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Dos contra el mundo

 Mad Men y Breaking Bad, dos de los ciclos más prestigiosos de la TV, se embarcan en dilemas existenciales

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PARA LA NACION
Domingo 09 de septiembre de 2012
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NUEVA YORK.- Ninguno de los dos pertenece a una generación dorada. Don Draper era demasiado joven para pelear contra los nazis en Europa y Walter White era apenas un chico en los 60, cuando sus hermanos mayores descubrieron (y mezclaron) sexo, rock y política.

Draper creció a la sombra de los héroes de la Segunda Guerra Mundial y se hizo adulto en la prosperidad suburbana de los años de Eisenhower, un mundo del que se convirtió en un intérprete experto. Sus primeras campañas, como director creativo de Sterling Cooper, compensaban el comercialismo de la época con un componente nostálgico: lo mejor de nosotros, decían sus comerciales, está en nuestra niñez. Cuando lo conocemos, en la primera temporada de Mad Men, Draper está en el techo de su creatividad: colegas y clientes lo veneran como si tuviera una poción mágica. El segundo episodio de la quinta temporada, que HBO estrenó en abril y vuelve a emitir desde la semana que viene, lo muestra en un mundo nuevo. Buscando una canción para un cliente que pidió a los Rolling Stones, uno de sus empleados le pone otro disco (los Stones no licenciaban sus canciones) y Draper, que la semana anterior había cumplido 40 años, gruñe: "Estas canciones suenan todas iguales". El mundo estaba cambiando; Don, como casi todos nosotros, quería que cambiara lo más despacio posible.

White, en cambio, el protagonista de Breaking Bad, cuya quinta temporada empieza este mes por AXN, creció a la sombra de la generación del baby boom, cuyos gustos culturales han marcado el último medio siglo en buena parte de Occidente.

Jesse Pinkman (Aaron Paul) y Walter White (Bryan Cranston), de Breaking Bad
Jesse Pinkman (Aaron Paul) y Walter White (Bryan Cranston), de Breaking Bad.

Fue adolescente a fines de los 70, el reverso amargo y resentido del combo sexo, rock y política, y se hizo adulto durante la euforia bursátil de los años de Reagan. En los 90, como muchos de sus contemporáneos, pudo hacerse millonario con un emprendimiento tecnológico. Pero un triángulo amoroso, del que no tenemos todavía todos los detalles, lo sacó de la compañía: vendió sus acciones, que después valdrían millones, por 5000 dólares.

Esta inadecuación generacional presiona desde siempre sobre los hombros de Draper y White. Draper (Jon Hamm), tan seguro de sí mismo, desdeña en un episodio reciente el giro de la publicidad hacia la ironía y el humor, que serán fundamentales en las décadas siguientes. Él no lo sabe, pero quizá sospecha que está perdiendo su capacidad para leer las preferencias de sus compatriotas. Estas últimas temporadas lo hemos visto más doméstico que cazador, hechizado y confundido por una mujer más joven que sí es parte de la nueva generación. Su primera mujer, Betty, era un trofeo de mármol, obsesionada con la minuta del estatus, la casa en los suburbios y las recompensas de los buenos modales. Megan, su segunda mujer, es contemporánea: le interesa mucho más expresarse a sí misma que controlar el murmullo de los vecinos. En el mundo de Don, progresar y triunfar eran valores en sí mismos. En el de Megan (que es el que hemos heredado), también es importante "hacer lo que te gusta" y "cumplir tus sueños".

Walter White, por su parte, que llegó tarde a la épica de Woodstock y se perdió (por romántico) la épica de Silicon Valley, aterrizó en Albuquerque, una ciudad donde hasta 1950 no había casi nadie, rescatada después gracias al riego artificial y el aire acondicionado. En Nuevo México, los únicos que tienen pasado son los indios: para los blancos, aun para el (inicialmente) modoso profesor de química de Breaking Bad, Albuquerque es parte del Far West, un lugar donde la ley y el orden todavía se están asentando.

Este desierto de frontera le permite a White empezar de nuevo: purificado por la quimioterapia y envalentonado por su aparente impunidad criminal, sale a la calle, como en un western, a buscar pelea y a crear sus propias reglas. En los arcos narrativos habituales de Hollywood, el nerd puesto a prueba cae en el crimen o en el pecado, pero después vuelve, redimido y "habiendo aprendido una lección", a una versión mejorada de su vida anterior. Cuando Breaking Bad le ofreció a Walt (interpretado por Bryan Cranston), después de conseguir sus objetivos iniciales, retomar su vida anterior, archivar su derrape delictivo como un "gran malentendido", Walt se negó y dobló la apuesta. Ya no quiero ser el cerebro químico de la banda, se dijo a sí mismo: ahora quiero ser el cerebro principal.

