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Los talentos / Hoy, Guillermo Saccomanno

El hombre que huyó al paraíso y terminó narrando el infierno

Sociedad
 
 

Le puso el punto final a su novela, brindó con su mujer y se acostó a dormir pensando en lo que ella le había preguntado: "¿Y ahora qué vamos a hacer, qué consecuencias nos va a traer este libro?". El libro narra el lado oculto, turbio y violento de Villa Gesell, donde Guillermo Saccomanno vive y escribe desde hace más de veinte años cuando, huyendo de sí mismo, se refugió para ser un lector de largo aliento y para convertirse también en un prosista de gran calado y madurez. Muchos años, lecturas, novelas y premios después, Saccomanno oyó a las cinco de aquella madrugada especial dos golpes secos y se levantó para ver qué pasaba. Era el 7 de septiembre de 2011 y un pibe chorro le apuntaba al pecho con una 9 milímetros. "Si vas a cohetearme, hacelo acá mismo, porque la patrona está en casa", le dijo. El chico quería efectivo y miraba las bibliotecas: "En todos esos libros debés tener algún billete".

Saccomanno le pidió que pusiera el seguro del arma y le juró que no tenía un peso partido por la mitad. "Yo laburé en las cárceles", agregó, para ganar su confianza. Pero en vez de calmarse, el pequeño delincuente se puso más nervioso. "Tranqui -le aclaró Guillermo, tragando saliva-, trabajé en las cárceles como profesor de literatura." El intruso dijo en ese instante algo inesperado: "Yo leí a Neruda". Guillermo parpadeó: "Entonces, te equivocaste de casa".

Pero el pibe no se resignaba. Reclamó el plasma y también la computadora. El escritor entregó sin chistar el televisor, pero advirtió, en un segundo de pánico helado, que si le birlaba también la PC él perdería su novela. Así de simple. No usaba impresora, todavía no le había enviado el texto por mail a su editor y el trabajo de cinco años yacía guardado únicamente en ese disco rígido y en el pequeño pendrive que llevaba adosado. Qué forma tan estúpida de perderlo todo, pensó. No recuerda cómo hizo para entregarle la computadora y, al mismo tiempo, en un acto de prestidigitación repentina, guardarse el pendrive con la primera versión de Cámara Gesell . Luego llegaron el comisario y sus muchachos, cuando ya no había nada que hacer, y una atractiva policía científica, que para completar el cuadro dijo: "¡Cuántos libros, cómo me gusta leer! Yo estudiaba Letras, ¿sabe? Pero no seguí porque era muy difícil y tenía poca salida laboral".

Este relato perturbador es tan inverosímil que Saccomanno no se atrevió a incluirlo en su novela, aunque siguió escribiéndola un año más e intentó superar la crisis postraumática. Hasta publicó una columna en un periódico local titulada: "Carta abierta a un pibe chorro". Allí le recriminaba haberle robado "la herramienta con la que yo lucho para que pibes como vos no vayan en cana".

Saccomanno siempre ha sido un hombre de izquierda y ha simpatizado con muchas medidas del Gobierno, pero no tiene empacho en explicar que esta violencia es hija de la inequidad social que persiste y que quien está sufriendo la criminalidad es el laburante. "Los que pagan la inequidad no son los chetos, que tienen rottweilers, blindajes y tecnología -explica-. La pagan los humildes, que no tienen nada de eso. Cuando yo era chico, en Mataderos, los ladrones tenían códigos, no robaban en el barrio ni disparaban contra los pobres. El paco cambió todo. Hoy matan al vecino, al albañil, al quiosquero. Te matan por cualquier cosa. Los afanos tienen que ver conceptualmente con la corrupción de la sociedad. Esa corrupción ha penetrado en las casas, en las familias, en las personas, en las rendijas más pequeñas del tejido social. Y esto no se arregla con mano dura ni con Blumberg. Tampoco regalándole a la derecha esta preocupación."

La preocupación no deviene, por cierto, de este episodio truculento que le tocó en desgracia, sino de haber indagado durante seis años en aquello que se escondía debajo de la publicidad turística de un balneario idílico. El libro, por supuesto, no trata sobre Gesell, sino sobre la Argentina. Esa aldea de 40.000 habitantes no es más que un microcosmos que le sirve a Saccomanno para pintar un país cruzado por el doble discurso, los negociados, los abusos, los dealers , la xenofobia, las violaciones, el maltrato, la violencia y la complicidad civil. Cámara Gesell es un impresionante trabajo de rastreo de historias escondidas, que su autor convirtió mágicamente en ficción. Aunque como se trata de gran literatura, al final la ficción resulta más verdadera que la verdad.

En 2006, Saccomanno se propuso escribir una página por día, y que el relato diario tuviera principio y fin. Coleccionaba anécdotas, las buscaba entre amigos y vecinos, en lugares proletarios y en asados de obra y talleres y fiestas de campo. Un gaucho, Miguel Paz, carnicero y maestro del relato oral, le enseñó una nueva respiración literaria ("la estás apurando, tenés que ir más despacio"), y Guillermo escuchaba, anotaba, aprendía, caminaba por la playa y escribía escenas en su libreta de bolsillo. "Este libro me lo escribieron los laburantes y las gaviotas", me jura. También las lecturas elegidas: Calvino, Nietzsche, Kierkegaard y el Dante. Es irónico y triste que alguien haya ido en busca del paraíso y haya terminado narrando el infierno. Porque eso es Cámara Gesell , el infierno maravillosamente contado, una obra mayor de nuestra literatura actual, un fresco escalofriante donde casi nadie es inocente, una trama compleja de destinos paralelos donde el único protagonista es ese colectivo llamado ciudad o pueblo. Una novela-explosivo que hace volar por el aire la hipocresía de una sociedad donde nadie se siente culpable. Una topografía de la maldad.

Guillermo cambió por supuesto los nombres reales, unió tres personas en un personaje, modificó episodios para que no sean literales, buscó equivalencias con la imaginación y usó todos los trucos del novelista. Su propósito no era la delación ni el escrache, sino la exposición cruda de un síntoma social. Y aunque su mirada va mucho más allá de esa caldera del diablo, siento que su autor tiene la esperanza de que su trabajo ayude a mejorar un poco ese lugar también lleno de grandes amigos y de gente noble. "No soy una persona, soy una comunidad", me cuenta que proclamaba Faulkner en el sur profundo de los Estados Unidos. "Ya sé -me concede-, un libro no puede cambiar el mundo. Ya sé."

Recuerdo ahora la inquietud de su mujer: "¿Qué consecuencias nos va a traer este libro?". Saccomanno sabe que el miedo paraliza. Pero asegura que a él no podrán correrlo. "Yo confío en la potencia de la literatura, soy como el protagonista de Gran Torino -dice, sirviéndose el último vaso-. Acá me quedo.".

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