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La semana política I

La ley de hierro del salario

Opinión
 
 

DESDE el punto de vista económico, el salario es un precio como cualquier otro: el precio del trabajo en relación de dependencia. Al igual que los demás precios de la economía, sufre los efectos de la ley de la oferta y la demanda. Si la oferta de un bien supera la demanda, su precio baja. Pero el precio sube si la oferta no llega a satisfacer la demanda. Según Adam Smith, que describió el mecanismo de la oferta y la demanda en los capítulos V a VIII de La riqueza de las naciones, publicado en 1776, oferta y demanda funcionan como los platillos de una balanza que un atareado balancero procura equilibrar poniendo y sacando pesas sin descanso. Cuando hay mucha oferta y poca demanda, el bien sobreofrecido baja de precio y los proveedores menos eficientes van a la quiebra, reduciéndose la oferta. Pero si la oferta cae por debajo de la demanda, el precio más alto del bien sobredemandado atrae a nuevos proveedores, que hacen crecer la oferta, hasta que se produce el desequilibrio contrario.

Así es como funciona el capitalismo. Que el trabajo humano se equipare de este modo a los demás bienes de la economía y que el salario sufra alzas y bajas como cualquier otro precio, indigna sin embargo a todos aquellos que, desde el punto de vista del socialismo y sus numerosas variantes, hacen notar que, cuando se trata del salario, ya no estamos hablando de zapatos o de zanahorias, sino de seres humanos. Proponen entonces proteger el salario contra el cruel destino que le depara la ley de la oferta y la demanda. Su divisa es la humanización del trabajo.

El mercado laboral funciona, por lo visto, en dos niveles. En lo profundo, en su nivel económico donde opera el balancero invisible, responde a la ley de la oferta y la demanda. En la superficie, en su nivel político y social, donde operan los legisladores y los sindicalistas, está sujeto a un sinnúmero de reglamentaciones bien intencionadas.

Los mercados laborales

Pero hablar del "mercado laboral" en singular induce a confusión, porque hay diversos mercados laborales.

Si el mercado laboral está en alza, en condiciones que se acercan al pleno empleo porque la expansión económica incrementa la demanda laboral, el "segundo nivel" de reglamentaciones humanistas es casi innecesario, salvo para impedir abusos criminales, porque los trabajadores se hallan en una excelente posición negociadora.

Pleno empleo y alza de salarios son casi equivalentes. Es entonces cuando los sindicatos extreman sus demandas, acompañándolas con amenazas de huelga que preocupan a los empresarios porque necesitan de los trabajadores para aumentar su producción. La huelga consiste en la amenaza de "no" trabajar. Mediante ella, los trabajadores se niegan a ser "explotados" con bajos salarios. Como el sistema empresarial los necesita, está dispuesto a discutir salarios más "humanos" porque la lógica económica los respalda. En un mercado laboral en alza, el capitalismo y el humanismo se dan la mano.

Lo contrario ocurre en un mercado laboral en baja. Ahora a la defensiva por la sobreoferta de trabajo en condiciones de recesión económica, nada ganan los sindicatos con las huelgas porque aquello que los empresarios necesitan es, justamente, menos y no más trabajo. El problema de los trabajadores ya no es combatir la "explotación". Su problema es combatir la "exclusión", que los arroja fuera del sistema, por la pendiente del desempleo.

Es ante esta situación cuando entran en conflicto el nivel económico y el nivel "humanista" del mercado laboral. En el nivel económico, la sobreoferta laboral empuja hacia la baja de salarios. Si millones de trabajadores sin empleo pugnan desde fuera del sistema para evitar la exclusión ingresando en él como sea, compiten con los trabajadores ya empleados y, en favor de esta pugna, los empresarios están en condiciones de bajar los salarios.

Si, ante la baja del mercado laboral, los sindicalistas y los legisladores luchan por mantener pese a ello las reglamentaciones bien intencionadas que eran económicamente viables en los tiempos del pleno empleo, dividen el mercado laboral en dos segmentos. Dentro del sistema, la porción ocupada de los trabajadores mantiene sus privilegios históricos. Fuera de él, los trabajadores desempleados no tienen posibilidad alguna de ingresar en un sistema incapaz de otorgarles iguales condiciones.

Esta era la situación argentina antes de la aprobación de la reforma laboral: trabajadores sindicalizados de un lado, trabajadores desocupados del otro y, filtrándose por debajo de las reglamentaciones vigentes, un mercado negro del trabajo donde prevalecía la lógica implacable de la oferta y la demanda bajo la forma de salarios bajos y empleos inestables, sin ninguna protección legal.

Al flexibilizar el régimen del empleo, la reforma laboral apunta a introducir en el modelo laboral vigente, fuertemente reglamentarista, la lógica económica del mercado laboral. Si menos reglamentaciones protegen a los trabajadores incluidos en el sistema, la presión de los desocupados hará bajar los salarios. Los bajará y los blanqueará, porque en un mercado laboral más libre tendría menos sentido el mercado negro.

Por más que los senadores justicialistas hayan logrado incluir una cláusula que prohíbe bajar los salarios por dos años, esta tentativa ilusoria, limitada además a los salarios "básicos" de convenio, será ahogada por la realidad circundante.

Las alternativas laborales de la Argentina en recesión eran inexorables: menos empleos más caros o más empleos más baratos. Siguiendo el liderazgo de De la Rúa, el Congreso ha escogido la segunda de ellas. Mientras persista la recesión, la Argentina tendrá quizá más pero seguramente peores empleos.

En el curso de la campaña electoral presidencial, Ricardo López Murphy dijo que, si no vamos a devaluar, no habrá otra opción que bajar los salarios. Políticamente, su diagnóstico fue inoportuno. Económicamente, fue profético. Con menos trabas en el camino, la Argentina de la reforma laboral se encamina a la baja generalizada de los salarios.

Cuestión de prioridades

¿Cómo no simpatizar, desde lo humano, con la lucha que libró contra la reforma ese último romántico que se llama Hugo Moyano? ¿Pero cómo no reconocer, desde la racionalidad económica, esa ley de hierro del salario según la cual su nivel depende de la demanda laboral?

Si la realidad nos dice, aunque nos disguste, que el trabajo no se multiplicará ni los salarios ascenderán en virtud de leyes bien intencionadas sino en virtud de la reactivación económica que tarda en llegar, urge esta otra pregunta: ¿tenemos en orden nuestras prioridades?

Una vez que hemos admitido a regañadientes la lógica implacable del capitalismo, se vuelve evidente que la prioridad de una Argentina que sobrelleva casi dos años de recesión es económica y no legal. Si reactivamos la economía, lo demás, desde el empleo hasta el salario, vendrá por añadidura. Si no la reactivamos, las leyes girarán en el vacío. Al luchar como lo hizo por la reforma laboral, al festejar su aprobación en el Senado como una victoria decisiva, ¿demostró tener el Presidente sus prioridades en orden? .

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