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Teatro

Primavera, sí, pero con cautela

Espectáculos

Hace aproximadamente diez años que, después del desastre económico de 2001, con el corralito y compañía, en la ciudad de Buenos Aires y en casi todo el país se produjo un inesperado auge de la actividad teatral, reflejada hoy en la henchida cartelera porteña y en festivales, giras, representaciones y estrenos en casi todo el país, incluyendo localidades remotas. Y hará unos quince años, o algo más, que se produjo aquella notable renovación temática y de procedimientos expresivos que tuvo como protagonistas, entre otros, a Javier Daulte, Jorge Leyes, Alejandro Tantanián, Patricia Zangaro, toda una generación de nuevos (realmente nuevos, de verdad) dramaturgos que terminaron con el famoso "interior de clase media" frecuentado por sus predecesores en los años sesenta. Sin descalificar a éstos, por cierto, entre los cuales figuran algunos autores valiosos que siguen vigentes, frente a los cuales aparecía, en un registro opuesto, casi como única representante de otra manera de entender el teatro, Griselda Gambaro.

Ese impulso renovador, centrado en aquel grupo que dio en llamarse Carajají, parece haberse agotado. Los autores nombrados y sus contemporáneos (no olvidar a Mauricio Kartún, que no pertenecía a ese grupo y es responsable de algunos de los textos más originales de los últimos años) se han convertido -mediante un proceso inevitable- en los clásicos de hoy. Y si bien no cabe duda de que el teatro argentino actual es un vivero de autores, directores, actores y grupos que deben contarse entre los más imaginativos y audaces del mundo (Ricardo Bartís, Raúl Serrano, Claudio Tolcachir, Lorenzo Quinteros, entre ellos), la producción que podría llamarse media se ha estancado en dos o tres temas que empiezan a reiterarse. Hace poco comentamos en esta columna el auge de las dos mujeres solas (ya fueren hermanas -lo más común-, madre e hija, o amigas) parapetadas en el caserón ancestral, defendiéndose de la intrusión del temido mundo exterior, que finalmente llega encarnado en un inocente proveedor o en un auténtico asesino. Las dos mujeres pueden igualmente encontrarse en un lugar de partida y adioses, como una estación de ferrocarril o un muelle.

También ha estado de moda, al menos hasta hace poco, la visita a la anciana dama, por lo general una exiliada, que recuerda un pasado atroz en un monólogo de calidad variable. Ni hablar de las familias disfuncionales, cuya proliferación en nuestros escenarios es alarmante, salvo excepciones de notable calidad, como los Coleman de Claudio Tolcachir. El aggiornamento, o actualización de clásicos como Shakespeare, el más frecuentado (lo que habla a favor de quienes recurren a él), suele a menudo hacerse a costa de la riqueza y el esplendor del texto original: no toda innovación es válida, como se ve con mayor nitidez aún en el terreno de la ópera. En fin, que para hablar de los atroces años setenta, del régimen militar en que culminaron, de la represión, o de la Guerra de Malvinas, se necesitan un rigor y una mirada que no siempre se dan en quienes abordan esos temas con mejores intenciones que capacidad dramática.

Reconozcamos que en la Argentina estamos viviendo una espléndida primavera teatral, pero seamos también conscientes de que conviene afinar -y afilar- la herramienta crítica. Que no es patrimonio exclusivo de los profesionales, sino del público todo y de su voluntad de exigir. Una sociedad que pierde la noción de excelencia está en peligro.

Hace aproximadamente diez años que, después del desastre económico de 2001, con el corralito y compañía, en la ciudad de Buenos Aires y en casi todo el país se produjo un inesperado auge de la actividad teatral, reflejada hoy en la henchida cartelera porteña y en festivales, giras, representaciones y estrenos en casi todo el país, incluyendo localidades remotas. Y hará unos quince años, o algo más, que se produjo aquella notable renovación temática y de procedimientos expresivos que tuvo como protagonistas, entre otros, a Javier Daulte, Jorge Leyes, Alejandro Tantanián, Patricia Zangaro, toda una generación de nuevos (realmente nuevos, de verdad) dramaturgos que terminaron con el famoso "interior de clase media" frecuentado por sus predecesores en los años sesenta. Sin descalificar a éstos, por cierto, entre los cuales figuran algunos autores valiosos que siguen vigentes, frente a los cuales aparecía, en un registro opuesto, casi como única representante de otra manera de entender el teatro, Griselda Gambaro.

Ese impulso renovador, centrado en aquel grupo que dio en llamarse Carajají, parece haberse agotado. Los autores nombrados y sus contemporáneos (no olvidar a Mauricio Kartún, que no pertenecía a ese grupo y es responsable de algunos de los textos más originales de los últimos años) se han convertido -mediante un proceso inevitable- en los clásicos de hoy. Y si bien no cabe duda de que el teatro argentino actual es un vivero de autores, directores, actores y grupos que deben contarse entre los más imaginativos y audaces del mundo (Ricardo Bartís, Raúl Serrano, Claudio Tolcachir, Lorenzo Quinteros, entre ellos), la producción que podría llamarse media se ha estancado en dos o tres temas que empiezan a reiterarse. Hace poco comentamos en esta columna el auge de las dos mujeres solas (ya fueren hermanas -lo más común-, madre e hija, o amigas) parapetadas en el caserón ancestral, defendiéndose de la intrusión del temido mundo exterior, que finalmente llega encarnado en un inocente proveedor o en un auténtico asesino. Las dos mujeres pueden igualmente encontrarse en un lugar de partida y adioses, como una estación de ferrocarril o un muelle.

También ha estado de moda, al menos hasta hace poco, la visita a la anciana dama, por lo general una exiliada, que recuerda un pasado atroz en un monólogo de calidad variable. Ni hablar de las familias disfuncionales, cuya proliferación en nuestros escenarios es alarmante, salvo excepciones de notable calidad, como los Coleman de Claudio Tolcachir. El aggiornamento, o actualización de clásicos como Shakespeare, el más frecuentado (lo que habla a favor de quienes recurren a él), suele a menudo hacerse a costa de la riqueza y el esplendor del texto original: no toda innovación es válida, como se ve con mayor nitidez aún en el terreno de la ópera. En fin, que para hablar de los atroces años setenta, del régimen militar en que culminaron, de la represión, o de la Guerra de Malvinas, se necesitan un rigor y una mirada que no siempre se dan en quienes abordan esos temas con mejores intenciones que capacidad dramática.

Reconozcamos que en la Argentina estamos viviendo una espléndida primavera teatral, pero seamos también conscientes de que conviene afinar -y afilar- la herramienta crítica. Que no es patrimonio exclusivo de los profesionales, sino del público todo y de su voluntad de exigir. Una sociedad que pierde la noción de excelencia está en peligro..

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