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Biografía

Los muchos rostros de Virginia Woolf

ADN Cultura

Alguien la comparó con un pez melancólico, encerrado en una pecera, en una sofocante sala victoriana, pugnando por salir de su prisión; pero ¿qué le pasaría al pez fuera del medio en que transcurrieron sus primeros años? Irene Chikiar Bauer ha invertido siete años de trabajo y novecientas páginas para responder a esa pregunta, en esta monumental (en todas las acepciones) biografía crítica de la célebre escritora inglesa, de quien los lectores argentinos tenemos una imagen magistralmente trazada por Victoria Ocampo. Imagen idílica, donde Virginia asume la figura melancólica de una ninfa de Burne-Jones, tal como la retrató Gisèle Freund en una sesión fotográfica abusivamente tramada por Victoria y en vano resistida por la autora de Orlando.

Virginia: ¿fue realmente así, ese ente casi inmaterial que en las imágenes de Freund parece una ondina hecha de pura luz? Otra pregunta a la que la señora Bauer suministra un haz de respuestas que enfocan a la biografiada desde todos los ángulos posibles: el puramente literario, desde ya, pero aderezado por incursiones en la fisiología, la psicología, la política, la sexualidad, los antepasados. El método elegido es el desmenuzamiento, año tras año (siguiendo la pauta fijada por Virginia misma en sus famosos Diarios) y casi día tras día, de las actividades de esta mujer singular que es, sin duda, la escritora inglesa más famosa de todos los tiempos. A la vez, se analiza cada uno de sus libros, cómo se gestó, de qué se trata, la recepción que tuvo y su posteridad. En un ámbito poco propicio, en general, a este tipo de trabajos (la biografía no es un género cultivado en lengua española -argentina, en este caso- con el fervor con que se lo practica en inglés y en francés), el libro de la señora Bauer es comparable, en calidad y erudición, con la mejor producción exterior. Sobre todo, teniendo en cuenta la cantidad de bibliografía ya existente sobre el tema.

 
Foto: Gentileza Editorial Santillana
 

La historia empieza, como es debido, con los antepasados, entre los cuales asoman cortesanos de Luis XVI y personajes de las diversas etnias que han compuesto el pueblo británico. Lo más concreto e inmediato es el casamiento, el 26 de marzo de 1878, de dos viudos: Julia Jackson, nacida en la India en 1846, de padres ingleses, viuda de un tal Duckworth, de quien tuvo tres hijos -Gerald, George y Stella-, y Leslie Stephen, que había enviudado de Minnie Thackeray, hija del célebre novelista autor de Feria de vanidades. En una sociedad tan estrictamente jerárquica como la inglesa, la nueva pareja ocupaba el rango de "clase media alta londinense", o sea, el nivel inferior de la alta burguesía. En otras palabras, gente de buen pasar, cultivada y refinada, con intereses culturales mucho más elevados que los de la aristocracia, pero que sabían mantenerse dignamente dentro de sus límites, de los que eran conscientes al parecer sin resentimiento. Los Stephen-Jackson tenían parentesco lejano con algunos nobles, y toda su vida Virginia Woolf se sintió atraída por la aristocracia, sin dejar de verla, a la vez, con críticos ojos burlones. El nuevo matrimonio tuvo cuatro hijos, en este orden: Vanessa, Thoby, Virginia y Adrian. Vivían -con su propia prole y los tres Duckworth- en un caserón de Hyde Park Gate, que Virginia desde chica bautizó "la jaula": grandes ambientes oscuros (el terror a las famosas corrientes de aire), con boiserie de roble tallado, enormes muebles, alfombras y tapizados espesos, plantas voluminosas, innumerables adornos y bibelots de todo tamaño. En suma, el ornato victoriano. Los Stephen recibían a menudo, con elegancia ("Vanessa y Virginia jamás olvidaron el código para servir el té", anota la biógrafa), a personajes importantes del mundo cultural: Thackeray, desde ya, y Dickens, Henry James, Lewis Carroll, los pintores Watts y Burne-Jones. Todos ellos servían de modelo a una tía abuela importante, Julia Cameron, la fotógrafa que Virginia evocaría, años después, en su obrita de teatro Freshwater.

Leslie Stephen (que a su tiempo recibiría el título de sir) había fracasado en su intento de seguir una carrera universitaria, pero su pasión por la cultura -las letras, sobre todo; no era ducho ni en pintura ni en música, que no le interesaban- lo llevó a destacarse hasta el punto de que se le confió, desde muy joven y hasta sus últimos años, la dirección del monumental Diccionario Biográfico Nacional. Julia, en cambio, mostraba sensibilidad para todas las artes, pero como mujer ejemplar de su tiempo, vivía tan sólo para criar y educar a sus hijos, manejar con destreza la complicada vida doméstica de entonces y ejercer la beneficencia. Era, según Virginia, la perfecta encarnación de lo que los victorianos llamaron "el ángel del hogar". Capaz también (siempre en palabras de su hija menor) de entrometerse en las vidas ajenas -sobre todo en materia de noviazgos y casamientos- y de arruinarlas, sin intención pero con denuedo: "Ella me hubiera coartado la carrera de escritora, me hubiera sofocado", exclama Virginia con incontenible exaltación.

