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Tendencia internacional, efecto local

Arte: museos en alza

ADN Cultura

El siglo XXI cambió definitivamente la agenda de los museos al transformar las salas decimonónicas, solemnes y calladas, en puntos de encuentro de multitudes, meca de turistas y en una atracción impar para el tiempo libre. Lo que comenzó como una tendencia en los museos neoyorquinos a mediados de los 80 se convertiría en la política desarrollada por instituciones de público masivo como son el Pompidou, la Tate Modern y, especialmente, el MoMA de la calle 53. Tras la ampliación ideada por Glenn Lowry, financiada en gran parte por el alcalde Rudolph Giuliani y diseñada por Yoshi Taniguchi, el nuevo MoMA garantiza un día más de visita a Nueva York.

Si se mira la agenda de las últimas semanas, con la reinauguración de la Colección Fortabat, la apertura del Macba en San Telmo y la celebración de la gala anual del Museo Nacional de Bellas Artes, cumbre de una gestión transformadora, Buenos Aires no se queda atrás. La tendencia global tiene eco local. Llegan exhibiciones de nivel internacional impulsadas por museos y fundaciones, con un entusiasmo hacedor que enfrenta el desánimo de operadores y galeristas frente a la encerrona del mercado, atrapado por el cepo cambiario. El arte no se lleva bien con los controles.

Ya está viajando a Buenos Aires un soberbio cuadro de El Greco procedente del Museo del Prado que será exhibido a partir del próximo 17 en la sala barroca y manierista de nuestro museo mayor. Espera en las gateras la retrospectiva de Beatriz Milhazes, artista fetiche del Brasil contemporáneo, para celebrar los once años de vida de Malba. Más de 130 obras del suizo Giacometti desembarcarán en Proa el mes próximo y, casi al mismo tiempo, el MNBA exhibirá Caravaggio y los caravaggistas , para cumplir el sueño de su director, el doctor Guillermo Alonso.

A fines de los años noventa, políticos de la cultura, como Lopérfido y Telerman, imaginaban la apertura de una filial del Guggenheim en el corazón de Puerto Madero, tal vez encandilados (como estábamos todos), por el brillo del pájaro de titanio proyectado por el arquitecto Frank Gehry para Bilbao. La vieja ciudad astillero había recuperado su autoestima gracias a un museo cool , custodiado por un perrito de flores obra del díscolo y cotizado Jeff Koons.

Ha cambiado el lugar de los museos y ha cambiado, también, la relación con las empresas, con los sponsors , con el marketing y con el público. Estas nuevas catedrales encabezan el ranking de razones para hacer un viaje, argumento que tiene un ejemplo cabal en la transformación del MNBA.

En lo que puede considerarse una refundación, con cambios en el guión curatorial y en la estructura edilicia, el MNBA es la joya de la corona. Ni el observador más optimista podría haber imaginado el cambio registrado durante la gestión de Guillermo Alonso, director (por concurso) en los últimos cinco años. Abogado de profesión, Alonso admite que todo lo que sabe de arte lo aprendió con Amalita (Fortabat), cuando él era su mano derecha y ella presidía el Fondo Nacional de las Artes.

Obsesivo con los tiempos, los plazos y la calidad, durante su gestión logró editar el catálogo razonado de la colección, asignatura pendiente desde la fundación del museo, con el apoyo financiero del Grupo Clarín; triplicó el presupuesto oficial; compró un conjunto excepcional de pinturas de Berni para crear una sala con su nombre; exhibió (y salvó) las 600 obras de la colección Guerrico y logró destrabar el litigio que ponía en peligro legados fundacionales del patrimonio nacional como es el caso de la colección Girondo.

La relectura y puesta a punto de las salas de planta baja, con el valor agregado de una paleta exultante, han confirmado lo que siempre supimos: el MNBA tiene la mejor colección de la región y es, según las justas palabras de Julio Crivelli, presidente de la Asociación de Amigos, espejo de una cultura de raíz europea, "un proyecto visionario de los argentinos descendidos de los barcos, que se sentían protagonistas de un destino de grandeza". Los Guerrico, Piñero, Santamarina, González Garaño, y más cerca en el tiempo, Di Tella, Hirsch, Caraballo y María Luisa Bemberg forman parte de esa estirpe.

La sala de los impresionistas, con los Gauguin de Tahití; la pintura española de Sorolla, Anglada y Rusiñol; el recoleto espacio consagrado a los pasteles de Degas y el privilegio de la nívea piel de la Ninfa sorprendida, uno de los pocos desnudos que pintó Manet, son piezas centrales de una colección invalorable.

El mérito, por orden de aparición, es primero para Eduardo Schiaffino, crítico de La Nacion, fundador del museo en 1896 y su director hasta 1910. Schiaffino viajó a Europa enviado por el presidente Figueroa Alcorta para comprar pinturas y esculturas cuando la Argentina preparaba la celebración del Centenario. Otro país.

Desde los años treinta el museo ocupa el edificio actual, una antigua casa de bombas refuncionalizada por Bustillo, en una ubicación estratégica. El mayor cambio del siglo XX fue la creación de la sala del primer piso, acorde con estándares internacionales, por impulso de la Asociación de Amigos presidida entonces por Nelly Arrieta de Blaquier, y la construcción del pabellón de muestras temporarias sobre avenida Figueroa Alcorta, que fue, este año, la "caja perfecta" para la muestra de arte cinético. Un éxito de público, con curaduría de María José Herrera, hoy directora artística del Macba (ver columna).

