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"En el mundo actual, el hambre ya es un problema político"

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Norman Borlaug, que recibió el Nobel de la Paz en 1970, expuso en Mar del Plata

 
 

MAR DEL PLATA.- "Producir suficientes alimentos es un problema; pero la distribución equitativa es importante si queremos estabilidad social y política. No hay civilización sin alimentos." El doctor Norman Borlaug, Premio Nobel de la Paz 1970, pronunció estas palabras durante la celebración del vigésimo aniversario de la Fundación para Investigaciones Biológicas y Aplicadas (FIBA), una institución científica creada por el doctor Luis Federico Leloir en esta ciudad.

El doctor Borlaug, que tiene 84 años pero conserva la vehemencia de su juventud, fue el factótum de la Revolución Verde, un conjunto de modificaciones cruciales en mejoramiento de semillas y técnicas de agricultura que permitieron revertir las hambrunas que asolaron India y Pakistán en la década del 60.

Dueño de un currículum impresionante, es doctor honoris causa de más de 30 universidades en todo el mundo. Su capacitación en agricultura y en patología forestal y agrícola lo ubicó en puestos importantísimos: Borlaug fue director del Programa Internacional de Alimentos de la Fundación Rockefeller y también estuvo a cargo del Programa de Trigo del Centro Internacional del Mejoramiento del Maíz y el Trigo en México, dependiente de las Naciones Unidas, creado para conservar todas las variedades existentes de esas plantas.

El doctor Borlaug nació en Iowa, Estados Unidos, y estudió patología vegetal en la Universidad de Minnesota, en su país. La preocupación por mejorar el rendimiento de las áreas cultivadas sin incrementar la superficie utilizada fue muy temprana en su vida. Muy pronto se convirtió en un experto en mejoramiento de semillas. Así, por ejemplo, logró variedades de cereales capaces de crecer con independencia de una alternancia determinada de períodos de luz y oscuridad. Es decir, adaptables a distintas regiones.

También desarrolló una nueva variedad de trigo, el trigo enano, que produce un grano más grande, puede cosecharse con máquinas y no compite con otras plantas en la recepción de la luz solar.

Sin embargo, Borlaug recibió y recibe numerosas críticas de sectores ambientalistas, que afirman que la agricultura intensiva erosiona los suelos y demanda excesivo uso de agua y fertilizantes químicos.

La cordialidad y buena disposición del doctor Borlaug permitió a La Nación sostener una fructífera entrevista con el distinguido científico, a pesar de que se le había preparado una ajustadísima agenda que no le permitió profundizar su contacto con la prensa.

El turno de Africa

-¿En qué trabaja actualmente?

-Llevo 14 años dedicado a desarrollar cultivos en 12 países africanos, al sur del Sahara. Esta tarea es financiada por una fundación japonesa, Nippon. Trabajamos con pequeños productores, que poseen 1 o 2 hectáreas.

-¿Buscan incrementar también la producción animal?

-En Africa hay pocos animales; mueren por causa del tripanosoma vacuno. Entonces estamos desarrollando un maíz de alto valor nutritivo, que contiene sustancias llamadas aminoácidos, utilizadas por el organismo para formar proteínas. Estamos haciendo una prueba en Ghana, con 400 niños pequeños. Cuando dejaron de mamar, 200 comenzaron a ser alimentados con maíz común y 200 con el maíz nutritivo. Las conclusiones no están listas, pero hay un grupo de niños que creció más en altura y ganó más peso que el otro.

-¿Qué piensa de las críticas a la agricultura intensiva?

-Esto lo dice todo (y muestra un gráfico). Entre 1951 y mediados de esta década, la producción mundial de cereal pasó de 680 millones de toneladas a más de 2000 millones. Y la superficie cultivada prácticamente no ha variado. Si se hubiera utilizado la tecnología de 1950 para lo que se produjo en los últimos años, se hubiese requerido más del doble del terreno.

-¿Y qué dice de los fertilizantes químicos?

-Hay pruebas en Inglaterra y en otros países de Europa, en campos experimentales muy antiguos, donde se producen récords de cosechas año tras año. Los terrenos no fertilizados producen un décimo de eso. Sí, podrían utilizarse fertilizantes orgánicos. Pero no hay suficiente ganado; para producir el estiércol necesario harían falta 8000 millones de cabezas de vacas más. ¿Qué efectos tendría esto sobre las especies silvestres? Además, habría que alimentar a este ganado. ¿Producimos para que coman las personas o las vacas?

-¿Tiene el hambre solución?

-En los últimos 40 años la situación mundial mejoró. No hubo una hambruna grande en ningún país. En materia de consumo de calorías, mejoraron mucho India, Pakistán, Indonesia y China. En este último país, por ejemplo, se pasó de 1800 calorías per cápita diarias en los años 70 a 2700 hoy. Sin embargo, hay unos 800 millones de personas en el mundo que necesitan más nutrientes. No mueren de hambre, pero tienen carencias, eso afecta su salud.

-¿Qué piensa de nuestro país, que exporta alimentos, pero donde muchos no comen suficiente?

-La planta no es política, responde a las condiciones en que se cultiva. La responsabilidad de distribuir los beneficios no es de los biólogos o los agrónomos, sino de los economistas y los políticos.

-¿Entonces, es el hambre un problema político?

-En este momento podría decirse que sí, porque hay alimentos adecuados. En los años 60 faltaban. En esa época, el hambre era real.

Borlaug y el trigo argentino

El doctor Norman Borlaug visitó muchas veces la Argentina. El primer viaje, en 1951, inauguró una larga lista de contactos que se extendió durante 30 años. "Trabajé para el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) -recuerda el Premio Nobel de laPaz- en ciudades como Pergamino, Marcos Juárez, Balcarce."

El aporte principal del doctor Bourlag a nuestra agricultura fue el entrecruzamiento de variedades autóctonas de trigo y el trigo enano, que él había desarrollado en México. La ventaja fue que se consiguió una nueva semilla, que ya no crecía tanto en altura, por esa razón su tallo no caía y producía granos más grandes y con mayor concentración de nutrientes.

De esta manera, se consiguió incrementar la productividad del trigo argentino en un valor equivalente a 100 millones de dólares anuales.

El investigador Borlaug recibió el Premio Nobel de la Paz el mismo año en que fue distinguido con el de Química el doctor Luis Federico Leloir. Ambos científicos se conocían, y el norteamericano manifestó una gran admiración por su colega argentino. .

Por Gabriela Navarra Enviada Especial
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