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Los argumentos de los que piden un tercer mandato de la Presidenta

La trampa de la reelección eterna

Opinión

Cuando desnudó su deseo de una "Cristina eterna", la diputada Diana Conti hizo pedazos una máxima política: "Si quieres fundar algo durable, no pienses hacerlo eterno". La Presidenta, en ese momento de 2011, anterior a su segunda candidatura, respondió de manera más coloquial: "No se hagan los rulos". Hoy, los rulos empezaron a adornar la cabeza de muchos.

Carta Abierta dio a conocer su posición , precedida de un debate interesante que puede verse en su canal de YouTube. La reciente Carta XII es extensa, un balance del kirchnerismo, indispensable para llegar armoniosamente a los párrafos finales, donde "la lógica y la epistemología que hagan imposible un retroceso" ponen en el orden del día la reforma de la Constitución.

Más sofisticados que Diana Conti, los intelectuales de Carta Abierta enmarcan sus deseos: "Rediseñar las magnas normas para que coincidan con los procesos de transformación que suceden en varios países de la región, viabilizando, en algunas de esas experiencias populares, la eventual continuidad democrática de liderazgos cuando éstos aparecen como condición de esta inédita etapa regional". Traducido a prosa vulgar: asegurar a quien sea presidente la posibilidad de seguir siéndolo. A esto renunció Lula. Le faltó una Carta Abierta que sostuviera su "continuidad". Pero Dios es brasileño, y a ese país no le faltó una candidata como Dilma Rousseff.

Julio Pereyra, intendente de Florencio Varela, le puso una teoría más sencilla al movimiento Cristina-para-Siempre: "Un país es verdaderamente justo cuando cada ciudadano puede votar a quien desea, cuantas veces quiera", dijo. Y continuó: "Cristina dejará de ser nuestra líder cuando el pueblo lo decida, y no cuando la Constitución lo determine". La Constitución no le fija plazos a los liderazgos. Por lo tanto debe entenderse que Pereyra se refería a la presidencia de la nación. Quiso decir: Cristina será presidenta hasta que el pueblo quiera, no hasta lo que indica la Constitución. El esfuerzo teórico y epistemológico de Carta Abierta y la declaración de Pereyra van contra los enemigos de las Grandes Transformaciones, que interponen sus leguleyas argucias formales entre el pueblo y el ejercicio de su soberanía.

La Constitución, al negarle a Cristina Kirchner un nuevo mandato, se convierte en cárcel de los deseos soberanos del pueblo. El espíritu popular termina esclavizado por las formas muertas de la institución. La fuerza innovadora y vital quedaría así subordinada a una convención formal.

La soberanía del pueblo está, como lo afirmó Rousseau, por encima de cualquier contrato: "No hay ni puede haber ninguna ley fundamental obligatoria para el cuerpo del pueblo, ni aun el mismo contrato social". Los de Carta Abierta son doctos, pero es una novedad que Julio Pereyra esté leyendo a Rousseau. Cuando escuché su frase, tuve la alegría de comprobar que no sólo el decálogo populista del siglo XX ha fecundado el pensamiento de los intendentes bonaerenses, sino también los clásicos de la filosofía política. Pereyra, de manera más sencilla, pero no menos filosófica que Carta Abierta, señala el camino.

Cuando Cristina Kirchner y otros que hoy quieren cambiar la Constitución fueron constituyentes en 1994, ni ella era presidenta ni los otros se sentían tan parte del gobierno (apenas si eran menemistas de primera o segunda línea). No sucedió hace medio siglo, ni durante un régimen tiránico. Pero las cosas cambiaron y también la soberanía del pueblo cambia a un ritmo infernal. Nadie mejor que la Presidenta para leer los cifrados mensajes de ese Pueblo. Por eso es Líder. Los malintencionados pueden recordar, justo en este momento, otra frase de Rousseau que advierte sobre los males que se aproximan cuando se concentran en los mismos hombres (y mujeres; digamos, en los mismos seres humanos) la autoridad legislativa y el poder soberano.

Son todas antigüedades del siglo XVIII. La Argentina peronista y la Argentina antiperonista nunca las respetaron mucho. Por otra parte, es una exageración decir que Cristina Kirchner concentra la autoridad legislativa y el poder soberano. Apenas si imparte órdenes que son obedecidas, pero ella no se sienta en el Congreso ni tiene su despacho allí.

En fin, acabemos con estos dilemas. No estamos instalados en los melancólicos anillos de Saturno, sino acá en la Tierra. Hablemos en términos concretos. Néstor Kirchner había diseñado una rueda de la fortuna sencilla y perfecta que transportaba a ambos cónyuges, quienes intercambiaban lugares en ese círculo potencialmente eterno. La muerte de Kirchner fue un duro percance de esa eternidad. Sin Néstor, el círculo se convirtió en una recta cuyo punto de llegada es 2015.