El lunes, en el pabellón, recuperado con la inversión de American Express para recibir exposiciones de gran calado, se celebró la gala anual inspirada en el Lejano Oriente. Una noche de fiesta para el museo, para los amigos y para todos los que aman el arte porque fue confirmada la muestra Cavaraggio y los caravaggistas. Será un hito histórico del calendario porteño. Con la organización y logística de Miguel Frías, llegarán a Buenos Aires 7 obras del maestro del claroscuro y 14 pinturas de sus epígonos. Una inversión millonaria exigen el traslado y los seguros, pero el museo ha conseguido un aliado de fierro(s) con linaje asociado al arte: Cristiano Ratazzi. Heredero de la dinastía Agnelli, familia de coleccionistas que tuvo a su cargo la gestión del Palazzo Grassi de Venecia, Ratazzi tiene su corazón filantrópico y preside la Asociación de Amigos del Mamba. Las empresas del grupo Fiat, con la acción persuasiva e inteligente del embajador Latella, lograron el milagro: veremos a la medusa de Caravaggio en las paredes del museo de Libertador y Pueyrredón.

En este escenario, y como un signo de los tiempos, la Colección Amalia Lacroze de Fortabat dio un giro a su misión. La fundación que guía los destinos del legado de la empresaria aprobó un nuevo formato, más acorde con el papel de un museo, en una ciudad que se precia de tener un público ávido de novedades. Muestras temporarias, conferencias, conciertos y otras iniciativas insertarán la institución en la trama cultural urbana. La pinacoteca ha sido revisada y colgada según el guión del profesor Ángel Navarro y del curador Germán Barraza. Siempre se dijo que la colección de Amalita era el resultado de la intuición y la pasión. Compró los cuadros que le gustaban y los colgó como quería.

En el recorrido actual se conserva el eje formado por Julieta y su niñera, de Turner; Domingo en la chacra , de Berni; El censo de Belén , de Pieter Brueghel, y el retrato de la señora Fortabat como una celebrity firmado por Andy Warhol. Las obras se han agrupado según criterios cronológicos, escuelas y movimientos, desde los precursores liderados por Pueyrredón, Blanes y Morel y con fuerte acento en la Nueva Figuración.

La sala del último piso será destinada a muestras temporarias. Una nave con vista al skyline de la ciudad y techo corredizo, según el proyecto de Rafael Viñoly para la coleccionista que añoraba mirar los cuadros y las estrellas al mismo tiempo.

Desde hace dos semanas se exhibe allí una retrospectiva de Raúl Soldi. Son cuadros seleccionados por sus hijos y el marchand Ignacio Gutiérrez Zaldívar, un homenaje al artista que pintó la cúpula del Teatro Colón y fue entrañable amigo de la legendaria coleccionista.

El gran proyecto de Amalia Fortabat dejará de ser un custodio silencioso del último barrio porteño, para ser un eslabón necesario en la virtuosa cadena de la milla de los museos, una escala entre el norte y el sur.

Aldo Rubino se movió siempre en el mundo de las finanzas. Dirige el área de inversiones de Wells Fargo con base en Miami. Años atrás eligió invertir en pintura geométrica y el 1° de septiembre, tal como lo había prometido, inauguró el Macba, un museo para su colección en el corazón de San Telmo, en avenida San Juan al 300, vecino del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, más conocido como Mamba.

Con siete pisos y salas de 40 metros de largo acondicionadas según estándares internacionales, será un polo de atracción en línea con el Distrito de las Artes. impulsado por el gobierno porteño.

La Colección Rubino nació con buena estrella y sentido de la oportunidad. Está centrada en obras geométricas históricas de Lozza, Le Parc, Vasarely, Iommi, Cruz-Diez y Kosice, a las que se suman las nuevas adquisiciones de argentinos contemporáneos, entre ellos, Fabián Burgos, Kuitca, Lucio Dorr, Pablo Siquier, Beto de Volder, Silvina Lacarra y Gachi Hasper.

La piedra angular es el homenaje de Juan Melé a Mondrian, firmado en 1955, que fija la posición de nuestros artistas frente a lo que sucedía en el universo de las artes visuales, cuando la idea de progreso y la relación de la industria con los creadores auguraban un futuro mejor. El Di Tella nació de esa fragua.

El proyecto de Rubino es un work in progress . Debutó con un seminario internacional, muy a tono con los tópicos que ubican a la abstracción como la nueva bandera de internacionalización del arte latinoamericano dictado por el curador Joe Houston, durante años al frente del Whitney de Nueva York. Frente a las obras de Sarah Morris, Nolland, Cruz-Diez, Kuitca, Le Parc, se detuvo para celebrar la existencia del nuevo museo. Ya está en los anaqueles de la librería-shopping el libro catálogo de la colección permanente inscripto en el programa de Mecenazgo Cultural de la Ciudad de Buenos Aires.

Atando cabos, el MNBA, el Macba y la Colección Fortabat redoblan el paso para hacer de esta ciudad lejana y remota una capital internacional del arte.

EN CIFRAS

  • 7000 metros para el MNBA. A partir de 2008 el museo inició un proceso de cuatro etapas para renovar y ampliar instalaciones.
  • 1600 obras de la colección del Bellas Artes se exhiben en forma permanente; la sala de muestras temporarias es la más grande de Buenos Aires.
  • 200 obras de 48 fotógrafos fueron donadas por Rabobank al MNBA y por 500.000 dólares fue adquirida La pesadilla de los injustos, de Antonio Berni.
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