Los cuatro hermanos Stephen mostraron desde chicos sus capacidades. Comenzaron por editar (es un modo de decir) una suerte de gaceta o boletín doméstico, The Hyde Park Gate News, escrito sobre todo por Thoby, donde daban cuenta de la actividad cotidiana del caserón y opinaban sobre lo que pasaba en el mundo, con ilustraciones de Vanessa que anticipaban su futuro como pintora reconocida. Las notas de Virginia -a quien sus hermanos bautizaron "la Cabra"- se destacan, desde la primera infancia, por la agudeza y el humor irónico: era, sin duda, la favorita de su padre. El gran acontecimiento de esos años era el traslado de la familia en pleno, con domésticos y mascotas incluidos, a la población costera de St. Ives, en Cornwall, donde alquilaban una casa llamada Talland House. En la memoria de los cuatro, quedó para siempre como la imagen del paraíso perdido. Allí daban rienda suelta a sus bríos juveniles, reprimidos en Londres por la severa disciplina victoriana, y disfrutaban de la naturaleza, a la que también el padre, Leslie, amaba con pasión. Era un hábil pescador, y sus andanzas y las de sus hijos son la materia de una bellísima novela de Virginia, Al faro (1927), cuyo personaje principal, la señora Ramsay, es en realidad Julia Stephen. No tenemos por qué dudar -dada su habitual y a veces desconcertante franqueza- de la honestidad de Virginia cuando nos revela que ya desde muy chica, al ver y oír el mar (experiencia inolvidable), sentía que "todo lo que se viera, se oiría al mismo tiempo". Empezaba la persecución de lo que obsesionaría a los escritores de su generación que revolucionaron el arte de narrar: capturar la simultaneidad de lo real, las múltiples sensaciones e impresiones que asedian al hombre contemporáneo, tal como procuraron expresarlo John Dos Passos (Manhattan Transfer), Joyce (Ulises) y hasta, a su modo, Proust en la Recherche, y Virginia misma en La señora Dalloway.

 
Jugando al cricket con su hermana Vanessa. Foto: Gentileza Editorial Santillana
 

También en Al faro hay un momento -sublime, en verdad- en que se revela la sustancia inasible y misteriosa del tiempo. La señora Ramsay está sirviendo el almuerzo, el comedor bulle de juventud, de alegría, reluce la luz del verano. El ama de casa se da vuelta para ir a la antecocina a buscar más comida, y en el instante en que pasa del deslumbramiento a una relativa penumbra, sobre ella cae, como un mazazo, la revelación de que lo que acaba de ver, un segundo antes, ya es el pasado.

Julia murió joven (no lo era, para la época), a los 49 años, el 5 de mayo de 1895. La desolación más absoluta cundió en la familia, que desde entonces quedó signada por una melancolía que percibieron todos los que frecuentaron a los Stephen. Sobre todo Leslie, hombre caprichoso y testarudo, incapaz de adaptarse a cambio alguno en sus rutinas: fue, desde entonces, el fantasma de sí mismo, volcándose en sus hijas, que muy al contrario advertían el arribo de una época tumultuosa y mucho más libre. Otras muertes perfeccionarían la tristeza: Stella Duckworth, la medio hermana mayor que en cierto modo intentó reemplazar a Julia, murió poco después de casarse con Jack Hills, un amigo de la familia que a partir de entonces se convirtió en un peso muerto para sus cuñadas, a las que siempre estaba criticando y aleccionando. La mayor pérdida fue la de Thoby, al regreso de una excursión que los cuatro Stephen y una íntima amiga, Violet Dickinson, emprendieron a Grecia en el otoño de 1906. El viaje en sí fue en gran parte una decepción: pensaban encontrarse con la antigüedad clásica y vieron, en cambio, un país empobrecido y decadente, aunque pródigo en ruinas ilustres y paisajes admirables. Ninguno se sintió bien, ya fuere por el agua, la comida o el precario alojamiento. Thoby y Adrian volvieron antes a Londres, donde el mayor cayó en cama y murió, de fiebre tifoidea, el 20 de noviembre de ese año. Ese hermano quedó para siempre, para Vanessa y Virginia, como un dios olímpico que hubiera condescendido a pasar un breve lapso entre los humanos y regresado a su reino.

