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Cormillot: "No sabía cómo comunicar que tenía cáncer"

El médico habló con LA NACION sobre la enfermedad por la que fue operado, cómo vive hoy y qué opina de Cuestión de peso

Jueves 23 de agosto de 2012 • 09:33
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PARA LA NACION
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En mayo le descubrieron un cáncer de colon. Se operó inmediatamente, pero al principio no se animó a contar lo que le pasaba. Después de pensarlo mucho, decidió decir la verdad. Alberto Cormillot, el principal referente de la lucha contra la obesidad en la Argentina, me recibe en su consultorio de Núñez, llenísimo de libros. Serio, pero amable, cuenta cómo fue ese momento bisagra en su vida, cómo vive hoy y qué opina de Cuestión de peso y de la no intervención del Estado en asuntos nutricionales.

-¿Cómo está?

-Estoy muy bien, estoy al cien por cien en mis actividades, y al ochenta por ciento en el tap.

-¿Le preocupaba mucho volver al tap?

-Era lo que más me preocupaba. Primero tuve la operación de cáncer, y después tuve una septicemia. Entre las dos cosas bajé como seis kilos, y ya estaba muy flaco así que los perdí de músculo. Los subí después, enseguida, pero los subí de grasa. Entonces, empecé con rehabilitación.

-¿Qué tipo de rehabilitación?

-Ejercicios con un kinesiólogo. Los grabé y los repetí con mi profesora de tap, con algún agregado que tenía que ver con la danza. Todavía no hace dos meses que salí y hace tres semanas me puse los zapatos. En ese momento, apenas podía bailar tres minutos, pero ahora ya estoy bailando una hora y media seguida.

-¿Tan importante es el tap en su vida?

-Es mi actividad física, mi parte lúdica. Es la segunda actividad más importante que tengo, después del trabajo. Tomo ocho clases por semana.

-¿Por qué no dijo públicamente que tenía cáncer desde un principio?

-Porque no sabía cómo comunicarlo. Recién el día que salí de la internación, decidí que lo iba a decir. Durante 48 años, construí un vínculo con los medios, con los periodistas. Y si yo no decía la verdad sentía que estaba rompiendo la confianza.

-Porque además de médico es comunicador...

-Claro. Y yo comuniqué todas las enfermedades de las personas públicas, incluso las de los presidentes: Alfonsín, Menem, De la Rúa, Cristina, Néstor. Mi comunicación era lo suficientemente buena como para que los medios me buscaran más que a un especialista. Entonces dije: "¿quién mejor que yo para comunicarlo?"

-¿Y cuál era la duda? ¿Por qué no contar que uno tiene cáncer?

-Lo primero que se me cruzó fue "¿cómo le cuento a la gente que a mí, que soy la persona que posiblemente más requisitos de salud cumpla, me apareció un cáncer de colon? Sentía que iba a tener un impacto negativo. Que iban a pensar cosas como "¿para qué te cuidás tanto si total te aparece un cáncer?"

-¿Qué le responde a esa gente?

-Yo trato de rescatar el valor de la prevención, de la conducta. En este caso el valor de la colonoscopía. Yo detecté mi enfermedad porque le presté atención a mi cuerpo.

-¿Qué síntomas tuvo?

-Me sentí cansado y supuse que tenía algo. "Esto puede ser Alzheimer", pensé. Notaba que no aprendía las coreografías, estaba más lento en la radio, era otro. No estaba funcionando, no estaba con la debida atención, con el debido empuje. Entonces, me hice un análisis y me dio que tenía pocos glóbulos rojos. Primero se lo atribuí a las aspirinas. Las suspendí. Me hice análisis de materia fecal y había sangre oculta. Tomé hierro y al cabo de un mes, cuando me hice otro análisis, pedí marcadores de cáncer porque sentí, "esto es Alzheimer o cáncer". Y era cáncer.

-¿Dejó de trabajar para dedicarse a eso?

-Sí. Así que en el medio de todo yo pensaba: "¿cómo lo digo?" Entonces di una respuesta vaga, dije que tenía divertículos porque después podía decir: "bueno, encontraron cáncer". La verdad, me costaba trabajo contarlo.

-¿El cáncer tiene un origen emocional?

-No tiene nada que ver. Está comprobado. Te podés angustiar todo lo que quieras pero cáncer no te va a venir. Te pueden venir otras cosas, una úlcera, una colitis, una jaqueca... cosas para las que uno está predispuesto, pero cáncer no.

-¿Hay explicación para el cáncer?

-El 30% se debe al cigarrillo, otro 30% a la mala alimentación y falta de actividad física. Un porcentaje se debe a radiaciones. Hay otros que tienen que ver con productos químicos...Y después, el resto, se dispara por genéticas, como en mi caso. Ni mi padre, ni mi madre, ni mis tíos, ni mis abuelos, ni nadie en la familia había tenido cáncer. Soy flaco, hago actividades físicas, consumo vitamina D, aspirinas, fibra, las cinco porciones de frutas y vegetales al día, no fumo, no bebo... O sea, soy el manual.

-¿Y emocionalmente cómo estaba? ¿Era una persona feliz?

-En general, yo siempre soy una persona feliz, porque mi definición de felicidad es levantarme a la mañana y tener ganas de enfrentar las cosas del día. No fui feliz cuando se murió mi mamá, o mi papá, o cuando mi nieta tuvo un accidente, o cuando tuvieron que operar a mi hija. Pero fuera de esas circunstancias me considero feliz por el hecho de levantarme a la mañana y tener entusiasmo para hacer todas las cosas que hago.

-¿Cómo retomó su vida después de la operación?

