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Siberia

Un numeroso elenco de adolescentes da vida a esta divertidísima propuesta que pone el ojo en el inagotable mundo de los teatristas

Domingo 26 de agosto de 2012
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PARA LA NACION

Dramaturgia :Matias Lopez Barrios / Dirección :Deby Wachtel / Intérpretes: Agustin Vitale, Antonella Ruggeri, Camila Grigera, Daniel Mintz, Francisco Longo, Iara Scornavacca, Luciano Vesprini, Lucio Robredo, Lucia Cisneros, Lucia Meira, Matias Gonzalez, Nagore Aznarez, Ramiro Mendoza / Escenografía: Florencia Viton y Sonia Schwarcz / Luces: Mili Chain / Vestuario: Paz del Percio / Asistente: Matias Lopez Barrios / Funciones: domingos, a las 19 / Sala: Caliban, México 1428 PB 5 (4381-0521) Nuestra opinión: muy buena

El primero y gran acierto de Deby Wachtel, como directora, es saber rodearse -para armar sus elencos- de adolescentes encantadores. No es la primera vez que lo hace ( Bondi fue un clarísimo ejemplo de esto) y, claro está, no será la última. El numeroso grupo de actores que cuentan Siberia tienen una frescura, una espontaneidad y un disfrute a flor de piel que se vuelve contagioso en la platea.

La historia que se narra es un pequeño gran delirio de teatro dentro del teatro. Una lange divertidísima en el que aparecen espectadores, actores, tramoyistas, directores, técnicos en escena para tratar de contar una historia con aires tan chejovianos que hasta terminan acusados de plagio. La escena y el detrás de escena se confunden de tal manera que ya nada importa. Es que más allá de la seriedad con que el elenco de la ficción trate de tomarse los sufrimientos de los seres que rodean a un tan tío Vania, todo deviene en una comedia de enredos tapada de malentendidos. El hilo del ovillo se va enrollando y luego desenrollando con una simplicidad y una simpatía que se agradece.

La obra que escribió Matías López Barrios -un ex alumno de la directora- va y viene en la narración y va y viene en el intento de llevarla adelante. Puede pensarse que estos vaiventes entorpecen la acción o confunden a quien la ve, y es probable que así sea, pero ¿qué más da? El resultado es desopilante. Es difícil no tentarse a carcajada loca durante gran parte de la obra.

Son, sobre todo, las ocurrencias de este autor -muy amasadas por la directora y fantásticamente traducidas por los jóvenes actores- las que empujan hacia adelante esta historia donde, más allá del inconfundible sello ruso, habla de la vida de los teatristas, de lo difícil que es llevar a cabo un proyecto, y de los actores, de sus vanidades, sus miedos, de una sensibilidad extrema que los vuelve seres frágiles, altamente vulnerables.

El trabajo de puesta en escena de Deby Wachtel -más allá de todo el humor que impregna la obra- clarifica ese universo que desde la platea se percibe como algo dado, sencillo; como subirse al escenario, actuar y ya. Pero ella tiene la hábil mano de convertir lo que bien podría ser a tragedia en comedia. Así aprovecha a sus actores para hacerlos explotar en escena. Uno de los casos imperdibles es el del contenido Señor Argentores, que termina siendo un amante del musical, un tapado que sólo necesitaba un guiño para saltar al escenario y robarse la obra. Es una pena no tener los nombres de los actores -personaje por personaje- en el programa de mano; uno se va queriendo recordar algunas caras para imaginar que se las puede volver a encontrar en otra (pronta) oportunidad.

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