Si Cristina es la única que puede garantizar la continuidad del proyecto, queda abierto un interrogante: o se deja caer el proyecto en una decadencia final, que sólo regocija a los enemigos de la patria, o hay que quitar los obstáculos legales que impiden que el proyecto siga bajo su dirección única. El pueblo aprueba y necesita el proyecto. A su vez, Cristina es la única que puede dirigirlo. Si se respetara la letra de la Constitución, el pueblo quedaría debilitado, despojado de su soberanía mediante el ardid de un formalismo abstracto.

Los que se oponen a una reforma de la Constitución se oponen a la voluntad general, que se medirá según los porcentajes de las elecciones de 2013. En Santa Cruz, Kirchner obtuvo la reelección indefinida mediante el sencillo trámite de una consulta popular, que ganó con el 57% de los votos, y una veloz asamblea constituyente, de la que se retiró la oposición, pero que debe haber tenido un trámite interesantísimo ya que participó de ella Cristina Kirchner (también estuvieron Héctor Icazuriaga y Carlos Zannini). Lo que pudo lograr un gobernador de provincia, ¿por qué le está negado a la Presidenta?

Hay otra línea de razonamiento para buscar el triple mandato (o el mandato infinito). Esa línea es menos filosófica y encara pormenores más concretos. Cristina no tiene sucesión porque su cuñada Alicia no mide en las encuestas, su jefe de Gabinete Abal Medina tampoco, y los esfuerzos por dar vibración al nombre de Máximo todavía le suenan inverosímiles incluso a los miembros de la familia. Boudou, que estaba en carrera, se lesionó al tropezar con los cordones mal atados de sus propias zapatillas. La Presidenta no es culpable de que ni su cuñada ni su hijo sean las figuras adecuadas; tampoco tiene una responsabilidad sobre el escaso atractivo de Abal Medina.

Pero es la única responsable de que Boudou sea vicepresidente. Ella hizo esa jugada temeraria. Si en lugar de Boudou hubiera elegido a alguno de sus representantes distinguidos en el Congreso, no tendría tan cerca a un hombre de conductas inciertas, en el mejor de los casos un sospechoso. Fue la Presidenta la que habilitó a Mariotto para que avanzara sobre Scioli, y en esa misma jugada perdió otro hombre, cuyo máximo pecado no es ser de derecha sino tener una popularidad relativamente independiente del carisma que desciende desde la Casa de Gobierno. De todos modos, muchos vetaban a Scioli desde mucho antes.

La Presidenta es la responsable del peligro que sus seguidores anuncian si ella no puede ser reelecta en 2015. La noche en Olivos en que Cristina "destapó" a Boudou, mientras se abría una puerta por la que entraba un viento del Sur y en sus ráfagas traía la presencia inmaterial del mismo Néstor, esa noche de soberbio solipsismo cristinista, se fabricó el escenario sobre el que hoy estamos bailando. Con otro vicepresidente, elegido con más inteligencia y menos aislamiento personalista, Cristina Kirchner podría despreocuparse un poco de la sucesión. Salvo que la sola idea de ser sucedida por alguien le resulte intolerable. Salvo que los mariscales de La Cámpora piensen que lo único que les garantiza el empleo es la continuidad de esta presidenta.

En las reuniones donde Carta Abierta discutió el borrador de la número XII, María Pía López, miembro distinguido del nucleamiento, dijo: "Yo creo que la reforma es urgente fundamentalmente, hay que ser muy explícito, porque está en juego la continuidad de este gobierno y porque el kirchnerismo no tiene otro candidato que Cristina Fernández de Kirchner. Porque este proyecto político no puede ser continuado por personas como Scioli y porque hasta el momento no ha surgido un candidato alternativo. Podemos discutir todo lo que queramos acerca de la necesidad de las reformas legales, las transformaciones sociales, etc., pero creo que hay que ser muy explícito en la necesaria defensa de la cláusula reeleccionista. No hay otro candidato, por lo menos en este momento, dentro del movimiento político que acompañamos".

Creo que toda ley puede ser cambiada, reformada o derogada . Como Carta Abierta, creo que es necesario abrir el debate sobre nuevos derechos y perfeccionar las formas de representación. Sostener lo contrario implica una perspectiva estática y conservadora. Pero, ¿es progresista la reelección ilimitada? Finalmente, para disipar desconfianzas, ¿por qué a la reforma de la Constitución no se le pone una fecha que haga imposible sospechar que las buenas intenciones son el envoltorio estético de la reelección de Cristina Kirchner?

© La Nacion.

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