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La Copa Davis es un trauma

Deportiva

La Copa Davis es un trauma. No importa el año. No importan los protagonistas. Siempre saca lo peor del tenis argentino. Desde hace más de treinta años, esta hoguera de vanidades expone celos, envidia, falta de carácter, hipocresía y demagogia. Este último ingrediente viene creciendo proporcionalmente a la popularidad y a la masificación de este deporte. De golpe, el hincha se ha convertido en un factor clave a la hora de tomar decisiones, por encima de la pertenencia a un equipo o la búsqueda de un objetivo común. Se nota en lágrimas exageradas, en frases tribuneras, en esa necesidad de congraciarse con la gente diciéndole lo que quiere escuchar. Puro humo. Una vez más, una derrota en una serie de Davis no sólo debe explicarse desde lo que pasó en la cancha. Incluye también una serie de controversias que confirman la imposibilidad de comportarse como equipo en un deporte individual. Pero el problema no es el tenis, son los tenistas.

El español David Ferrer perdió la semifinal del US Open contra Novak Djokovic el domingo pasado. Al día siguiente, ya estaba en Gijón entrenándose con sus compañeros para la semifinal contra Estados Unidos. Tras perder con Murray el sábado, el checo Tomas Berdych vino rápidamente a Buenos Aires para preparar el duelo contra los argentinos. Jugó y ganó sus tres puntos. Un momento del fin de semana alcanza para presentarlo como un verdadero crack. El viernes, sacaba 6-1 4-6 1-6 2-4 e iguales contra Juan Mónaco. Había perdido el último punto, larguísimo. Cansado, no quería más rallies. Estaba jugando a dos o tres bolas por punto. Pico dominaba el match. Pero el 6 del mundo reaccionó como los buenos de verdad. Se tomó su tiempo para el siguiente servicio. Conectó un tremendo saque y lo ganó. Se llevó el game. Acertó lances a las líneas y le cortó el momento al argentino. Ocho games seguidos hasta el 4-0 en el quinto. Luego regresó Mónaco, mucho más suelto cuando está atrás en el marcador que cuando debe rematar la faena. Sacó 4-5, pero el checo le quebró en cero. Allí se definió la serie.

Juan Martín del Potro había mostrado su jerarquía frente a Radek Stepanek en el primer punto de la semifinal. Sin embargo, su llanto y sus palabras en la conferencia de prensa ya daban una concreta señal de lo que se conocería el sábado por la noche: su ausencia en el cuarto punto. Para él, la Copa Davis es un problema, desde aquella final de 2008 en Mar del Plata. Ese episodio le cambió la vida. Vale la pena recordarlo porque lo llenó de desconfianza hacia todo el ambiente del tenis ( http://www.lanacion.com.ar/1073510 ). Lo llevó a encerrarse en su círculo íntimo de familia, agente y equipo de trabajo con evidentes problemas de comunicación de sus actos y decisiones. Se rompió definitivamente su relación con Nalbandian, en ese momento líder del equipo y entrenado por el hoy capitán Martín Jaite. A medida que se acerca una serie, se fastidia cada vez más con la repetida pregunta: "¿Vas a estar en la Davis?". Durante el US Open, encendió una alarma. En una reveladora entrevista con Martín Urruty, enviado especial de ESPN, condicionó su participación ante los checos a una consulta previa con el doctor Richard Berger, quien lo había operado en 2010 de la muñeca derecha. "Haré lo que el médico me diga", aseguró en aquel reportaje. En realidad, lo había visitado antes del torneo, pero no lo volvió a ver tras la derrota ante Djokovic. "Lesión en el fibrocartílago triangular de la muñeca izquierda. Reposo por quince días", dice el informe que le presentó al cuerpo médico del equipo argentino. Llegó desde Nueva York y le pidió a Jaite un par de días para descansar y pensar sobre la decisión por tomar. El capitán aceptó, cayendo en el mismo error que sus antecesores en el cargo: consentir a la estrella de turno. Recién el miércoles se entrenó por primera vez con el equipo. Comunicó su decisión de jugar "sólo por la gente". No mencionó a sus compañeros, que lo estaban esperando. Su entorno lo quiere lejos de la Davis y enfocado en el circuito. Pero también está pendiente de la opinión pública. Entonces siente el tironeo. Lo sufre. "Si te duele, no juegues. Que te revise el médico y listo", fue el mensaje de todo el staff argentino. Leo Mayer estaba disponible para reemplazarlo. "Yo juego, pero si me pasa algo, la culpa es de ustedes", cargó Del Potro contra los azorados Jaite y Zabaleta. Como bien destacó Sebastián Torok en su nota de ayer, nunca hubo buena sintonía entre el capitán y el líder. Ni siquiera el subcapitán, quien lo vio crecer en Tandil, logró mejorar el vínculo. Abatidos, se les cruzó por la cabeza renunciar, pero rápidamente recibieron el respaldo de la Asociación Argentina de Tenis. Contrato hasta 2014 y una cláusula que prohíbe los permisos especiales: si el jugador no se presenta el día de la citación, quedará fuera de la convocatoria.

