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Las verdaderas intenciones del voto PlayStation

PARA LA NACION
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Luciana Vázquez
Viernes 07 de septiembre de 2012
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Desacreditar el debate instalado por el kirchnerismo -y no por los adolescentes- en torno a bajar la edad del voto a los 16 años con el argumento de la inmadurez estructural de la adolescencia no es la mejor estrategia. Malas noticias: en ese punto, parte de la biblioteca científica justifica al kirchnerismo.

T he Case against the Adolescence. Rediscovering an Adult in Every Teen es el último libro del doctor en psicología por la Universidad de Harvard Robert Epstein, ex editor de la revista Pshychology Today. Según Epstein, los datos científicos no corroboran los prejuicios culturales en contra de los adolescentes, que son casi tan capaces como los adultos en catorce áreas distintas de competencia -en su capacidad para asumir responsabilidades, por ejemplo-, de acuerdo con diversos tests a los que sometió tanto a adolescentes como a adultos.

Laurence Steinberg, doctor en psicología y miembro de una prestigiosa red de investigación sobre neurociencia y leyes, llegó a una conclusión similar. "No hay una edad única en la cual el cerebro del adolescente se convierta en el cerebro de un adulto", sostuvo en The New York Times en mayo.

Un adolescente de 16 años, afirma Steinberg, tiene todos los sistemas cerebrales responsables del razonamiento lógico plenamente desarrollados. "Por eso es que son tan competentes como los adultos cuando se trata de dar consentimiento médico", señala. Sin embargo, los sistemas neuronales vinculados con la autorregulación todavía se están desarrollando en la primera juventud. "Por eso los adolescentes de 16 años todavía son inmaduros, lo que disminuye su responsabilidad criminal."

Por supuesto que otra gran parte de la biblioteca científica sostiene otro paradigma. Desde hace décadas, la sociología concibe el pasaje de la adolescencia a la adultez según cinco hitos: terminar la escolarización, dejar la casa paterna, trabajar, casarse, tener hijos. Para ponerlo en blanco y negro: si pensamos en los adolescentes con la panza llena, que no son todos, por supuesto, es discutible el derecho a voto de un chico de 16 años que no trabaja, no se autoabastece, no paga impuestos y no se lava los calzoncillos.

Otras líneas de la psicología sostienen además que la toma de decisiones de los adolescentes está demasiado determinada por la presión de los pares y no por criterios autónomos e independientes.

Está visto: la ciencia no es concluyente sobre el tema. Por eso, si hay que cuestionar el proyecto kirchnerista es por la otra cara de la polémica: la instrumentación política del derecho de los adolescentes a participar.

¿Cuántos adolescentes se desesperan por ir a votar? Piquete por un "bar institucional", en contra de "un quiosco concesionado" y cipayo. Piquete por una fotocopiadora, tan institucional como el bar. Toma del colegio por el derecho de faltar a clase para asistir a asambleas. Corte de calles y manifestaciones por la educación pública, en el mejor de los casos. Ni una marcha ni un comunicado ni una mano levantada por el derecho a voto a los 16 años. Ni siquiera en los colegios donde las agrupaciones filokirchneristas dominan el centro de estudiantes.

¿Los adolescentes quieren participar? Sin dudas. En 2007, Unicef y la organización cristiana YMC llevaron adelante una encuesta nacional sobre participación ciudadana entre 3318 chicos y adolescentes de entre 12 y 18 años. Detectaron que un 84 por ciento de los encuestados consideraba que existen nulos o pocos espacios de participación para los adolescentes y registraron un importante interés en participar.

Pero participar no es sinónimo de querer votar. Entre los temas de interés detectados por la encuesta no surgió el derecho a votar. Sí figuraba, en cambio, en primer lugar, la situación de chicos y adolescentes que viven en la pobreza, con un 22 por ciento de respuestas. Le seguían la violencia contra adolescentes y la realidad de la escuela.

Digamos la verdad: el proyecto kirchnerista no busca la ampliación de derechos incumplidos de los adolescentes. Si fuera así, el esfuerzo debería ponerse todavía más en el gran derecho incumplido hoy: la educación. Según el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA), aunque la tasa de escolaridad es casi plena en primaria, en secundaria baja abruptamente, con 28,5 por ciento de los adolescentes urbanos fuera de la escuela o rezagados.

El kirchnerismo pretende dar el voto a chicos de 16 aún antes de que lo conciban, lo deseen, lo pidan, lo exijan. O lo necesiten. Es el voto PlayStation: una recompensa obtenida sin esfuerzo, que deja felices a algunos y, en todo caso, indiferentes a la mayoría.

Tampoco es un ejemplo de empowerment o "empoderamiento". Como escuché decir al sociólogo Emilio Tenti Fanfani, "el poder no se comparte, se toma". Y la historia de las tensiones en torno a la edad mínima para votar lo demuestra. No fue una concesión del gobierno sino el resultado de una lucha juvenil lo que logró bajar la edad del voto a los 18 años en Estados Unidos, en 1971.

"Suficientemente adultos para luchar. Suficientemente adultos para votar", fue el eslogan que instaló el reclamo de los jóvenes en la Segunda Guerra Mundial y que se intensificó con Vietnam: si a los 18 estaban listos para luchar, no querían esperar a los 21 para votar. Y así lo exigieron.

Pero en la Argentina la cuestión es diferente. ¿Por qué tanto interés en bajar la edad del voto, establecida a los 18 años desde la ley Sáenz Peña, hace cien años, si hoy los adolescentes argentinos no lo reclaman? "Las distinciones por edad son establecidas sobre todo por razones políticas, no científicas", afirmó Steinberg en The New York Times. Cuando hay tanta voluntad del poder político por dar, hay un interés muy grande de ese poder por recibir algo a cambio.

Tampoco es necesariamente cierto el argumento que emociona a la Presidenta, que ve a la participación adolescente en política como el vector ideal que conduce a una sociedad de adultos comprometidos. El arquetipo actual del joven militante, la chilena Soledad Vallejo, dueña de una capacidad retórica política desconocida por los jóvenes viejos de La Cámpora, no militó en la secundaria. Se encontró con la militancia recién en la universidad.

No está en absoluto claro que "los jóvenes" en general, como argumenta Aníbal Fernández con esa gracia única que tiene para transformar el cinismo en sentido común indiscutible, quieran participar a través del voto. Pero lo que sí sabe el kirchnerismo es que hay un grupo numeroso de púberes entusiastas dispuestos a salir de la cama temprano y acercarse a las urnas un domingo de elecciones. Los conoce de cerca: son los adolescentes kirchneristas movilizados. Con eso alcanza. © LA NACION

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