-La primera semana que salí de la septicemia estaba muy flojo, estaba en un sillón, en una cama todo el día, y no tenía energías. Una semana creo que me lo banqué, y después al cabo de ocho o diez días, no lo soporté más. No pensaba "no tengo cáncer", pensaba "no tengo energía". No tenía hambre. Venía la nutricionista y negociaba conmigo: "tenés que comer esto". "No, esto no quiero". Empecé a comer duraznos en almíbar con dulce de leche. Comí pizza con fainá, milanesa con papas fritas…

-Fue como una revancha.

-No, porque no lo disfrutaba.

-¿Le hicieron quimioterapia?

-No. Rayos tampoco. Me sacaron muchos ganglios. Siempre sacan diez o quince. A mí me sacaron veinticuatro. Y dieron todos negativos, ahí decidí que no me hicieran la quimio.

-¿Tiene miedo ahora?

-La verdad que sí, pero está en un rincón. Las expectativas son muy buenas. De todos modos, es un tema que no tengo presente durante el día porque estoy muy ocupado.

-¿Pensó que se moría?

-No, de la operación pensé que seguro salía bien. O sea, en ningún momento pensé que me iba a morir en forma inmediata.

-Lo tomó con mucha tranquilidad.

-Sí, nunca me pregunté ¿por qué a mí?, como mucha gente se pregunta. Creo que tiene que ver con que durante muchos años trabajé con las distintas maneras de pensar que tienen las personas, y de alguna manera lo compré, que el "por qué a mí" no tiene ningún sentido.

La obesidad y Cuestión de peso

Cormillot, en Cuestión de peso en 2011
Cormillot, en Cuestión de peso en 2011. Foto: Archivo

-¿Qué le produce un obeso cuando lo ve?

-El que me pide ayuda, ganas de ayudarlo. No ando por la vida mirando a los gordos. Lo que me moviliza es ver a un niño gordo, porque lo veo víctima inocente de un sistema que, perversamente, engorda a la población en un uno por ciento por año. O sea, cada año hay 400 mil gordos más. Y los que van engordando más son los chicos.

-¿Con sus hijos fue estricto?

-Con mi hija, cuando empezó a engordar a los 15 años, cometí todos los errores posibles. Procuré que adelgazara hasta los 20. Y lo único que logré fue generar una barrera entre ella y yo. Después me callé la boca. A los 25 adelgazó y se mantuvo un tiempo. Después engordó de vuelta, mucho, y ya nunca más le dije nada. Hasta que un día decidió hacerse el by pass gástrico.

-¿Lo perdonó?

-Sí. Pero yo me desesperaba porque sabía lo que iba a sufrir, todas las cosas que se iba a perder, las discriminaciones de las que iba a ser objeto.

-En Graduados hay un personaje que fue gorda en la adolescencia y en la adultez, ya flaca, se quiere vengar de todos.

-Sí, viene una cosa de revancha. Posiblemente ahí lo están exagerando, pero sí pasa que el que sufrió mucho hostigamiento queda tocado. Pero, en general, la mayoría de la gente después se olvida y se engancha con su vida más que con el rencor.

-¿Le gusta Cuestión de peso?

-No me gusta cuando hacen cosas en las que se pueden llegar a sentir ridículos. En general lo hacen poco, pero a veces se les escapa. Y el mensaje que llega con ese tipo de cosas, no es bueno. Y cuando hay situaciones en las que hay peleas entre ellos, no me gustan nada.

-¿Qué parte rescata del programa?

-Yo rescato que es muy difícil tener durante una hora y media la posibilidad de mandar mensajes de salud con ocho o diez puntos de rating. Eso es lo excepcionalmente bueno de Cuestión de Peso. Que es un envase amigable. Y por eso hago negociaciones con la producción.

-¿Cómo cuáles?

-Por ejemplo, a veces los participantes tienen jornadas muy largas, porque tienen que grabar. Entonces hay un tira y afloje. A los productores les pagan para hacer rating. Y en el inconsciente de la gente hay un menosprecio al gordo. Eso existe. Y a la crueldad que puede tener la televisión con la gente gorda, se suma la exigencia del día a día, de grabar un programa todos los días y hacer todos los días una hora y media.

-Entonces, ¿cómo la pasan los participantes?

-Bien, se divierten, tienen acceso a cosas que no habían tenido en su vida: bailar, hacer coreografías, hacer personajes. Están expuestos a un mundo totalmente nuevo: bajan de peso, salen, la gente los reconoce... Los que nunca habían tenido pareja, empiezan a tenerla...

-¿Y cuando los pesan y si subieron les dicen: "te vas del reality"?

-Eso es fuerte. Pero es el reglamento. Y los que quieren pueden seguir el tratamiento en la clínica, gratis.

-¿La vio a Jenny, la ex participante de Cuestión de peso que estuvo en "Bailando por un sueño"?

-No la vi, pero creo que fue un muy buen logro. Y era lógico que durara poco tiempo porque ahí hay bailarinas que son excepcionales. Pero se dio el gusto.

-¿La mayoría de la gente tiene tendencia a engordar?

-No, la sociedad hace que vos engordes. La obesidad es un problema industrial.

-¿Por el tipo de alimentos que se ofrecen?

-Claro, la explosión de obesidad viene junto con la explosión de las gaseosas azucaradas. La gaseosa, la comida rápida y la no intervención del Estado en esta epidemia. No se hacen campañas para adelgazar porque no se quieren tocar los intereses de la industria de la gaseosa y la industria azucarera. Todo eso se te mete en la cabeza. Y no está la contrapartida del Estado diciéndote qué es lo que podrías hacer.

-O sea usted... ¿nunca una Coca-Cola?

-Jamás. La tengo fuertemente identificada con el daño.

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