Fue también Thoby quien les presentó a las hermanas los compañeros de estudios en Cambridge que compondrían el famoso Grupo de Bloomsbury, el barrio bohemio al que los Stephen se mudaron cuando murió sir Leslie en 1904. Su muerte fue la liberación definitiva: Vanessa, en su condición de artista plástica, se encargó de levantar el caserón de Hyde Park Gate, pintar de blanco deslumbrante las paredes de la nueva casa -el 46, Gordon Square-, ubicar en ellas sus propios cuadros (admiraba a Matisse y los fauves), distribuir algunos muebles y adornos valiosos: tenían ahora luz eléctrica, agua caliente a discreción y calefacción a carbón. La mudanza a Bloomsbury escandalizó a los parientes más convencionales: no era un barrio elegante sino más bien de mala fama, pero les gustaba a las Stephen, que se consideraban "por naturaleza, exploradoras y revolucionarias".

 
Virginia Woolf junto a su gran amiga íntima Vita Sackville-West. Foto: Gentileza Editorial Santillana
 

Los compañeros de estudios de Thoby en Cambridge, enrolados en una suerte de sociedad secreta universitaria llamada Los Apóstoles, eran, principalmente, Lytton Strachey, Clive Bell, Leonard Woolf, Desmond MacCarthy, Maynard Keynes y Saxon Sydney-Turner. Comenzaron a reunirse los jueves al anochecer en la casa de Gordon Square, y siguieron haciéndolo tras la muerte de Thoby. Con total libertad de pensamiento y de palabra, conversaban acerca de "todo lo humano y lo divino", empezaban a publicar, aquí y allá, en diarios y revistas (Virginia lo haría desde 1904, en el Guardian de Manchester, luego en The Times Literary Supplement y otros medios), algunos conseguían editar sus primeros poemas y relatos. Lentamente se fueron haciendo camino y formando a sus lectores: el Grupo de Bloomsbury terminaría siendo el de mayor influencia literaria en la Inglaterra de los años 10 a los 30 del siglo XX, y sus veredictos eran aguardados con ansia (y terror) por los escritores noveles.

El 29 de mayo de 1912, Virginia se comprometió en matrimonio con Leonard Woolf, en lo que su sobrino, Quentin Bell (el segundo hijo varón de Vanessa con Clive Bell), califica, en la biografía de su tía famosa, como "la decisión más sabia de su vida". El libro de Irene Chikiar Bauer vuelve una y otra vez sobre el tema: ¿por qué esta hija de la alta burguesía londinense (dentro de los límites más arriba señalados), admiradora de la aristocracia, se casa con un judío pobre, para nada apuesto -ella, que manifestó siempre pasión por la belleza física, de la que Thoby habría sido un modelo ideal- y dotado de una familia a juicio de Virginia impresentable? Veintinueve años estuvieron juntos y, tal como surge de los Diarios, de la correspondencia y de los recuerdos de Leonard, fueron años en su mayoría felices, con absoluta fidelidad de parte de él (no tanto de ella, como veremos) y abnegación para soportar la frágil salud física y mental de su mujer, sometida desde chica a frecuentes ataques de pánico, con síntomas cercanos a la locura, tan temida. Sin olvidar un tema fundamental: se trató mayormente de un matrimonio blanco, Virginia nunca disfrutó del sexo con su marido y se lo hizo saber bien temprano. Él se resignó y se dedicó a rodearla de cuidados y precauciones semejantes a los que se tienen con materiales de alta peligrosidad. La conclusión sería que es el caso, excepcional, de una unión intelectual que logra sublimar la sexualidad, transformándola en una amistad amorosa sobre la base de compartir criterios de excelencia -y, por lo tanto, de exigencia- en cuanto al arte. Tuvieron en común, además, una casa editorial, la Hogarth Press, que les dio, con el tiempo, suficiente holgura económica como para editar los libros que se les antojara, empezando por los de Virginia y los "bloomburianos", casi siempre con tapa e ilustraciones de Vanessa. Esta última, sin divorciarse nunca de Clive Bell (quien aspiró antes a la mano de Virginia y siempre la cortejó, para gran diversión y tedio de ella), trabó una larga y compleja relación con el pintor Duncan Grant, un bisexual que llevó a la práctica, con fervor, uno de los principios rectores de Bloomsbury: todos se acostaban con todos (menos Virginia, fiel a su nombre), y así Grant fue amante de Strachey y de Keynes, y engendró con Vanessa una hija, Angelica, a la que Bell dio su apellido.

Tras sucesivas mudanzas e idas y vueltas entre Londres y el campo, los Woolf se instalaron en Rodmell, una aldea al sur de Lewes, en una casita del siglo XVII, sin agua corriente ni cuarto de baño, Monk's House, a la que fueron añadiendo comodidades a medida que prosperaban: los sucesivos libros de Virginia, a partir de su primera novela, Fin de viaje (1915), se vendieron muy bien y empezó a ser conocida y editada en Estados Unidos, país al que, sin embargo, siempre se negó a ir, por más que le ofrecían sumas siderales por hacer giras de conferencias.