En esta nueva temporada, alguien va a encerrar a Walter White en una baulera alquilada y lo va a poner frente a una torre de dólares de un metro de alto y tres metros de largo. ¿Es esto suficiente?, le van a preguntar. ¿Cuánta plata es suficiente, Walt, para que vuelvas a tu familia y tu vida cotidiana?

La historias de estos dos hombres, Don Draper y Walter White, crecidos a la sombra de otros y sin modelos ni hoja de ruta, triunfaron en un momento en el que el público estadounidense se siente de una manera parecida, sin modelos ni hojas de ruta claras sobre el futuro del país. Nunca hay que estirar demasiado este tipo de analogías, pero la popularidad de Mad Men y Breaking Bad -adoradas por la crítica, el público y los anunciantes- coincide con un momento de transición, una sensación de sala de espera, en el arco narrativo de la historia estadounidense.

Tras el shock de autoestima posterior a la caída de la Unión Soviética y la bonanza económica clintoniana, la última década encontró a EE.UU. empantanado en dos guerras impopulares y paralizado por una crisis financiera que se resiste a aflojar. Expertos de todo tipo dicen en la TV que el país necesita un nuevo modelo. Advierten contra el crecimiento y el gesto antipático de China. Otros susurran palabras malditas: es el fin de la hegemonía, aventuran. Como Draper o White, muchos estadounidenses (especialmente los que están pasando o ya pasaron su crisis de la mediana edad) sienten que el mundo que conocen y dominan está desapareciendo, y preferirían negarlo antes que tratar de adaptarse.

Algunos lo intentan, pero es un esfuerzo lleno de melancolía. Don le permite a Megan renunciar a su trabajo en SCDP, su agencia (la "D" es por Draper), para intentar triunfar como actriz. Finge o intenta comprender a su mujer, pero la decisión también le recuerda la diferencia de edad y la obsolescencia de sus valores. Antes de los 60, si la fachada estaba bien, todo estaba bien. Después de los 60, además de la fachada, también es importante el contenido: lo que llamamos "ser feliz". Y Don sabe que, empezando por su nombre, él es todo fachada.

No quedan modelos intocables. En la ficción y en la realidad, los EE.UU. vivieron durante décadas de los homenajes a la Gran Generación que peleó en la Segunda Guerra Mundial, venerada especialmente por los espíritus más conservadores; y también de los homenajes a la Generación Idealista, la que peleó por los derechos civiles y se opuso a la Guerra de Vietnam, venerada especialmente por los espíritus progresistas. Don Draper y Walter White, demasiado jóvenes o demasiado viejos, se caen por las grietas de esta generalización. En las películas norteamericanas del último tiempo, el modelo preponderante de varón es el superhéroe de las películas de acción o el hombre-niño de las comedias de Judd Appatow, rescatado o llevado de las narices por mujeres que casi siempre merecen tipos mejores.

Draper y White han tenido suerte porque no se parecen a ninguno de ellos. Quizá porque viven en series de TV, donde están menos obligados a bailar la coreografía clásica de los guiones de películas. En un film comercial, el héroe tiene que transformarse de alguna manera y, eventualmente, volver a casa. Don y Walter, en cambio, llevan cinco temporadas negándose a la parábola del héroe. Draper se niega a volver a ser Dick Whitman, por más que se lo pida la nueva ola de "honestidad" y "autenticidad": escapa siempre para adelante, ésa es su ventaja y su tragedia. Y el Walter White de las últimas temporadas, irritado e impaciente, parece estar diciéndonos algo parecido: "No me rompan más. Ya aprendí todas las lecciones posibles. Ni loco vuelvo a mi vida anterior". Le quedan ocho episodios -la segunda mitad de esta quinta temporada, que se estrenará en 2013- para cambiar de opinión.

MAD MEN Repetición de la quinta temporada Desde el miércoles , de lunes a viernes, a las 21, por HBO.

BREAKING BAD Estreno de la quinta temporada 23 de septiembre , a las 22, por AXN Final de la cuarta temporada 16 de septiembre, a las 22, por AXN

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