Tras dos días de nula relación con el equipo, Juan Martín salió a la cancha. Impuso su diferencia de calidad ante Stepanek y le ganó en tres sets. En ese llanto descargó toda su angustia por la situación. Cuando el deportista dice "me molesta", se le debe creer y respetar esa sensación. A veces no hay forma de medir el dolor. Pero el deportista lo siente y eso basta. El consejo del doctor Berger de hacer reposo es el que cualquier médico daría ante un escenario similar. Mucho más en un tenista que pasó casi un año entero inactivo por una lesión que le costó detectar y le demandó una recuperación mayor que la prevista. Siempre estuvo muy pendiente de su físico. Vale recordar aquel problema en la espalda antes de su explosión con cuatro títulos seguidos en 2008. Todo esto se entiende y se acepta. Sería una falta de respeto dudar de Del Potro en este punto. Sin embargo, su mal manejo de la situación lo retrata. Nunca pensó en el equipo a la hora de tomar la decisión de jugar o no jugar. Como lo expresó letra por letra, pensó en la gente, en esa ovación que le regalaron tras el primer punto. Debió haber evaluado la posibilidad de no estar disponible para el último día, en su partido más difícil de la serie. El match importante era Berdych el domingo, no Stepanek el viernes. "Si decidiste jugar, afrontá los dos puntos y bancá los riesgos como todos los grandes lo hacen", fue el unánime reproche del equipo. Tampoco colaboró con su actitud de no comunicar en persona su decisión de no jugar el cuarto punto y delegar semejante momento en el capitán Jaite y el médico Miguel Khoury. Ellos se enteraron por el propio jugador tras la cena del viernes. Ni siquiera se especuló con la posibilidad de esperar hasta el domingo o una hipotética postergación por lluvia. Su silencio en la mala noticia contrastó con aquel "juego por la gente" del miércoles. La misma gente que terminó silbándolo tras el cuarto punto jugado por Berlocq. Al bueno de Charly, que luchó hasta donde pudo y lo respaldó en sus declaraciones, se le escapó una frase: "Me dijo que no estaba en condiciones de ganarle a Berdych". Sí, dijo ganarle y no jugarle. El mismo tipo, con mentalidad y coraje, se cargó a Federer en una final de Grand Slam y derrotó a Djokovic para colgarse la medalla de bronce en Londres. Con grandeza, respetó a Roddick y le dejó el protagonismo la noche de su retiro. Querido por todos los grandes y todas las leyendas del circuito. ¿Qué lo llevó a Juan Martín del Potro a adoptar esa postura demagógica que tantas veces le criticó a Nalbandian? ¿Cómo se explica su actitud de quedarse a mitad de camino, tan pendiente de la gente al principio, de su muñeca después y sin sintonía con el equipo, al que ninguneó durante toda la serie? No hace falta médico para el diagnóstico. Es un trauma. Se llama Copa Davis..

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