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Experiencias

En una jaula, con diez tigres hambrientos

Sábado

Cuidadora por un día, la misión de una periodista en el zoológico más extremo del país

Por   | LA NACION

Te ruego que no vayas! A tu padre ya le subió la presión. ¿Pero a quién se le ocurre meterse en la jaula de los tigres y los leones.?"

La noche anterior a convertirme en la "cuidadora" de diez tigres de Bengala y de una leona, escuchaba en el teléfono las súplicas de mi madre. Parecían las de quien despide a una hija que pronto será devorada por felinos. Mi faena en las jaulas del Zoo de Luján duraría un día, pero a los reproches maternos los escucharía el resto de mi vida. Mi instinto de supervivencia me empujó entonces a la mentira. "Mi tarea, en realidad, será la de alimentar con mamaderas a los tigrecitos recién nacidos", la conforté. Sorprendentemente, me creyó y la presión se apaciguó.

Por nada iba a perderme aquella dosis asegurada de adrenalina. Es una tara incurable de la infancia: me gustan las emociones fuertes. Y me atraen tanto como la devoción infinita que siento por los animales. El atractivo, así, era doblemente irresistible. Incluso, a pesar de mis reparos frente al cautiverio. En mi mundo ideal, meditaba esa noche, todos los animales serían libres. Me sosegó luego saber que los tigres en cautiverio viven, en promedio, siete años más, hasta los 25.

A las ocho de la mañana, como el resto de los empleados y cuidadores, ya estaba dentro de las 15 hectáreas que conforman el Zoo de Luján. Es uno de los pocos en América del Sur que entrenan en la mansedumbre a sus animales. Eso le permite al público interactuar sin riesgos un rato con ellos. Pero la mía sería una convivencia intensiva con los tigres. Y para ello estaban los cuidadores Tomás Melo, Ariel Etchegaray y Víctor Díaz, dispuestos a ejercer su docencia conmigo. Díaz es quien vela por los felinos. Incluso, pasa las noches allí cuando una hembra pare a sus crías. Monitorear el comportamiento y la aceptación de la madre puede salvarles la vida.

"El secreto de la mansedumbre felina radica en el contacto humano que tienen desde que nacen y en los límites que les fijan perros cachorros con los que conviven a partir de los 45 días. También están las cuatro consignas que aprenderán del cuidador [no, suave, vení y tomá]", me instruye Etchegaray. El dato clave lo agrega Melo: anticiparse a satisfacerles todas sus necesidades minimiza los riesgos y borra la percepción de carencia, que es lo que mueve al instinto. Desde la comida hasta el juego y desde dejarlos solos hasta mimarlos cuando lo demandan, el hombre está allí para servirlos.

La postal se perfilaba imponente a medida que Víctor Díaz abría los sucesivos candados de las jaulas: diez tigres y una leona, de tres a siete años, yacían despanzurrados en una amplia jaula de varios compartimentos.

"No. vamos de a poco", dice Díaz. Y me conduce por un pasadizo interno hacia otra jaula. Está vacía. Pero en el fondo veo como una cucha grande tapada por lonas. Me inclino para poder entrar y me conmuevo: tres cachorros, de dos semanas de vida, duermen pegados a las tetillas de su mamá, Natalia, una tigresa de seis años. Un caloventor encendido vuelve aún más sofocante el ambiente. Estoy a punto de sentarme sobre la paja de trigo para admirar a Natalia cuando de un respingo se incorpora bruscamente. Su lomo se eriza como el de un gato. Las orejas se le paran como lanzas. Abre bien los ojos y sin siquiera parpadear, me dispara una mirada hierática. Le sigue un leve gruñido. Sé que para ella puedo ser la depredadora de sus crías. "Suave", interviene Víctor para calmarla mientras la acaricia. Pero ella me aborda de golpe. Me arrincona y me inspecciona con todos sus sentidos. Siento lo hirsuto de sus bigotes, como gruesas hebras de hilo de nylon tocando mi mano. Luego, no cesa de olfatearme con su hocico casi sobre mi ropa. Mi corazón se acelera. Estoy tensa. Finalmente, me "suelta" y resopla.

El resoplido es una breve exhalación nasal que a los tigres les sirve de saludo. Es también su permiso para poder interactuar con ellos.

Sentada junto a ella, ahora está echada. La acaricio y cierra los ojos. Con el transcurso del tiempo, hasta me dejará que prenda a sus crías en sus tetillas. Con una delicadeza que no había visto jamás, alza una de sus patas delanteras como un puente levadizo para que el más inquieto de sus hijos duerma en su cuello. Soy testigo de un instante glorioso.

Sé que la "acción" no es con Natalia y que está en la jaula grande. Un corredor, unos pocos pasos y ya estoy ahí. No bien entro, tres tigres me cercan. Son machos y grandes. Giran a mi alrededor y me inmovilizan. Fisgonean, desconcertados. ¿Oleré a Natalia, a sus crías? Uno se planta frente a mí y me semblantea con su hocico. Desde mi tobillo hasta a mi cintura. Por fin oigo dos resoplidos en cadena. Y con la misma cautela, intento hacer buenas migas con el resto. Díaz nunca me deja sola.

Mientras se pasean de un extremo al otro de la jaula, levanto los huesos carcomidos de la noche anterior. Acomodo por sectores la paja de trigo para que esté mullida donde ellos se tiran. Los visitantes del Zoo, todos brasileños, me observan incrédulos.

Agustina, la única leona, me ignoró desde que llegué. Al acercarme, se levanta en dos pasos. Se despereza con la boca bien abierta y se aleja. Pero antes, roza su lomo en mis piernas, como rascándose en mí. Los leones no saludan resoplando. Te tocan, como hizo ella.

Es hora de comer. Sigo las instrucciones y dejo varias cajas de 20 kilos de alitas de pollo trozadas en el piso. De a uno por vez, respetando jerarquías, comen hasta saciarse. A Agustina y a Teo, otro de los tigres de cinco años, les doy de comer en la boca. Percibo el crack-clack de los huesos triturados en sus mandíbulas. Luego, vierto leche en mi mano y siento la lengua del jefe del grupo, Miguel, áspera como una lija gruesa. De tanto tomar leche, me deja la mano roja y raspada. Sólo cuando él se sacia, sigo con otro y cambio de mano. Mi adrenalina muta por endorfinas. Hasta les juego con una pelota. ¡Estoy en éxtasis!

"¿Ves que es un disparate eso de que aquí se los dopa?", dispara Ariel. Si así fuera, no podrían coordinar los movimientos, tendrían la membrana de los ojos semicerrada, no comerían y, además, el Zoo estaría fundido de tanto comprar sedantes.

La tarde se va apagando y es la hora de la cebadilla, el yuyo que mastican sólo en sus extremos más tiernos para poder purgarse. Un puñado en mi mano los atrae hacia mí. Otra vez, ¡estoy rodeada! Incluso, desde lo alto: el astuto de Miguel se eleva en un banco para comer en altura. Todo deviene en una danza frenética. Me tocan, con sus patas, sus colas, sus bigotes y sus pelajes. Vivo otra gran fiesta.

Como un eco lejano e inoportuno, las advertencias maternas retumban en mí. Sé lo que le diré a mi madre a mi vuelta: "Más que expuesta o en peligro he sido una gran privilegiada". El Paraíso se debe parecer a ese zoo. Aunque allí, seguro que los animales andan sueltos..

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