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Punto de vista

Hoja de ruta para lograr la "re-re"

Enfoques

Por   | Para LA NACION

Desde que empezó la discusión del Código Civil muchos observadores modificaron la óptica que tenían respecto de la reforma constitucional. La reforma, hoy en fase uno, era vista en general como un nuevo caballo de Troya, con la "re-re" en el vientre. Más de lo mismo. Un calco impudoroso, pensaban, de la gran causa de Carlos Menem en la segunda mitad de los noventa, obsesión que al final rebotó contra el sentido común.

Pero ver cómo el Gobierno manipula el bisturí sobre el Código Civil, sus profundas apetencias de expansión doctrinaria, tornó verosímil la versión que daban los kirchneristas más extrovertidos sobre la reforma constitucional K cuando avisaban que, en este rubro, ir por todo no significa quedarse en el poder, simplemente, sino dar vuelta la Constitución entera. Además, claro, de barrer las restricciones para la perpetuación.

Todo parece indicar que quienes están preocupados por la posibilidad de que el kirchnerismo arme una nueva Constitución ajustada a su particular cosmovisión del universo hacen bien. Hacen bien en preocuparse.

Esa intención existe y, obviamente, está sujeta -como todo- a los vientos económicos. ¿Se la impondría al amparo de una mayoría electoral, como hace 63 años, contra la expresa voluntad de las minorías? Quizá la idea esté a mitad de camino entre el modelo consensual -aunque de resultados insatisfactorios- de la reforma de 1994 y el espíritu faccioso de la de 1949, convertida luego por el propio peronismo en pieza de museo.

En forma indirecta, el tratamiento de la expropiación de la ex Ciccone acaba de recordarnos que el requisito de los dos tercios para llevar adelante una reforma constitucional no es para el Frente para la Victoria un problema tan serio. En la hipótesis de que el Gobierno no consiguiera en 2013 los dos tercios en ambas cámaras, tendría igual dos caminos. Uno sería llamar a una consulta pública, como la que hizo Néstor Kirchner en Santa Cruz en 1998 para saltear a la Legislatura, donde los números no lo favorecían. Y el otro es aplicar, ad hoc, las artes K de encantamiento.

Sucede que nuestro Congreso ya no está formado sólo por oficialistas y opositores, sino que incluye una tercera categoría desalambrada, la de los opositores oficialistas, gente vulnerable.

El método que utiliza el Gobierno para encantar a los que por allí deambulan no es nuevo, pero ahora está institucionalizado. Se lo puede apreciar incluso en los fundamentos de la ley de expropiación de la ex Ciccone. Allí dice que como ya existían en la oposición proyectos expropiadores, "se descuenta la aprobación por parte de esas bancadas de la iniciativa que se propicia". El FPV trabajó esa línea, la de incomodar a los opositores que habían querido expropiar -claro que no para beneficiar a Boudou- la imprenta del escándalo. Casi todos los discursos oficialistas siguieron las instrucciones.

Esa misma técnica -trabajar la culpa, diría un psicoanalista- podría ser empleada en una reforma constitucional doctrinaria, mediante persuasión en la izquierda y el peronismo disidente. Es decir, entre quienes podrían entusiasmarse con la causa de convertir en el diablo de turno a la Constitución liberal de 1853.

© La Nacion.

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