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Sábado 25 de agosto de 2012
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LA NACION
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Texto: Jim Geoghan, con traducción y adaptación de Fabián Strata y Pablo Novak / Dirección: Lia Jelin / Elenco: Pablo Brichta, Campi, Daniel Campomenosi, Gabo Correa y Tomas Fonzi / Diseño de escenografía y vestuario: Julieta Ascar / Diseño de iluminación: Omar Possemato / Duración: 90 minutos / Sala: Maipo. Nuestra opinión: buena

Esta propuesta es todo un homenaje a los profesionales del humor que por talento, carisma y presencia escénica se convirtieron en grandes capocómicos. No sólo a los que han conquistado para siempre la popularidad televisada, sino también a aquellos que lentamente fueron opacados por el olvido.

Son muchos los nombres que pertenecen al imaginario porteño e integran la galería de humoristas queridos y respetados que han hecho de los monólogos un arte en sí mismo: Dringue Farías, Juan Verdaguer, Pepe Arias, Pepe Biondi, José Marrone, Niní Marshall, Olinda Bozán, Tato Bores, Alberto Olmedo, Jorge Luz, Rafael Carret, Jorge Porcel y Javier Portales, entre tanto otros.

La obra presenta dos tipos de cómicos para mostrarlos más allá del escenario y despojados de las exigencias profesionales que parecen idealizarlos. Desnudos en sus debilidades y ambiciones desmedidas, en realidad son el paradigma de los sobrevivientes de una actividad que a veces tiene la crueldad de devorárselos en el más absoluto silencio y abandono.

Un monologuista, Cartucho, ha conocido tiempos mejores de prosperidad y reconocimiento. En la actualidad, vive olvidado en una pensión, con la fantasía de poder participar en el programa de televisión de Tito, de gran audiencia y alto rating. Le cuesta aceptar que su rutina ya está pasada de moda y sus chistes carecen de originalidad. Por su parte, Jerry y Tom son un dúo de cómicos que presenta un espectáculo en un café concert con relativo éxito, pero también sueñan con la popularidad que promete la televisión, pero la intervención de un representante oportunista logra separar a los cómicos.

Finalmente, los tres actores se encuentran en el famoso programa y cada uno muestra su verdadera faceta humana, con mezquindades y avidez, por un lado, y con la ingenuidad y la inocencia de los espíritus sencillos, por el otro.

El planteo es simple y encuentra un acertado desarrollo en la primera parte de la obra, la que corresponde a Cartucho, con un tiempo preciso y un ritmo bien ajustado. Cuando llega la segunda parte, la del dúo, se empieza a registrar cierta morosidad en la acción dramática y el tiempo se va ralentando hasta que, en la tercera parte, el ritmo vuelve a ajustarse.

Pero, más allá de este reparo, el fuerte de la propuesta está en la actuación, con un nivel bastante parejo, donde sobresale el trabajo que realiza Pablo Brichta, como Cartucho, al crear un personaje reconocible en su decadencia y conmovedor por su carga de ternura. Lía Jelín acierta con una puesta que demanda una dinámica aceitada y lo logra con el respaldo de la escenografía, que transforma los diferentes ámbitos y confiere a cada espacio la atmósfera que requiere.

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