme con él". La frase orilló el llanto.

El refugio de Menem frente a la lluvia de críticas impresas era el extranjero. El refugio de Cristina parece ser la historia. Y no sólo la historia mistificada del primer peronismo. Me dicen que ella nunca manifestó fervor por la novela ni por la poesía, aunque sí por algunas páginas de Cortázar y de Galeano. Y que como buena abogada dedicada a la gestión pública es una escrutadora tenaz de informes técnicos y jurídicos. Pero que donde descansa su pasión lectora es en la historia política. Suele mantener conversaciones deliciosas, sorprendentes y controversiales con algunos miembros de su criatura: el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino. Cristina sostiene, como algunos de ellos, que en la batalla de Caseros la Argentina perdió la posibilidad de ser Estados Unidos, puesto que en la Guerra de Secesión triunfó el norte industrialista sobre el sur agrícola y conservador. Cree, asimismo, que en Caseros ocurrió exactamente al revés, y por supuesto, se siente rosista: ha ido a actos públicos con una cinta rojo punzó en la solapa. También tiene opinión sobre Cornelio Saavedra: algunos nacionalistas comparan con el 17 de octubre aquella movilización popular del 5 de abril de 1811 que lo mantuvo en el poder contra la conjura morenista. Aunque eso no le impide apreciar a Mariano Moreno y su jacobinismo patriótico. Moreno, Saavedra, Güemes y su hermana Macacha, son algunos de los retratos que la rodean en la Casa de Gobierno. Hace unos años le llevó a Hugo Chávez, otro lector voraz de la historia latinoamericana, El loco Dorrego, de Hernán Brienza, y hace unos meses, un libro con el pensamiento de Jorge Abelardo Ramos, ideólogo de la izquierda nacional y el ensayista que Cristina más admiró. Lo curioso, en este caso, es que Ramos fue un duro crítico de las juventudes políticas peronistas que quisieron condicionar a Perón y que se metieron en las organizaciones armadas durante los ahora reivindicados años 70. Ramos sentía desprecio por esa vanguardia que pretendía colocarse por encima del movimiento de masas.

Existe una explicación pragmática para toda esta operación presidencial: sostener una tradición nacional y popular donde inscribir la "gesta kirchnerista" y a la vez conformar una galería de malos y perversos (las corrientes liberales y cipayas) donde colocar a la oposición y a los diarios. Esa operación es de blancos y negros, y fácilmente adquirible por la militancia acrítica. Sin embargo, me pareció imaginando cómo miraba Juan y Eva y viendo cómo sollozaba al confesar que luchaba por entrar en la historia para reencontrarse con su marido muerto, que el asunto tiene aristas más personales. Que encubre un grito íntimo y analgésico, acaso un consuelo impronunciable: "Ustedes me acusan, pero la historia me absolverá"..

TEMAS DE HOYInseguridadElecciones 2015Choque de tren en OnceQuita de subsidios