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Perspectivas

Un país cada vez más dividido y disociado

Enfoques

Si en los '60 el Che Guevara soñaba con multiplicar por el mundo los Vietnam, en el siglo veintiuno la aritmética política encontró nuevos cultores en el populismo latinoamericano. Sin embargo, sus líderes, más domésticos y menos internacionalistas parecen haber tenido que optar por reformular las ecuaciones. En estos tiempos se impone el signo inverso. Ahora manda y gana batallas la división interna.

Después de los años consensuales de la recuperación democrática que sucedió al colapso de las sangrientas dictaduras militares y tras la implosión de los neopopulismos neoliberales (como los de Menem y Fujimori), llegó y empezó a consolidarse un nuevo populismo de viejo cuño: confrontativo, de construcción de enemigos, de la patria vs. la antipatria, del pueblo contra la oligarquía.

Fue un proceso paulatino y sostenido. Para muchos, imprevisible e inimaginable, que fue derribando barreras y naturalizando acciones y políticas que hace menos de una década parecían impensables; instalando nuevos paradigmas que ni el más presuntuoso de los ideólogos populistas se animó a augurar públicamente en sus orígenes.

La Argentina llegó un poco más tarde, como en aquellos setenta, pero con similar intensidad y rápidez escaló posiciones hacia la vanguardia regional, sobre todo con la profundización, aceleración y radicalización del rumbo adoptado por el Gobierno a partir de las elecciones de hace un año.

Entonces, las complicaciones económicas y la necesidad de justificación política remitieron al lugar común (pero redituable) de la épica, que encontró multiplicadores y ejecutores fervientes (o fanáticos) en jóvenes dirigentes y flamantes funcionarios autoinvestidos de vindicadores de aquella "juventud maravillosa", luego convertida por Perón en un conjunto de "imberbes y estúpidos".

Convencidos de su verdad, sordos a voces que no fueran el eco de las suyas, ciegos a las visiones de otros, insensibles a sensaciones que no fueran las propias, ensoberbecidos por el ascenso fulgurante y, encima, carentes de un candidato a continuar su proyecto "revolucionario", ayudaron al Gobierno y, especialmente, a una Presidenta ya blindada a las opiniones contradictorias a cerrarse más, a descalificar a los críticos y a rechazar todas las críticas.

El cristinismo consiguió finalmente alcanzar el objetivo que impone el manual del populismo. La construcción del enemigo había empezado a germinar.

Las protestas que el jueves pasado estallaron en plazas y calles de todo el país reflejaron el éxito del proceso que se aceleró después de las elecciones de octubre pasado: no había entre los manifestantes ninguna otra cosa que los uniera que no fuera el rechazo a medidas oficiales de muy diversa entidad y aún más disperso impacto, pero todas de muy reciente aplicación. Fue una manifestación contra el Gobierno y a favor de nadie.

Y en el mismo momento en que las marchas anti K empezaban, los canales oficiales y oficialistas se deleitaban con otra actuación de la Presidenta, a la que cientos de militantes le pedían otra reelección, sin que ella les quitara la ilusión.

Imágenes de un país cada vez más dividido, cada vez más disociado..

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