 
Con el crítico Leonard Woolf, poco antes de casarseque. Foto: LA NACION / Gentileza Editorial Santillana
 

Irene Chikiar Bauer reseña el proceso de creación de cada uno de los libros -novelas, ensayos- que hicieron famosa y próspera a Virginia, y que el lector argentino ha conocido sobre todo a partir de las ediciones de Sur, continuadas por Sudamericana. Fue Victoria Ocampo la que instaló entre nosotros el culto de la Woolf, a quien conoció -mejor dicho, persiguió hasta alcanzarla- en una exposición en Londres, en 1931. El comienzo de la relación no fue auspicioso. En su Diario, Virginia habla de una "rastacueros [sic] sudamericana", que sin cesar la abruma con referencias a la pampa, las estancias, la flora y la fauna de esas tierras, todavía por entonces exóticas. Comenta su piel sonrosada ("como duraznos conservados bajo vidrio") y sus aros de perlas ("como si las avispas hubieran depositado allí sus huevos"). Y por una asociación común en la época, confunde la Argentina con Brasil y ve a Victoria rodeada de un halo de mariposas. Así empezó una amistad que fue afianzándose por cartas -ambas eran ávidas corresponsales- y amenazó romperse en 1938, cuando "la Okampo" (así escribió siempre Virginia el apellido) introdujo de contrabando en la residencia londinense de la escritora, en Tavistock Square, a la fotógrafa Gisèle Freund, empeñada en retratar a la Woolf, que detestaba que la fotografiaran y mucho más figurar en un catálogo de celebridades que Freund llevaba consigo como señuelo para atraer a las personalidades del momento.

¿Fue Vita Sackville-West el gran amor de la vida de Virginia? Otra incógnita que este libro intenta dilucidar. Desde la infancia -"poliforma perversa" según Freud (a quien Leonard y Virginia visitaron, en 1938, en su exilio londinense)- la escritora admiró por igual la hermosura y sobre todo la gracia y la distinción, tanto de hombres como de mujeres. Cuando Vita, descendiente de una antigua familia noble, criada y residente en el espléndido castillo de Knole, empezó a perseguirla declarándose su admiradora más ferviente, Virginia se sintió por demás halagada y respondió con entusiasmo al asedio. Vita estaba casada y tenía hijos con un diplomático renombrado, Harold Nicolson, pero tanto él como ella vivían sus vidas amorosas con total independencia. Él también era bisexual, con marcada preferencia por los hombres, pero nada de esto impedía que se llevaran bien, como buenos amigos, y comentaran francamente sus respectivos romances. La relación con Vita -una mujer majestuosa y muy bella, con un dejo exótico debido a una abuela gitana española, Pepita, a la que su nieta dedicó un libro encantador- fructificó en la más famosa novela de Virginia, Orlando (1929), la historia de un noble apuesto y poeta inglés, nacido en el siglo XVI, que enamora a la ya vieja reina Isabel I; Orlando vive para siempre y a través de los siglos (en algún momento se transforma en mujer, mientras es embajador en Persia) escribe su magno poema, "El roble", una descripción de los amados paisajes de su patria. El éxito fue colosal: Al faro vendió 3873 ejemplares en el primer año; Orlando vendió 8104 en el primer mes. De paso, Irene Bauer advierte sobre algunos errores en la canónica (y admirable) traducción de Borges.

Ni la fama ni la fortuna lograron sustraer a Virginia de un final trágico, que pareció estar siempre inscripto en sus genes. La muerte de su sobrino mayor, Julian Bell, en la Guerra Civil Española, fue como el eco, amplificado, del inacabable duelo por la muerte de Thoby. La salud mental de la escritora se tornó cada vez más inestable, con el agravante de que era consciente del deterioro y lo consignaba puntualmente en su Diario. El estallido de la Segunda Guerra, en 1939, precipitó el fin: casi segura de que los bárbaros -los nazis- triunfarían finalmente, y segura también de que iba en camino a la locura definitiva, se ahogó voluntariamente en el río Ouse, cerca de Monk's House, el 28 de marzo de 1941. Leonard la sobrevivió largamente, dedicado a preservar su memoria, ordenar y revisar la publicación de la correspondencia y las memorias.

Al cabo de las novecientas páginas, el lector siente pena de despedirse de tan grata compañía: una mujer extraordinaria, una prodigiosa escritora y un libro dotado de algo que va siendo raro en estos tiempos informáticos: una prosa elegante y precisa, sin vulgaridad y sin inútil retórica..

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