Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

Los talentos / Hoy, Gustavo Malajovich

Una búsqueda desesperada

Sociedad

Sostiene el inefable doctor Hannibal Lecter que el precio de la imaginación es el miedo. Quien posee el don de imaginar carga con la desgracia de temer. Puesto que es capaz de figurarse las más negras de las alternativas y el más horrendo de los porvenires. Y Gustavo Malajovich tiene el don. Cada mañana, cuando llevaba a su hija al colegio y descendía al mundo amenazante y laberíntico del subte, imaginaba lo peor. Que una puerta neumática se cerraba a destiempo separándolos de manera brusca, y que entonces su hija se perdía en la multitud. Ese pánico fue el germen de uno de los thrillers más apasionantes que se haya escrito en la Argentina durante los últimos veinte años.

Acostumbrado a imaginar, Malajovich no había imaginado, sin embargo, que se transformaría en un novelista. Primero estudió arquitectura, aunque paralelamente aprendía cine con una leyenda de la crítica nacional: Angel Faretta. Luego se dedicó él mismo a la docencia. Enseñaba el amor por las películas en la escuela secundaria ORT. Allí a Gustavo le tocó en suerte un verdadero alumno aventajado: Damián Szifrón. Cuando Damián comenzó a hacer Los simuladores lo llamó para trabajar en esas historias. Malajovich se reunía con Patricio Vega, otro guionista, y con el actor Diego Peretti, y todos juntos abordaban con el director cada uno de los 13 primeros capítulos, aprendiendo en el camino los tiempos televisivos y las estructuras de narración. En 2002 dejó la arquitectura: casi no se construía nada en el país y en ese nuevo oficio se sentía "vivo, a salvo y en paz".

Los simuladores dio un batacazo sin precedente y además se convirtió en un éxito internacional. Después de la segunda temporada, Gustavo comenzó a vivir de sus guiones. Escribió para programas de piso y de archivo, para películas y para series, trabajó en los libretos de Todos contra Juan , y fue profesor entusiasta en el Centro Cultural Rojas y en la carrera de guión y dirección del Centro de Investigación y Experimentación en Video y Cine. Era, hasta ahora, un guionista profesional que explicaba los tres actos aristotélicos y la técnica de lograr que un relato entretenga sin banalizar, emocione sin golpes bajos y metaforice de manera inconsciente cuestiones cruciales de la condición humana. Pero Marcelo Panozzo, editor de Random House y director del Bafici, puso sus ojos en él y lo animó a que escribiera una novela. El editor tuvo un extraordinario olfato, y su propuesta no fue inocente. Quería ver si Malajovich podía trasladar su talento a la prosa, y además si sería capaz de crear un detective. Nada más y nada menos.

Las historias de detectives son un renovado fenómeno editorial. Los investigadores griegos, sicilianos, suecos, finlandeses, mexicanos, cubanos, españoles y, por supuesto, los nuevos anglosajones trepan a las listas de best sellers en todas las latitudes y ganan el favor de la crítica. Para los escritores locales, crear un detective verosímil que logre trascender las fronteras siempre resultó un desafío mayor. Como decía Borges, el argentino asimilaba desde tiempos inmemoriales a la policía con la mafia. Luego con las dictaduras y la corrupción. Producir identificación y simpatía con un policía nunca fue tarea fácil. Y recurrir a un investigador privado siempre sonó falso: ese personaje de ficción no existe como tal. En el mundo real un investigador resulta un husmeador de divorcios, infidelidades y raterías. Y es por todo eso que Malajovich pensó en un detective amateur e involuntario, en una persona común de acá a la vuelta, en un vecino de mi barrio que, como el héroe hitchcockiano, se viera involucrado en una alucinatoria y desesperante búsqueda. Fabián Danubio pierde a su hija en un subte y tarda diez años en encontrarla. Una chica que trabaja en su casa la lleva hasta un pelotero donde se celebrará un cumpleaños. Ni ella ni la niña llegan a destino y Danubio (también arquitecto) deberá aprender a rastrearla por una ciudad que nos resuena familiar y por lo tanto siniestra. Confieso, sin pudor, que su aventura me mantuvo en vilo dos o tres noches, y que hace muchos años que eso no me ocurría.

La desaparición de personas es quizás el más cruel de todos los crímenes, puesto que muchas veces la incertidumbre resulta peor que el dolor. Sobre ese vacío metafísico y esa duda (¿estará viva o muerta?) este padre se entrega a la opinión pública y a la policía, pero no obtiene nada de ninguna de las dos. Y entonces se larga a una pesquisa personal sin clichés en la que cualquiera de nosotros podría reflejarse. Mientras tanto, se desintegra toda su existencia, y se mete en muchos callejones sin salida. La trama nos muestra que debajo de la "normalidad" que nos rodea se agazapan enemigos abominables que no queremos ver. Tirando del hilo, a lo largo de los años, Danubio descubre algo que no estaba afuera sino dentro de su familia, y se enfrenta en el final con un personaje que parece surgido de Apocalipsis Now . Un Kurtz que reina en las tinieblas selváticas del Paraná y cuya conexión con la vida simple del muchacho de barrio de Belgrano era mucho más cercana de lo que él creía. Hacia los epílogos hay una sorpresa tras otra, que resignifican todo el drama y lo acercan a las tragedias griegas. La impresión, cuando uno lee El jardín de bronce , es la misma que acaso tuvimos al ver Los simuladores en la televisión argentina o Nueve reinas en el cine nacional. "Ah, mirá vos, acá también se puede hacer esto", piensa uno después de haber leído a alguien que escribe con eficacia y sin complejos, y cuyas páginas se pueden devorar sin condescendencias ni concesiones.

El modo en que este forastero de la literatura de ficción construyó semejante artefacto de suspenso es también apasionante. Lector de Poe, Wilkie Collins, Dickens, Conrad, Ross MacDonald y William Irish, el guionista imaginó primero todos los detalles del argumento lineal. Eso, en su oficio audiovisual, se denomina "tratamiento". El problema surgió cuando debió trasladar esa sinopsis no a la escaleta cinematográfica sino a los capítulos de un relato de quinientas páginas. Ese paso, que implicaba encontrar su propia voz, fue como saltar sin red ni garantías de un edificio a otro.

Gustavo escribió a lo largo de tres años casi todas las mañanas, y al entregar su obra dejó maravillado a su editor. La novela está en las librerías porteñas, aunque todavía nadie se ha fijado mucho en ella porque no viene acunada por la academia ni por el marketing. Sin embargo, en España ya lo han leído y harán en enero un lanzamiento monumental. La novela será una estrella en la próxima feria de Fránkfort.

Malajovich la pensó durante las interminables caminatas que hacía con su mujer, que es psicóloga y que lo ayudó a concebir las mentes de las víctimas y los victimarios. Esa densidad psicológica se nota en la obra, que trata en fin sobre la construcción de la soledad y la vocación, sobre el despojo y la angustia. También sobre la maldad. Una cita, en los inicios, da cuenta de esto: "El mal es una moneda de dos caras. Una cara me hace sufrir, la otra me hace pecar. Hago girar la moneda y las dos caras se superponen. Sufriendo y pecando. Sin poder evitar que gire la moneda del mal".

Se trata, a pesar de todo, de un asunto muy argentino. Cuando me despedí de Malajovich marqué el viejo número de Missing Children. Esta semana hay en la Argentina 215 niños desparecidos. Y muchos Danubios buscándolos por nuestras ciudades hostiles..

TEMAS DE HOYElecciones 2015Elecciones en BrasilElecciones en UruguayReforma del Código Penal